Un consulado en París 25 de agosto de 1944
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25 de agosto de 1944

El ambiente era festivo, las tropas aliadas hacían su entrada triunfal en París ante miles de ciudadanos que les daban la bienvenida. En ruinas, pero libre, la ciudad sonreía y se vestía con sus mejores galas para recibir a sus vencedores.

Louise a su lado, como el resto de sus compañeros, saludaba a la multitud y sonreían victoriosos.

Había ansiado aquel día desde que se marchase tres años atrás pero ahora no se sentía con ánimo suficiente para participar de las celebraciones.

La llegada a París la había trastocado más de lo que pensaba.

Saltó del camión en el que viajaban sin que nadie tratara de impedírselo y aterrizó limpiamente sobre el asfalto lleno de polvo y escombros.

Se abrió paso entre la multitud que vitoreaba sin cesar.

Al paso de la comitiva, las mujeres lanzaban besos y los hombres sus sombreros al aire.

Recorrió durante horas las calles sin encontrarse con un alma, tan solo alguna rata y un gato callejero que rebuscaban entre la basura en busca de comida. Pensó en Whiskers , se había escapado un día que dejó la ventana abierta y pasadas varias semanas perdió toda esperanza de que volviera a casa.

Los recuerdos la invadían, no había lugar por el que pasara donde no hubiera vivido algún momento especial.

Todo le recordaba a él. Los puentes, los cafés, muchos de ellos reducidos ahora a escombros y con los toldos raídos.

El cielo parecía incluso diferente, más pálido.

Pasó por delante de la embajada, inalterada con las puertas cerradas a cal y canto con una gruesa cadena.

Recordó la primera vez que lo vio, en aquella fiesta en la que se empeñó en sacarla a bailar.

Su porte esbelto, sus ojos azules, su forma grácil de moverse y su carácter calmado.

Evocó sus primeros días en el consulado, los nervios al entrar cada mañana, los momentos íntimos y las miradas de soslayo.

Sonrió al recordar cómo se sonrojaba cuando él la miraba, y la primera vez que la besó mientras le secaba las lágrimas.

Se llevó las manos a los labios y casi pudo sentir el contacto tierno y agradable de aquel primer beso.

Pensó en los días previos a la guerra, días de agitación e incertidumbre, en los que apenas durmieron o pasaron las noches en vela.

Y, aun así, cómo eran capaces de encontrar momentos para escaparse a la azotea de la embajada a observar los tejados de París sin tener ni la más remota idea de lo que el futuro les depararía.

Se sentó en uno de los muelles del Sena, con las piernas colgando sobre el río.

Se quitó la boina y dejó que la brisa le revolviera el pelo.

Se había cuidado mucho de mantenerlo corto como en su tarjeta identificativa, la documentación de Samuel le había salvado la vida.

Sin embargo, tras la batalla de Normandía, había decidido dejarlo crecer de nuevo y su color caoba volvía a aparecer tímidamente.

A lo lejos, escuchó las campanas de Notre Dame doblar con fuerza dándoles la bienvenida.

Se marchó de París a hurtadillas y regresaba como una heroína.

No se consideraba tal, lo único que había hecho era sobrevivir, y había pagado un alto precio por ello.

Enumeró mentalmente su larga lista de pérdidas, amigos que habían muerto o que habían huido, un hijo que no había llegado a nacer, un marido y un compañero de vida.

No pudo llorar. Hacía años que no lo hacía.

Era simplemente como si ya no supiera hacerlo.

Cuando hubo hecho acopio suficiente de valor fue hacia el 92 de los Campos Elíseos.

El portal estaba abierto y todo parecía más sucio, más viejo, más triste.

Se dijo que sería la última vez que visitara su buhardilla antes de partir de vuelta a Inglaterra.

O al menos lo que quedaba de ella. El edificio había tenido la mala suerte de ser bombardeado.

Subió las escaleras con cuidado, los viejos y carcomidos peldaños crujían bajo sus pies.

Faltaban trozos de pared, las tuberías estaban rotas o dobladas y todo podía venirse abajo en cualquier momento.

Llegó al último piso y empujó la puerta con el hombro.

La puerta cedió sin esfuerzo. Dentro, el techo se había derrumbado.

Se quedó unos minutos observando en silencio a su alrededor.

El sol entraba con fuerza. Un pequeño destello captó su atención.

Anne se adentró en la estancia caminando por encima de los escombros, apartó una viga de madera y tomó cuidadosamente el gramófono entre sus manos.

Sopló y levantó una espesa nube de polvo.

Acarició con las yemas de los dedos la caja de madera, el plato y la corneta.

Maltrecho, aquel objeto había sobrevivido también a la guerra.

En cierto modo se parecía a ella. Había llegado al final casi entero para contarlo, aunque ciertas heridas dejarían cicatrices para siempre.

Recordó el día que Simon lo llevó y la ilusión que le hizo.

Era la primera vez que tenía uno y se le antojaba un regalo demasiado perfecto para ser suyo.

Mientras lo estrechaba contra su vientre recordó las noches bailando abrazados al son de la música.

La música en la buhardilla les hacía, por unos minutos, escapar de la realidad.

Habían ido comprando vinilos hasta tener una pequeña colección.

Todo les parecía mágico. Abrazó el gramófono con más fuerza y notó un cosquilleo que inundaba sus fosas nasales, las cuencas de los ojos se llenaron difuminando los objetos a su alrededor.

Comprendió entonces que la guerra no le había arrebatado la capacidad para sentir y amar, y se permitió por fin llorarle como no lo había hecho antes.

Dejó que las lágrimas brotaran como un torrente.

Las campanas de Nôtre-Dame seguían doblando con energía y jolgorio.

Instintivamente se llevó la mano al cuello y acarició el colgante de la golondrina que le había regalado Simon.

No se lo había quitado desde que él ajustase el broche, pero se había acostumbrado tanto a su leve peso que casi había olvidado que estaba ahí.

Pensó en dejarlo allí, entre los escombros, enterrando así esa parte de su pasado, pero no tuvo valor para deshacerse de lo único material que le quedaba de Simon.

No tenía ni una fotografía, solo le quedaban los recuerdos que el paso del tiempo iría borrando o tergiversando hasta no saber qué fue cierto y qué fruto de su imaginación.

Ya le costaba incluso recordar el sonido de su voz, y temía olvidarlo para siempre.

Abandonó la buhardilla sin mirar atrás. Solo se permitió alzar la vista una vez más desde la acera para despedirse mentalmente.

Dejó entonces que sus pasos, lentos y pesados, la llevasen hasta la imponente catedral.

Se coló por las escaleras de la torre norte.

Ascendió con lentitud. Cuando llegó arriba el sol brillaba con toda su fuerza y tuvo que parpadear varias veces para acostumbrar sus ojos.

La luz era tan pura que hacía daño, era casi celestial.

En la terraza había polvo y trozos de adoquines que habían saltado de las columnas a causa de los bombardeos, pero la orgullosa catedral estaba casi intacta.

Se apoyó en la balaustrada e inhaló suavemente, ya no había prisa.

El Sena seguía su curso inalterado, como si los años no hubieran pasado por él.

El agua fluía con parsimonia bajo los ojos de los puentes y las ondas reflejaban los rayos del sol.

A su espalda, la aguja se elevaba magnífica sobre el tejado, las gárgolas miraban hacia abajo, burlonas, desde sus pedestales, y las palomas anidaban en los recovecos de la piedra.

La vida se abría paso con fuerza y pensó que quizá aún había esperanza para ella.

Elevó la mirada al cielo, donde las nubes se enredan en la cúspide del campanario los días de lluvia y tormenta y pensó que nunca había subido más allá de la gran terraza sobre el rosetón.

Con curiosidad, subió los peldaños de la escalera de caracol de la torre.

Quería estar un poco más cerca del cielo y más lejos del suelo, más cerca de lo divino y más lejos de lo terrenal.

Arriba, con cuidado se reclinó sobre el murete de piedra.

La diferencia de altura calculó que apenas serían unos veinte metros, pero el mundo se veía todavía más pequeño, más insignificante, y en cierto modo, resultaba reconfortante.

El horizonte era hermoso, y en la distancia los verdes prados y campos de cultivo de la campiña francesa se extendían hasta donde la tierra se juntaba con el mar, y más allá, estaba Inglaterra.

¿Su hogar? ¿Podría volver a ser feliz allí?

Hasta hace poco más de dos meses no se había permitido esas preguntas, ni pasado ni futuro, solo el presente, solo había que concentrase en vivir un día más.

Ahora, con la certeza de que viviría tendría que volver a tejer ilusiones.

Dejó escapar un suspiro y poco a poco trajo su mirada de vuelta, del mar a los campos, de los campos a la ciudad, el río, la plaza bajo la catedral y por último a la terraza del piso inferior.

Y de pronto, un grito se ahogó en su garganta, dejando apenas escapar un débil gemido.

Un hombre, con pantalones de traje y camisa blanca arremangada a la altura de los codos, permanecía de pie frente a la balaustrada de la terraza.

Anne abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma, y como si él hubiera sentido la mirada de ella clavada en su espalda se quitó el sombrero y levantó la cabeza pausadamente.

El tiempo se congeló en aquel preciso instante, el mundo se quedó en silencio, ya no había nada más alrededor.

Desde la altura pudo leer sus labios con tanta claridad que hasta le pareció escuchar nítidamente el sonido de su voz. Ella extendió la mano hacia abajo.

Tomó una bocanada de aire. Bajaba los escalones de dos en dos, la espiral parecía no terminar nunca. A medida que descendía, tenía miedo de que todo hubiera sido un espejismo, de que se hubiera vuelto completamente loca. Salió a la galería, jadeando y casi sin aliento.

El corazón le latía tan deprisa que notaba como el pecho le retumbaba.

Seguía allí, inmóvil, la mirada serena, la barba de varios días y su enigmática sonrisa dibujada en el rostro.

Corrió hasta aterrizar en sus brazos. Él apoyaba su mejilla sobre su cabeza, cerró los ojos y tres pequeñas arrugas se dibujaron bajo sus párpados.

Simon  le acariciaba tiernamente los mechones de pelo mientras murmuraba palabras ininteligibles llenas de dulzura.

Anne hundió su rostro en su pecho, pegó la nariz a su camisa y aspiró con fuerza el olor de su piel.

Su fragancia inundó sus pulmones, tabaco, sal, perfume.

Después de todo, quizá si tenía un hogar al que volver.