Un consulado en París 6 de junio de 1944 #6
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6 de junio de 1944 #6

-            Lo siento mucho – fue todo lo que puedo decir Anne.

-           Era mi amigo, fuimos juntos a la academia. Llevábamos preparándonos para esto dos años, y no ha pasado del primer día. ¡Mierda! ¡Joder!

Dio una patada llena de rabia y frustración a un cubo metálico que rodó estrepitosamente.

Había conocido por primera vez lo que se siente tras la amarga pérdida en la guerra de alguien a quien quieres, y por desgracia no sería la última vez.

Lloró como el niño que era. Anne respetaba y entendía su dolor, pero no le permitió regodearse.

Había trabajo por hacer y otros hombres que necesitaban de su  ayuda para sobrevivir.

Fuera, comprendiendo que no podrían aguantar la posición en el lado oeste lado del río con los pocos efectivos y recursos de los que disponían, se atrincheraron con rapidez devolviendo la salva de disparos.

El sargento primero a cargo del reducido grupo de hombres que quedaban en Chef-du-Pont pedía refuerzos a la desesperada a través de la radio.

Estaban solos y extenuados. Necesitaban un milagro si querían mantenerse en sus puestos y además sobrevivir a aquella noche.

Y el milagro llegó, escucharon el inconfundible sonido de los motores de un avión.

Un Douglas C-47 apareció en el cielo dejando caer armas y munición que fueron recibidos con júbilo y silbidos por parte de los soldados, especialmente cuando vieron el mortero.

-           ¡Es un milagro! – gritaban algunos de los más jóvenes, invadidos por una renovada sensación de invencibilidad. Los más veteranos los miraban, y aunque no se confiaban sabían que se les brindaba una nueva oportunidad para decantar la balanza de su lado.

-           ¡Cojan todo lo que puedan y contraataquen! – el sargento daba órdenes con aplomo y energía – ¡Hagan que el esfuerzo de los pilotos por llegar hasta aquí no haya sido en balde! ¡Hagan que su país esté orgulloso de ustedes!

Los alemanes también habían recibido munición gracias a las líneas de suministro que fluían eficazmente por detrás de sus posiciones.

El intercambio de disparos fue disminuyendo en intensidad a medida que el día moría.

Los alemanes se retiraron con la llegada de la oscuridad total y los hombres que quedaban trataron de reorganizarse.

Sabían que no se habían ido lejos, pero sería suficiente para tomar aliento de nuevo.

Los heridos eran muchos y no había forma de transportarlos fuera del pueblo por lo que tendrían que aguantar hasta que alguna división enlazara con ellos y pudieran llevarlos hasta las playas para que fueran debidamente atendidos en los buques.

Hicieron turnos para comer algo caliente y recobrar fuerzas mientras esperaban respuesta por trasmisiones.

Anne hacía guardia en la improvisada enfermería donde los heridos aguardaban su destino mientras que el enfermero se tomaba un merecido descanso.

Había curado a aquellos hombres con todo lo que tenía a su alcance.

Había sacado tela  de las mangas de su propia camisa para suplir la falta de vendas.

Anne estaba exhausta, las piernas le temblaban, llevaba sin dormir casi día y medio.

La luna hizo su aparición y Anne la vio por una de las ventanas.

Recordó que de niña le pedía deseos a las hadas que pensaba habitaban allí arriba.

Toda clase de disparates y deseos imposibles, tan solo realizables en su infantil mente.

Aquella noche solo pidió que llegasen todos vivos a la mañana siguiente.

Los prometidos refuerzos llegaron pasada la media noche.

Unos cien soldados de la Compañía K del octavo regimiento de infantería entraron en Chef-du-Pont.

Se vivió una escena parecida a la que habían presenciado durante la mañana, hombres felices que se saludaban, se abrazaban, bromeaban los unos con los otros y se alegraban de no verse aislados en su segunda noche en Francia.

-            ¿De dónde venís? – le preguntaba uno a otro.

-           De la playa Utah, desembarcamos esta mañana y aunque hemos perdido a muchos compañeros la resistencia no ha sido tan feroz como lo esperado.

-           Creo que Omaha ha sido una carnicería…

– añadió otro – al menos por lo que he podido escuchar que decían a través de la radio.

Los boches tenían baterías y estaban muy bien pertrechados…

– a pesar de las enormes pérdidas de vidas de la jornada, el ambiente era ligeramente festivo entre los supervivientes.

-           Esto no es un paseo señores y si alguno lo pensó es que no prestó atención durante su formación.

Han venido a la guerra. Tomen posiciones y déjense de cotilleos, eso es cosa de mujeres – zanjó el tema un sargento que no había podido evitar escuchar a sus subordinados y quién, aunque compartía la alegría por haber cumplido con los objetivos de la jornada, no pensaba dejarla traslucir tan pronto.

No hasta que aquellos bastardos pagasen por lo que habían hecho y marchase con sus tropas sobre el mismísimo Berlín.