Un consulado en París 7 de junio de 1944
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7 de junio de 1944

La noche transcurrió sin sobresaltos y a pesar del miedo que tenía a que los alemanes les atacasen aprovechando la oscuridad, durmió como un bebé.

El cansancio había podido con ella y por una vez, no tuvo pesadillas.

Se levantó con la mente despejada y con el corazón henchido de positivismo.

Durante la noche los aliados habían conseguido desembarcar una gran cantidad de vehículos y soldados, además de la inestimable ayuda de la RAF y los aviones americanos que bombardearon sin descanso las posiciones alemanas.

El día ayudó a los aliados a consolidar sus posiciones y las noticias que llegaban desde todos los frentes anunciaban playas limpias y completamente operativas, lo cual era un alivio para todos tras los intensos combates que se habían vivido el día anterior, especialmente en Omaha.

Mientras que las tropas estadounidenses afianzaban sus posiciones en las cabezas de puente sobre los ríos Douve y Merderet para así avanzar hacia el corazón de la península de Cotentin, Anne se despidió de sus compañeros de batalla durante las últimas veinticuatro horas y decidía emprender el camino inverso.

En lugar de seguir a las tropas en su empuje hacia el oeste y sur de la península, Anne avanzaba por el camino con grandes y decididas zancadas hacia la playa Utah, la más cercana a su posición de las cinco playas donde los aliados habían desembarcado.

Quería verlo con sus propios ojos. El claxon de un vehículo sonó estridente a su espalda.

-           ¡Señorita! ¿La llevamos? – un grupo de soldados sonrientes se asomaban por la parte trasera de un pequeño camión para dirigirse a ella.

-            ¿Dónde se dirigen soldados?

-            ¡Vamos a Sainte-Marie-du-Mont!

-           Yo voy a la playa, no se molesten. No quiero ralentizarles – prefería estar a solas con sus pensamientos se vio obligada a ceder ante la insistencia de los jóvenes.

-           ¡No es molestia! Nos desviaremos un par de kilómetros y la dejaremos allí, además ya conocemos la playa – le tendieron un brazo para que se agarrara.

Impulsándose con la pierna en la rueda Anne subió al remolque del camión por un lateral.

Le ofrecieron un sorbo de alcohol de una petaca.

Aceptó con gusto y notó como bajaba ardiente por su garganta.

Las ruedas del camión volaban sobre el camino. Sentía el viento en la cara y cerró los ojos. Alcanzaron el pico de la duna que protegía la playa al filo de las seis de la tarde. Anne pidió que la dejasen allí.

Se sentó sobre la arena fina y dorada. Paseó su mirada por la inmensa playa y quedó muda.

Soldados, tanques y vehículos motorizados desembarcaban como si de una fila de hormigas se tratase por los muelles flotantes sobre el océano instalados desde los barcos hasta las playas.

Los inmensos buques anclados a unos cientos de metros hacia dentro copaban la línea del horizonte. Definitivamente era real.

Si bien la llegada de los aliados a Francia era un hecho importante y también de enorme simbolismo para todos los que llevaban años padeciendo y resistiendo el embate del fascismo, Anne sabía por la escasa información que les había ido llegando por medios clandestinos, que los rusos llevaban luchando ferozmente desde hacía más de dos años, sacrificando cientos de miles de soldados y civiles, el baile de cifras era constante, pero había fuentes que apuntaban a millones de vidas perdidas en el frente este.

Desde la derrota del ejército alemán en Stalingrado en enero del año anterior, los rusos habían ido recuperando terreno y forzando a los alemanes a gastar una ingente cantidad de recursos en sostener una línea del frente que cada vez retrocedía un poco más hacia las fronteras originales de Alemania.

Tendrían que haberse retirado mucho antes, pero los delirios de grandeza de Hitler y su terquedad les habían hecho perder un valiosísimo tiempo y miles de vidas en la estepa rusa.

​ Anne se levantó y cuando el sol caía definitivamente en el horizonte descendió hasta la playa con su fusil a la espalda y sus alforjas cruzadas con dos tiras de cuero sobre su pecho.

​ Se acercó a un grupo de hombres que analizaban un mapa sobre un montón de cajas.

-            Buenas tardes – varios pares de ojos levantaron la mirada y se clavaron en ella.

-            Buenas tardes ¿en qué podemos ayudarla? – le preguntó uno de ellos.

-           Vengo de Chef-du-Pont, he pasado la noche con sus hombres, he estado asistiendo al teniente Evans con los civiles.

Perdieron a su intérprete en el salto – explicó concisamente.

Asentían con aprobación – quiero saber cómo puedo dar con la resistencia francesa que les ha asistido en esta playa – tenía que encontrar a Louise.

Ahora que se habían reencontrado no tenía sentido actuar por su cuenta.

Sería mucho más útil a sus compatriotas si colaboraba directamente con el SOE.

Aunque le haría prometer a Louise que no les diría que estaba viva, no por el momento.

Todavía le dolía haber estado meses dejada a su suerte, y los años no habían curado el dolor por la pérdida de Simon, de hecho, había noches que sentía que la angustia crecía y se veía en aquel claro bajo el espeso manto de nieve acunando su cuerpo inerte.

-           Es posible que los encuentre en la otra punta – afirmó uno de ellos mientras señalaba unos puntos naranjas, que debían ser hogueras, brillando al final de la misma.

-           Gracias – hizo el saludo militar llevándose los dedos a la sien y se dirigió caminando por la orilla, donde las olas rompían y su espuma se deshacía sobre la arena.

Hacía más de tres años desde la última vez que había caminado por una playa similar, y en aquel entonces no estaba sola, no iba armada, sus pies descalzos se hundían en la fría arena de la playa en invierno, enlazaba los dedos en sus manos tibias y el viento de diciembre le azotaba la cara. Sacudió la cabeza.

Alcanzó el otro extremo de la playa cuando había anochecido del todo.

Las voces se hicieron audibles, bromeaban, reían y bebían alrededor de una hoguera.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca para ver sus rostros, reconoció a Louise y levantó el brazo agitándolo.

Louise la vio enseguida y de un salto se incorporó y cubrió corriendo la veintena de metros que las separaban.

Se abrazaron, Louise estaba exultante, los ojos le brillaban de emoción y rodeó la espalda de Anne conduciéndola hasta el círculo de combatientes que se calentaban en la hoguera.

-           Señores, esta es Julie - utilizó su nombre ficticio -.

Nos conocimos en París en 1940 – no dio más detalles – a ella le debo la vida.

Ha estado luchando con otros compañeros estos años y ahora se une de nuevo a nosotros para terminar de una vez por todas con el fascismo. Brindemos por ella. ¡Salud!

-            ¡Salud! – corearon al unísono el resto de hombres que allí se reunían levantando sus cantimploras.

Observó al grupo, todos estaban muy delgados.

Escudriñó sus rostros, los carrillos hundidos y las ojeras marcadas.

No presentaban un aspecto distinto a otros combatientes que había conocido aquellos años.

Ella también había perdido mucho peso y hubo días que no había tenido ni un bocado que llevarse a la boca.

Aun acompañada, a veces se había sentido tan sola que había pensado en acurrucarse en una cuneta y dejarse morir.

Después se avergonzaba por ser tan egoísta.

Estaba viva, suerte que no habían corrido muchos otros.

Así, la idea de regresar a París le daba fuerzas para seguir.

No sabía cuándo sería aquello y desconocía cómo se sentiría una vez allí, pero en su fuero interno se sentía en la obligación de regresar donde todo empezó. De cerrar un ciclo tal vez.

-            ¿Pudiste ver al padre de aquel chico? – le preguntó Louise en voz baja.

-            Sí, traté de convencerle de que viniera conmigo – dejó escapar un pesado suspiro – se negó.

-           No todos ceden tan fácil a tu enorme poder de persuasión ¿eh?

– le respondió Louise con cariño recordando cómo se habían conocido hacía años.

Simon había conseguido que saliera de la cárcel y Anne la esperó en la puerta.

No la dejó en paz hasta que Louise aceptó colaborar con ellos – cada uno elige su camino.

-           Pues parece que los caminos de todo el mundo los llevan lejos de mí – respondió Anne con amargura y cierto tono de autocompasión.

-           Son tiempos difíciles. Yo nunca os recriminé a Simon y a ti que os marchaseis de París y me dejaseis atrás – Louise clavó sus ojos marrones oscuros en Anne – me adapté, acepté ir unos meses a Londres para terminar mi entrenamiento y no me lamenté por ello.

En realidad, fue una oportunidad, me lancé en paracaídas de vuelta a Francia y me convertí en uno de los agentes que sirven de enlace con la resistencia francesa.

Y hasta ahora querida amiga. Soy feliz con lo que hago, la vida me ha hecho el regalo de seguir aquí y pienso aprovecharlo hasta mi último aliento.

-           Tienes razón, lo siento, además hoy es un día para recordar – Anne se dio cuenta de su infantilismo y reculó para satisfacción de Louise – ¿paseamos? Tengo mucho que contarte.

Se separaron del grupo hasta que estuvieron seguras de que nadie podía oírlas.

Pasearon con parsimonia hasta que Anne rompió el silencio.

Y ya no paró de hablar. Le relató lo ocurrido en Madrid y en Múnich.

Le habló de Johann, de cómo habían acabado en París en el treinta y nueve.

De cómo conoció a Simon y cómo se enamoró perdidamente de él.

Louise la escuchaba atenta, sin interrumpirla, con los ojos muy abiertos.

Solo asentía de vez en cuando. Anne necesitaba contarlo todo y Louise había demostrado ser más que una compañera, era una amiga, una hermana.

Habló durante horas hasta que los primeros rayos de sol aparecieron sobre las dunas.

Guardó silencio hasta que Louise le indicó que era momento de volver con los demás.

-            Creo que tú también tendrás que contarme en detalle lo que hiciste cuando nos marchamos.

-           Y lo haré, nos esperan muchas noches juntas - respondió Louise con aire maternal. Caminaban ya de vuelta hacia el grupo. De la hoguera solo quedaban las ascuas. Anne agarró a Louise del brazo y le preguntó.

-           Louise, tú no sabes nada de Simon ¿verdad? – ella vio en el fondo de sus ojos suplicantes que el tiempo no había borrado el amor que sentía y todavía albergaba alguna esperanza de volver a verlo con vida.

-           Lo siento Anne, no sé nada – la incertidumbre era una de las sensaciones más ingratas.

Ella sabía que su marido estaba muerto, había visto su cuerpo inerte y ese recuerdo la acompañaría hasta el final de sus días.

Pero Anne no había visto el cadáver de Simon.

Lamentablemente ella no tenía los medios para averiguar nada y tampoco sabía si querría hacerlo.

Lo pasado, pasado está, no conviene hurgar en ciertos recuerdos ni volver a ciertos andenes.

-           Una cosa más Louise. No informes de que estoy aquí – Louise cabeceó afirmativamente. Anne volvería a Londres cuando estuviera lista.

-      Está bien. No diremos a nadie quién eres. Pero tienes que prometerme que harás todo lo que yo te diga  - Louise zanjó la conversación justo cuando alcanzaron al grupo.