6 de junio de 1944 #3
Tumbada sobre el suelo, entre la alta vegetación sin perder de vista el puente y sus defensores Anne respiró hondo.
No podía avanzar más de aquel punto sin emprender una misión suicida.
Si disparaba delataría su posición y aunque matara a uno o dos alemanes los pondría sobre aviso.
Hubiera agradecido tener a Thomas con ella, él hubiera sabido qué hacer, tenía ese instinto natural para tomar decisiones y salir ileso.
Debía entonces esperar. Podría quizá tratar de cruzar el río por algún punto más al sur, pero las marismas eran inmensas en aquella zona, lo cual la obligaría incluso a nadar.
Pensaba en cómo actuar, cuando de pronto los silbidos de una ráfaga de disparos la sacaron de su ensimismamiento, los soldados alemanes giraron sus posiciones y ahora miraban hacia el lado opuesto del puente desde donde venían las balas.
Anne estaba lo suficientemente cerca como para ver sus rostros desfigurados por lo inesperado del ataque.
Probablemente llevaban meses tranquilamente apostados en aquella pequeña comuna sin siquiera sospechar que podrían entrar en combate en algún momento.
Tan solo soñando con un permiso para ir a París como prometido a todos los soldados alemanes o incluso de regreso a su hogar a cientos de kilómetros de distancia.
Gritaban y daban órdenes desgañitándose.
Anne vio como algunos de ellos se parapetaban detrás de los sacos mientras que otros se subían a un vehículo, probablemente para alertar a otros puestos de control y así asegurar sus posiciones durante el tiempo que pudieran.
Recordó una frase que un partisano le dijo en una ocasión “Un minuto de retraso para los nazis puede suponer una victoria para los aliados” y tenía razón.
Así, aprovechando la confusión y el estruendo de los disparos que se producían entre defensores y atacantes del puente sobre el río Douve, Anne tomó su fusil, cerró un ojo, siguió con la vista al coche que pretendía huir por la retaguardia, apuntó y apretó el gatillo.
Comprobó con satisfacción como el neumático trasero había reventado y los dos ocupantes del vehículo se bajaban desconcertados.
Anne entendió que uno de ellos le pedía al otro que inspeccionara los alrededores, pero por suerte para ella este último se negó, y se quedó cubriendo las espaldas del que cambiaba la reventada rueda.
Anne seguía pegada a la tierra, deseando poder mimetizarse con ella.
En pocos minutos los alemanes habían conseguido poner la rueda de repuesto, y se alejaron a toda velocidad levantando una nube de polvo.
Fijó su mirada en el horizonte y del otro lado avistó soldados que se acercaban al puente.
¡Los aliados estaban allí! No sabría decir si eran británicos, americanos, canadienses o alguna otra nacionalidad, pero estaban allí.
Se materializaban frente a sus ojos las palabras a través de la radio y los ángeles que habían visto caer pasada la medianoche.
La llegada de aquellos soldados llenaba el enorme vacío que habían sentido luchando en solitario contra los alemanes con los pocos recursos de los que disponían.
Contó la munición y apuntó a los soldados alemanes parapetados tras los sacos, invisibles para los aliados, pero completamente al descubierto para ella.
¡Pum! Esta vez el disparo acertó de lleno en el cráneo del soldado situado en la parte izquierda del puente.
Su compañero se giró para identificar de dónde había venido el ataque.
Sin embargo, antes de que pudiera ubicar la posición de Anne, ella había cargado su arma de nuevo sentenciandolo de muerte.
Apretó los dientes con satisfacción pero no se permitió relajarse.
Había más defensores que miraban hacia atrás confusos, pero no se atrevieron a recular dejando el puente vacío, pues de hacerlo, este sería inmediatamente tomado por las tropas aliadas.
Estos momentos de desconcierto para los alemanes que se creían totalmente cercados fueron claves para que los atacantes pudieran avanzar y disparar ganando una ventaja decisiva “Un minuto de retraso…” las palabras estaban siempre presentes en su mente.
Media hora después, los jóvenes defensores del puente yacían muertos, habría una veintena de cadáveres.
Con el fusil colgado del hombro salió de detrás de los arbustos.
- ¡No disparéis! ¡Soy amiga! – gritó en un claro inglés con los brazos en alto pues ante cualquier duda sobre su identidad los americanos no dudarían en volarle los sesos.
Sus palabras surtieron efecto. Bajaron sus armas y la invitaron a acercarse. El que parecía estar a cargo se adelantó.
- ¿Quién es usted? – todavía recelaba, aunque su lenguaje corporal indicaba que no se sentía amenazado.
- Anne Collins, soy británica y miembro de la resistencia francesa – respondió con aplomo y mostrándose segura de sí misma añadió – acabo de facilitarles la conquista de este puente.
- ¿Usted ha matado a esos alemanes de ahí? – miraba el fusil y todavía parecía sorprendido.
- Sí señor – Anne sabía que estaba sorprendido por el hecho de que una mujer empuñase un arma y por eso mismo tenía que hacer valer su posición desde el principio – en la resistencia hay mujeres ¿sabe?
- Teniente Evans, regimiento 507 de la 82ª división de infantería aerotransportada del ejército de los Estados Unidos de América. Gracias por su ayuda – sabía que no le iba a quitar el ojo de encima pero Anne no se amedrentó.
- Así que paracaidistas – Anne asintió con aprobación – encantada de conocerle teniente. Gracias por haber venido, no saben la falta que nos hacen.
Ambos se relajaron y se estrecharon la mano reconociéndose como iguales. Anne sabía que aquello había sido una pequeña victoria, pero aún había mucho por hacer. Debían aprovechar la ventaja que habían generado sobre los alemanes.
- Necesitarán ustedes ayuda teniente, Normandía puede ser una trampa mortal si uno no sabe por dónde moverse, el terreno es complicado – expuso ella con honestidad.
- Y supongo que usted sí que sabe – respondió inquisitivo el teniente Evans.
- Al menos lo intento. Aquí cerca hay un castillo, no parece ocupado por los nazis, podría ser un buen puesto de mando – Evans asintió un par de veces con la cabeza.
Anne prosiguió, era importante conocer los planes de sus aliados si iba a ayudarles – ¿Han asegurado ya las posiciones en el Merderet?
- Esperamos que la 101 aerotransportada y el resto de nuestra división hayan podido llegar allí.
Es clave para nosotros asegurar las cabezas de puente para el avance desde la costa.
Dejaré aquí una pequeña guarnición y dirigiré al resto del grupo en dirección a la playa Utah, hay que limpiar las inmediaciones para poder desembarcar tanques y vehículos.
Anne permanecía con el semblante serio asimilando la información.
Aquello era el principio del fin del dominio alemán sobre Francia, tenía que serlo y se convencía de ello.
No quería dejar margen a la duda pues la esperanza era lo que le había hecho seguir día tras día.
El teniente Evans dio orden de asegurarse de que no hubiera más alemanes escondidos por las casas aledañas.
En cuclillas desplegaron sus mapas sobre la hierba.
- ¿Quién más participa de esta operación?
- Principalmente británicos, americanos y canadienses. También hay algunas tropas australianas, neozelandesas y franceses – respondió algo pensativo – me dejo algunos, seguro, pero no conozco la operativa completa.
- No se preocupe, era mera curiosidad.
Les ayudaré a enlazar con las tropas que vengan desde la playa.
El Merderet no está lejos – señaló su mapa y después el del teniente – el pueblo más importante remontado el río es Chef-du-Pont, estoy segura de que ahí debe haber otra guarnición alemana.
- Así es, tenemos inteligencia informándonos de que la 91ª división de infantería alemana está en Sainte-Mère-Église, este es objetivo del tercer batallón de la 505 y el nuestro es asegurar todos los puentes del Merderet.
Hacemos bien en afirmar que alguna brigada o regimiento están defendiendo ese puente.
- Si han conseguido asegurar la posición en Sainte-Mére-Église el avance hacia el oeste y el sur debe hacerse por Chef-du-Pont teniente – afirmó Anne.
No había otra forma de cruzar el Merderet y las marismas a menos que quisieran perderse o ahogarse.
El teniente analizó por unos instantes sus palabras, repasó mentalmente el plan establecido y estuvo de acuerdo.
Minutos más tarde unos setenta soldados y ella se internaban en el bocage normando en dirección a su siguiente objetivo.
Con el corazón latiendo a toda velocidad y las gotas de sudor resbalándole por las sienes llegaron a las inmediaciones de una granja, a menos de un kilómetro del puente que daba acceso a la población de Chef-du-Pont.
El camino parecía despejado, pero era sinuoso y como en toda Normandía había vegetación a ambos lados de la carretera lo que impedía ver lo que había en los laterales más allá de cincuenta metros.
No se veía un alma. Si no había enemigos cerca querría decir que el primer batallón de la 505 de infantería de la 82 aerotransportada había tenido éxito en tomar la posición.
Si por el contrario el 505 no había llegado y los alemanes seguían atrincherados tendrían que prepararse para presentar batalla.