6 de junio de 1944
Fuera, la tormenta arreciaba. Tenían una noche muy larga por delante.
Sin embargo, por incómoda que fuera la lluvia, es posible que resultase ser su gran aliada.
Querían pensar que los alemanes no saldrían a patrullar con ese tiempo, y que tampoco habían escuchado el mensaje.
Era ingenuo pensar que los alemanes no conocieran la consigna, pero no sabían dónde sería y eso les daba una ventaja clave.
- ¿Por dónde crees que llegarán? – preguntó Anne a Thomas.
- Por aquí no desde luego – refunfuñó – ¿quién querría aparecer en un lugar con esta lluvia del infierno?
No, no creo que nadie esté tan loco para venir a parar aquí, donde ni en verano la humedad mortificante da tregua y el canal es ahora mismo absolutamente innavegable.
Creedme, tengo muchos años y jamás he visto esta virulencia ni en el mar ni en el cielo – Anne y Jean se miraron y no quisieron contradecir a Thomas.
Pero ¿acaso no sería emocionante que los aliados llegasen allí?
– me duelen todos los huesos, qué ganas tengo de volver al sur.
- Podría ser en el sur – intervino entonces Jean – allí hay cientos de kilómetros de playas.
- Podría ser – la mente de Anne evocó por un momento la playa de San Juan de Luz, su atardecer, las olas del mar que lamían la costa, sus ropas empapadas en pleno mes de diciembre.
Sintió vértigo. Se llevó con rapidez los dedos a las sienes y exhaló con fuerza aire por la nariz borrando de inmediato cualquier recuerdo.
- Bueno basta de ya de cháchara – interrumpió Thomas con su siempre poco diplomática forma de hablar – sea donde sea y aunque no lleguen a estos malditos parajes tenemos que cumplir con las órdenes. No hay más que hablar. Y ahora pensemos.
Desplegaron el raído mapa de la región sobre una paca de paja en el cobertizo.
Había pueblos cuyos nombres estaban casi borrados, pero seguía cumpliendo su función.
Convinieron que lo más inmediato era volar las vías del tren que venían desde Coutances, pasaban por Periers y por Lessay hasta llegar a Cherburgo, así como cortar los cables del telégrafo que cruzaban por encima de los campos de girasoles y maíz.
Thomas se ofreció a ir solo a por los cables mientras que Anne y Jean se encargarían de las vías del tren.
Era una enorme responsabilidad y ambos lo sabían.
Cherburgo era una ciudad estratégica para los nazis en la costa del Atlántico, su puerto fortificado protegía el bastión alemán y la línea de tren hacia el sur les garantizaba suministros casi a diario.
Si volaban la vía férrea, reabastecerse sería mucho más complicado ya que la península de Cotentin estaba prácticamente inundada por marismas, por no mencionar que los alemanes habían forzado la anegación de otras zonas cercanas a la ciudad para impedir cualquier tipo de desembarco aerotransportado.
- Que si existe un Dios nos ayude esta noche. Nos veremos al alba aquí mismo – y salieron en silencio.
Armados con sus fusiles y pertrechados con varios kilos de cable y pólvora Anne y Jean se encaminaron hacia el norte mientras que Thomas tomó rumbo al oeste.
Para llegar a las vías del tren Anne y Jean tenían que atravesar campo abierto, era muy arriesgado, pero más arriesgado era tratar de volar las vías a la entrada del pueblo.
La única protección que tenían en aquel momento era la lluvia que creaba una cortina espesa de agua que impedía ver más allá de diez o doce metros.
En sus cabezas rondaba la preocupación por la pólvora.
Trataban de proteger los cartuchos en el interior de sus chaquetas, pero no sería suficiente para evitar que se mojase.
Tardaría más en prender y eso siempre era un problema.
Por el rabillo del ojo Anne vio como Jean se santiguaba.
Ninguno de los dos era excesivamente religioso, pero Anne había aprendido a no despreciar la ayuda, viniera de donde viniera y ambos atribuían a algo más que a la suerte que siguieran vivos después de cuatro años de una cruenta contienda que no entendía del amor ni de la misericordia.
Pegados a la abundante vegetación que rodeaba los campos llegaron hasta el último claro, a partir de ahí debían cubrir unos doscientos metros en campo abierto.
Agachados, casi espalda contra espalda, agarraban sus fusiles dispuestos a disparar a la más mínima señal de duda.
Si tenían que morir aquella noche, no se irían sin pelear.
Las botas se hundían en el barro y avanzar les costaba el doble de esfuerzo.
Llegaron a las vías del tren. Arrodillados sobre el suelo con la lluvia golpeándoles en la cara, apenas podían proteger la pólvora con sus cuerpos encorvados.
Las chaquetas empapadas eran una pobre ayuda.
Los rayos iluminaban las nubes, los truenos rugían en el cielo y no parecía que fueran a darles tregua.
- ¡La mecha no prende! – el ruido de la lluvia era ensordecedor y apenas a voces podían escucharse el uno al otro.
- ¡Lo sé! ¡Tendremos que acercarnos al pueblo! – respondió entre dientes con fastidio. Cuando más cerca del pueblo más riesgo había, pero era el único sitio donde podrían refugiarse para tratar de encender la mecha a refugio.
Dieron un amplio rodeo hasta llegar a los almacenes adyacentes a la estación de tren, si tenían éxito no importaría que se hubieran retrasado.
Escondidos entre los contenedores de madera consiguieron secar la pólvora y la mecha lo suficiente para que prendiera.
Se deslizaron bajo el tren estacionado en las vías y dejaron la carga encendida.
Saltaron hacia el otro lado del terraplén y segundos después el sonido de la explosión fue música para sus oídos.
Se miraron con los ojos brillantes de alegría.
Empujados por la curiosidad y también por su vanidad, subieron de nuevo el terraplén para contemplar su obra con satisfacción.
Apenas contaban con la débil luz mortecina que dejaban traslucir las nubes, pero era suficiente para ver la recortada silueta de la locomotora que yacía caída y destrozada sobre las vías.
Parecía una serpiente gigante. El resto del convoy era un amasijo de hierros sobre los raíles.
Los alemanes tardarían al menos uno o dos días en despejar la vía de chatarra, además de las reparaciones que se verían obligados a hacer.
- ¡Lo logramos! – Jean estaba exultante.
Anne, sonriente, se quitaba las gotas de agua de la cara.
Parecía estar amainando. Ambos se fundieron en un espontáneo abrazo.
La misión había sido un éxito y ahora debían ir en busca de Thomas, de vuelta al cobertizo para decidir cuáles debían ser las siguientes acciones a realizar.
Estaban tan henchidos de orgullo y felicidad que no escucharon los pasos que se acercaban por su retaguardia.
Un sonoro disparo llegó a sus oídos, no supieron de dónde había venido pero Anne vio como derribó a Jean a plomo sobre sus rodillas haciéndolo caer hacia el lado opuesto de la vía, rodando por el terraplén y quedando tendido en el suelo.
Su primer pensamiento fue bajar para ayudarlo, pero si lo hacía era mujer muerta pues quien quiera que les hubiera atacado no tendría piedad y los remataría por la retaguardia.
Necesitaba estar en una posición segura antes de asistir a nadie.
En un rápido movimiento echó el cuerpo a tierra del lado del terraplén por el que había caído Jean para protegerse.
Apoyó el fusil sobre los raíles y apuntó hacia todos lados en busca de quien hubiera disparado la bala.
Vio entonces como una silueta salía de detrás de una edificación en dirección hacia donde se encontraban.
Se preparó para disparar de nuevo y cuando tuvo la sombra de aquel hombre a una distancia suficiente para tener éxito, apretó con decisión el gatillo y vio como el alemán caía abatido sin emitir ni un ruido.
Avanzó con decisión sin dejar de empuñar su fusil hacia el cuerpo que yacía unos metros más allá para asegurarse de que estaba muerto.
El soldado temblaba incontroladamente y se llevaba las manos al torso, donde la sangre manaba sin control.
La luz de la luna iluminó su rostro y Anne no pudo creerse lo que tenía frente a sus ojos.
Aquella era una noche aciaga sin duda alguna.
- Johann – pronunció su nombre sin mostrar un ápice de emoción, gélidamente.
Le miraba desde arriba, impasible. Quiso decir algo pero la sangre manaba profusamente por su boca.
Vio en sus ojos el terror de quien enfrenta la muerte sin confesión y lleno de pecados.
La miraba suplicante. En aquel momento, no supo muy bien por qué, si fue por venganza o si fue por la misma compasión que uno siente al sacrificar a un animal que está sufriendo, apuntó a su corazón y apretó el gatillo una vez más.
El cuerpo dejó de moverse. Los ojos estaban completamente abiertos, sin vida.
Había matado a otros soldados anteriormente en intercambios de disparos, pero nunca era personal, por supuesto lamentaba las vidas segadas, no era de piedra, pero eran ellos o su equipo y al final todo se resumía a una mera cuestión de supervivencia.
Sin embargo, aquella vez sí era personal, aunque no hubiera sido intencionado.
Se cerraba el círculo que se había abierto años atrás.
Cientos de veces había imaginado cómo sería verse de nuevo frente a frente con él, y si tendría el valor de matarlo por lo que había ocurrido en Alling.
Ahora ya tenía su respuesta. Se había convencido de que el sabor de la venganza sería dulce.
Dulce como las uvas, la miel, como las mañanas de domingo o la primavera en París.
Pero descubrió que, en realidad, la venganza tenía un sabor amargo, correoso.
La venganza sabía a ceniza y olía a podredumbre.