Un consulado en París 6 de junio de 1944 #2
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6 de junio de 1944 #2

-           Ojalá encuentres en la muerte la paz que te faltó en vida – no se molestó siquiera en cerrarle los ojos, no sintió tampoco culpa. Seguramente lo peor de todo fuera que no sentía absolutamente nada.

Se alejó del cuerpo que yacía inerte, saltó por encima de las vías y se dejó caer por el terraplén aterrizando junto al cuerpo de Jean.

Sangraba mucho pero todavía respiraba haciendo un enorme esfuerzo.

La herida en su pecho era mortal y supo con dolorosa certeza que no saldría de aquella.

Tomó la cabeza de su amigo para apoyarla sobre sus rodillas.

Le susurró dulces palabras mientras le acariciaba el pelo.

-           Shhhhhh, no lo fuerces, te pondrás bien, todo irá bien – el muchacho señaló un punto en el cielo.

Anne miró hacia donde la mano temblorosa de Jean señalaba y entonces lo vio, en el horizonte, decenas de pequeños puntos negros caían de las nubes.

Y entonces comprendió. Estaban allí, la liberación empezaba allí, aquella noche – son ángeles Jean, son los ángeles que vienen a salvarnos, Jean han venido gracias a nosotros, eres un héroe de Francia, Jean míralos, son ángeles – Anne miró a Jean y vio como la última exhalación escapaba de los labios del joven francés.

Había una sonrisa en su rostro. Se había ido de este mundo sabiendo que su sacrificio había merecido la pena.

Sabía que era peligroso y que habría otros alemanes alrededor, pero se permitió unos minutos más para velar el cadáver de su amigo.

Si su destino era acompañarlo sobre los campos normandos en aquel mismo instante que así fuera.

Habían compartido más experiencias en aquellos meses que mucha gente a lo largo de toda una vida.

Habían avanzado codo con codo, Jean la había tratado como a una hermana y Anne había aceptado el rol con gusto.

Seguramente nadie escribiría odas a su persona, pero si salía viva de allí, se encargaría de que la historia recordase su nombre, junto con el resto de los millones de valientes que lucharon por hacer de Europa un lugar mejor.

Lamentaba no poder enterrarlo como merecía, pero cargar con un cadáver varios kilómetros podía hacer que la mataran a ella también y a tanto no podía arriesgarse.

Entonces unas manos la zarandearon de los hombros por detrás con energía.

-           ¡Vamos! Hay que marcharse de aquí. Tienes que dejarlo atrás – la voz le resultó tremendamente familiar, cogió su fusil y el de Jean y se levantó a toda prisa hasta reunirse con ella.

-           ¡Louise! – de todas las noches en Francia, de todos los lugares por los que había viajado, su pasado se reencontraba con ella allí, en todas sus formas.

Las más crueles y las más felices. Louise, al igual ella, vestía pantalones oscuros, chaqueta suelta y tenía la cara tan sucia como la suya.

Su rostro también se había endurecido, pero ahí estaba, fornida, orgullosa y peleando a su lado, una vez más.

-           ¡Por el General de Gaulle os dábamos por muertos! – Louise hizo amago de decir algo más pero en el último momento decidió callar. Anne se dio cuenta y supo lo que iba a preguntarle.

-           Él está muerto, al menos para mí – Louise se mordió el labio.

Nunca supo por boca de ninguno de los dos si entre sus compañeros de equipo había algo porque no los vio jamás tener un gesto que los delatara el uno hacia el otro, pero en ciertos momentos, cuando era casi invisible a sus ojos y se encontraba absorta en un rincón aprendiendo a usar la radio, había descubierto miradas tan expresivas que solo podían denotar que entre ellos había algo mucho más íntimo y profundo que los lazos de compañerismo generados por la guerra.

No dijo nada, solo le pasó un brazo por los hombros y la estrechó hacía sí. Anne permaneció impertérrita.

-           Vamos entonces – echó un último vistazo al punto donde yacía el cuerpo de Jean y murmuró – que la tierra te sea leve amigo.

Corrieron agachadas lejos de las destrozadas vías, en dirección a un campo de maíz donde poder refugiarse entre los altos tallos.

Esperaron escondidas en silencio durante un periodo de tiempo que no fue capaz de mensurar.

Tras asegurarse de que no había unidades enemigas a su alrededor, reemprendieron la marcha.

Anne se dio cuenta de que avanzaban hacia el oeste, en dirección contraria a la granja, agarró el brazo de su amiga y le habló entre susurros.

-           Louise, tengo que volver con lo que queda de mi unidad, con Thomas – Anne quería que supiera de la muerte de Jean de sus propios labios – era el padre de Jean.

-           Lo entiendo – Louise no quería dar su brazo a torcer tan pronto, pero comprendía los motivos de Anne para regresar – reúnete con él, pero avanzad hacia las marismas de Carentan tan pronto os sea posible.

Esos paracaidistas necesitarán nuestra ayuda.

Este terreno es tan complejo que no servirán solo los informes que hemos estado enviando a Inglaterra.

Anne asintió enérgicamente y se abrazaron para desearse suerte.

Apenas hacía unas horas que se habían reencontrado y cumpliendo con su deber se separaban una vez más.

Sus figuras se perdieron en direcciones opuestas al abrigo de la oscuridad.

Anne gateó hasta llegar al cobertizo, Thomas aún no había llegado.

Esperó con enorme impaciencia, se mordió las uñas con tanta rabia que se arrancó algunos pellejos alrededor.

Enlazó las manos bajo sus muslos para no seguir destrozándose la piel y trató de concentrarse en buscar las palabras adecuadas.

En realidad, tales palabras no existían, no existe el dolor para expresar la pérdida de hijo, pensó aquel al que nunca había conocido, y no pudo siquiera imaginar el dolor que Thomas sentiría al saber que el suyo, sangre de su sangre, ya no estaba en este mundo.

Entonces la puerta se abrió y entró Thomas, respirando entrecortadamente por el evidente esfuerzo que había realizado él solo.

Su mirada recorrió con rapidez cada esquina del granero en busca de Jean, no lo vio, y sus ojos se posaron en el fusil de Jean que descansaba en el suelo, a los pies de Anne.

Tenía la mirada suplicante. Necesitaba oírlo.

-           Ya vienen Thomas, por fin están aquí – Anne no encontraba las palabras – Jean, él… se ha portado como un valiente, ha volado la locomotora sobre la vía…

Thomas no necesitó más, de sus ojos brotaron dos lágrimas silenciosas. Anne le miró y descubrió muchas más arrugas en su rostro de las que jamás había visto. Era como si en una noche o en unos instantes, Thomas hubiera envejecido una década.

-            ¿Estuviste con él? – preguntó con voz serena.

-           Hasta el final – agregó unas palabras, que no sabía si darían consuelo a Thomas, al igual que tampoco estaba segura de que lo fuera para ella – vengué su muerte.

-           Ya no me quedan motivos para seguir viviendo, pero voy a luchar hasta el final.

Sin embargo, no quiero que me acompañes, continuaré solo.

Nuestros caminos se separan aquí, ha sido un verdadero placer contar contigo en este equipo – Thomas estrechó la mano de Anne, era la máxima muestra de cariño que era capaz de expresar en aquellos momentos, y ella la aceptó igualmente.

-           Una cosa más, llegarán a las playas del norte. Necesitarán toda la ayuda que podamos reunir – agregó. Thomas asintió despacio, se agachó para tomar el fusil de su hijo y despareció.

Anne no tenía tiempo que perder, se apretó los cordones de las gruesas botas negras, cogió las pocas provisiones y munición que le quedaba y se dirigió hacia las marismas de Carentan donde debería reunirse con Louise y las tropas aliadas que desembarcarían próximamente en las playas.

Apenas empezaban a despuntar las primeras luces del día, se escucharon los primeros cañonazos.

Provenían sin ninguna duda de la artillería en las baterías de defensa costeras alemanas, y solo podía signifciar que el desembarco había comenzado.

Tenía que darse prisa si quería llegar a tiempo para poder ayudar haciendo de guía.

Tenía al menos seis horas a pie hasta llegar a la zona de las marismas.

En otras circunstancias habría utilizado una bicicleta o algún camión de reparto la habría llevado al menos un tramo, pero aquello se le antojaba imposible en esos momentos.

Tomar una carretera principal hubiera sido una inconsciencia por su parte.

Gracias a los meses que habían pasado en Normandía conocía las rutas menos transitadas, que eran sin duda los caminos secundarios entre los cultivos.

Nada era completamente seguro, pero había muchas menos posibilidades de encontrarse a alguna división alemana apostada que en pueblos y carreteras principales.

​ Sin aliento y casi sin agua en su cantimplora, al filo del mediodía llegó a las inmediaciones de Beuzeville-la-Bastille, en el corazón de las marismas normandas.

Rodeó la población, que apenas era una calle con casas esparcidas alrededor y se arrastró sigilosa hasta el bocage cercano a la carretera, desde donde pudo avistar un pequeño grupo de infantería alemana que protegía el puente del lado en que ella se encontraba.

El río Douve, así como especialmente el Merderet, del que era afluente, suponían una frontera natural de la península de Cotentin, y sería clave para los aliados tomar el control de los mismos para facilitar su avance hacia el oeste y dividir la península en dos, aislando estratégicamente el área de Cherburgo.