Un consulado en París 6 de junio de 1944 #5
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6 de junio de 1944 #5

Ella le brindó una débil sonrisa y los llevó hasta el salón donde les ofreció una taza de café. Se había incluso molestado en prepararles algo caliente, aun no teniendo apenas nada. Ambos aceptaron.

-           Dígale que le agradecemos mucho el detalle y que esperamos poder facilitarles suministros más adelante – Anne tradujo y la mujer realizó un gesto de asentimiento leve con la cabeza – puede preguntarle cuánto tiempo lleva en este pueblo.

-           Dice que desde que empezó la guerra, que ella y su hermana se criaron aquí. Su hermana ya no está, se la llevaron, la niña que he visto antes era suya.

-           Bien, pídale que nos hable de los alemanes que estaban aquí. Si recuerda cuántos había, si había tanques, no necesito nada técnico pues no conocerá esos detalles, pero sí necesitamos hacernos una idea de cómo era la situación, pues será seguramente extrapolable al resto de la zona.

Sophie respondió a sus preguntas durante casi una hora, les habló de la guarnición alemana, de los vecinos que habían sido ejecutados acusados de traición, de cómo les habían requisado el ganado y les habían obligado a entregar toda la cosecha y los lácteos año tras año.

Después les daban de vuelta una ración mísera y el resto se lo quedaban para sus tropas.

Había quién se negaba, y en esos casos muchos acabaron muertos y sus familias señaladas.

En varias ocasiones tuvo que parar para secarse las lágrimas y sonarse la nariz.

Estaba todo demasiado reciente y era muy doloroso de contar.

Evans y Anne escuchaban atentos y tomaban buena nota de todo lo que ella les decía.

No era muy diferente de las historias que Anne había escuchado desde que regresara a Francia, pero el rostro de Evans dejaba traslucir la emoción contenida de quien escucha una pesadilla por primera vez y en primera persona.

Al fin y al cabo, antes que soldado era un ser humano y estaba segura de que pensaba en su propia familia, a miles de millas al otro lado del vasto océano.

-           Merci beaucoup madame – agradeció Evans expresándose en un torpe francés y tomando las manos de la mujer entre las suyas con ternura. Trataba con aquel simple gesto de devolverle algo del cariño y la humanidad que le habían robado.

-           Merci Sophie –.

Salieron y tomaron una bocanada de aire. Anne sabía que Evans se había dado cuenta de que aún quedaba mucho que hacer. Estaban solos y se tomó la licencia de apoyar una mano sobre el hombro del veterano militar para infundirle ánimo.

-           Lo harán muy bien, solo hace falta tiempo – y él le dedicó una mueca entre triste y divertida reconociendo que aquella joven, que bien podría ser su hija, tenía razón. Harían todo lo que estuviera en su mano para devolver a aquella gente la esperanza.

Caminaron hasta el puente donde sus hombres y los de Roy esperaban instrucciones.

Deseaban sostener la posición y avanzar al día siguiente tanto como pudieran.

Evans se acercó para hablar con varios de sus soldados, interesarse por su estado de salud física y mental, y cuando terminó la ronda regresó a la estación para consensuar con el resto de oficiales los planes a seguir.

Anne, vio un árbol lo suficientemente robusto como para sostener su peso y al que podía escalar con relativa facilidad.

Se acomodó en una rama del viejo chopo para observarlo todo desde arriba.

El Merderet fluía apaciblemente hacia el sur y los verdes campos normandos se extendían hacia el oeste hasta más de donde alcanzaba la vista.

Cerró los ojos y estaba en París, en uno de los puentes del Sena, el gorgojeo del agua del río llenaba sus oídos de paz y los viandantes paseaban de la mano disfrutando de la tarde de domingo.

La música de un hombre que tocaba el acordeón lo inundaba todo y el olor a crêpes recién hechos era tan intenso que casi podía saborearlos.

Beurre-salé o azúcar, difícil decisión….

-           ¡Soldados muévanse! – las órdenes emitidas a pleno pulmón por parte de uno de los sargentos de la compañía la devolvieron de golpe al corazón de la batalla de Normandía – ¡nos necesitan en La Fière!

Anne bajó del árbol de un salto y aterrizó limpiamente sobre la hierba. Corrió hacia la estación buscando al Teniente Evans. Él la vio antes.

-           ¡Collins! – Anne se giró hacia el lugar donde venía las voces.

Evans organizaba a sus soldados en el extremo opuesto de la plaza – ha habido un contraataque alemán.

Salimos inmediatamente para allá. Dejaremos una pequeña sección defendiendo Chef-du-Pont.

Usted puede quedarse o venir. Es su decisión.

-           Gracias teniente pero esta vez me quedaré aquí.

-            Buena suerte.

Anne rezó porque la treintena de hombres que se había quedado allí fuera suficiente para aguantar la posición hasta que los soldados llegasen desde la Playa Utah con munición y carros de combate.

Sin embargo, una vez más, sus plegarias fueron desoídas pues apenas media hora después de que el grueso de los soldados saliera para La Fière los alemanes aparecieron por el lado oeste del río disparando a quemarropa.

Una docena de soldados fueron alcanzados por las balas y cayeron abatidos, bajo el intenso fuego de artillería enemigo y con fuego de cobertura por su parte consiguieron arrastrarlos hasta posiciones más seguras dentro de un edificio medio derruido.

Algunos estaban ya muertos, otros lo estarían si un médico no los trataba pronto.

Anne hizo todo lo que pudo por ayudar al enfermero, era un chico muy joven, no podía ser mayor de veinte años y sintió algo de lástima.

-           ¿Voluntario? – preguntó Anne tratando de evadir la mente hacia otros lugares mientras agarraba de los hombros a uno de los hombres que habían sido alcanzados en el tiroteo para que no se moviera mientras el enfermero hacía su trabajo.

-           Sí, de Wisconsin – respondió él mientras limpiaba y cosía una herida en el abdomen – mis padres tienen una granja.

-            Yo también me crie en una granja ¿es aquello bonito?

-            Precioso, y cuanto más lejos estás más bonito te parece.

Una sacudida y un estruendo interrumpieron la conversación y parte del tejado del edificio se vino abajo cayendo sobre uno de los soldados que aún no había podido ser atendido.

Los gritos eran desgarradores. Corrieron hacia él, pero no había nada que hacer.

El enfermero le agarró la mano y le hablaba.

-           Vuelves a casa amigo, vuelves a Colorado ¿lo ves?

– Anne permanecía al lado de ambos y pensó en Jean.

Apenas se había ido durante la noche y sin embargo le parecía que había pasado una eternidad – tus montañas te están esperando ¿las ves en el horizonte?

Mira qué atardecer, cómo el color naranja lo inunda todo, mira qué vistas…

– el soldado dejó de respirar y el enfermero le cerró los ojos.