5 de junio de 1944
- Pásame el aguardiente ¿quieres?
- Por qué no vienes tú a cogerlo – recostada sobre el heno fresco del pajar Anne descansaba después de un día de intensa caminata reconociendo el terreno y jugueteaba con un cuchillo con la mano derecha mientras abrazaba su fusil con la izquierda.
- Sigues siendo igual de estirada y mandona que cuando te incorporaste, el ejército no sabe lo que se ha perdido contigo si hubieras nacido hombre – respondió el muchacho mientras se levantaba rezongando para alcanzar la botella del alcohol.
A pesar de estar prácticamente en verano, el tiempo estaba siendo inusualmente frío y húmedo, por no mencionar las lluvias que no les daban tregua, apenas tenían ocasión de calentarse junto al fuego así que el alcohol se había convertido en su mejor aliado.
Si estaban así en Francia no quería ni pensar cómo lo estarían pasando en el frente oriental, donde la estepa no daba tregua a nadie.
- Soy británica, me temo que no puedes pedirme mucho más – le respondió ella burlona en francés forzando el acento.
Hacía más de dos años que Anne había vuelto a Francia.
Tras la fatídica experiencia en Alemania, pasó varios meses aguardando en un pueblo de mala muerte en el pirineo francés con miedo de que pudieran matarla en cualquier momento.
El dinero se le estaba acabando para pagar su alojamiento, y no tendría forma de conseguir más si se quedaba sin nada.
Cada noche sin noticias se decía que se marcharía a la mañana siguiente porque lo más probable es que se hubieran olvidado de ella.
Sin embargo, al despertar albergaba esperanzas de recibir una señal, incluso alguna noticia sobre Simon.
Todo fue en balde, su esperanza se fue agotando como la arena de un reloj.
Si había muerto quería saberlo, si vivía también, aunque no volvieran a verse.
Cualquier cosa era mejor que el silencio.
La incertidumbre era el peor de los castigos.
Barajó la idea de ponerse en contacto con Londres, pero descartó de inmediato la idea.
Pensó entonces en contactar a Lil pero también rechazó el plan, si los alemanes o la Francia de Vichy interceptaban su carta era mujer muerta.
Cualquier intento de contactar desde allí era demasiado peligroso.
Si hubiera tenido su radio podría haberlo intentado, pero la dejó en París con Louise.
¿Qué habría sido de Louise? Por aquel entonces tiraba de sus recuerdos para no desfallecer, pero descubrió que pensar en el pasado le hacía mucho más daño y no suponía un alivio para su corazón.
Progresivamente dejó de pensar en nadie más que no fuera ella misma.
Un día lo tenías todo y al día siguiente nada.
Bloqueó cualquier clase de sentimiento de empatía o de autocompasión.
Tras años de guerra Anne se había convertido en una mujer hecha a sí misma.
Cuando tomó la decisión de abandonar su alojamiento decidió enterrar cualquier sentimiento de esperanza.
Fue vagando de pueblo en pueblo siempre hacia el norte a través de la Francia ocupada con la firme intención de regresar a París en busca de sus conocidos.
La invisibilidad de la mujer en esa nueva sociedad francesa le daba cierta libertad para pasar desapercibida, y la falta de mano de obra masculina por la campaña de reclutamiento forzoso de hombres franceses le granjeaba la oportunidad de echar una mano a otras mujeres con sus negocios.
Trabajó en comercios, hostales y granjas a cambio de comida y un techo bajo el que dormir, hasta que un día, en un pequeño pueblo de la costa norte de la Bretaña, cuando el salón se había vaciado casi por completo, y ella limpiaba las mesas distraída, escuchó hablar a dos hombres.
Hablaban de acciones de sabotaje en aquel pueblo.
Agudizó el oído, no cabía la menor duda de que aquellos dos pertenecían a la resistencia francesa.
Anne no pudo evitar sentir que su suerte cambiaba y que la guerra la instaba de nuevo a involucrarse de lleno.
Tras casi un año de sentirse inservible, estaba dispuesta a hacer que las cosas cambiaran.
Se acercó y se sentó en la mesa con aplomo sin haber sido invitada para sorpresa de ambos.
Uno era más joven, quizá tendría su edad, el otro era más mayor y enjuto.
Calculó que tendría edad suficiente para ser su padre.
Extendió la mano, pero ninguno la tomó. No se ofendió.
Se presentó y fue muy clara en su mensaje.
- Me uno a vosotros – clavó su mirada primero en uno y después en el otro – desde esta misma noche. Si tratáis de impedírmelo os delataré en el control de policía más cercano.
No había muchas mujeres que se hubieran atrevido a hablarles así a dos hombres desconocidos, de modo que ambos se miraron y accedieron.
No hubo formalismos innecesarios, Anne cogió sus pocas pertenencias y las echó a un morral.
Sus nuevos compañeros se llamaban Thomas y Jean, y tal y como Anne había sospechado eran padre e hijo.
Actuaban por su cuenta y a veces, se encontraban con otros grupos para acciones más grandes.
No tenían un territorio de acción fijo, se iban desplazando a medida que realizaban alguna acción de sabotaje.
Casi siempre se trataba de volar coches alemanes que estaban separados del resto, cortar líneas de telégrafo que salían de los edificios de correos, y, rara vez, solo si tenían suerte, encontraban almacenes de munición alemana y los hacían saltar por los aires.
Proveyeron a Anne de un fusil y le enseñaron a disparar y a colocar dinamita.
La vida le había dado una segunda oportunidad de resarcirse de los alemanes y no pensaba desaprovecharla.
En apenas unas semanas actuaban como un núcleo compacto y en dos años se habían convertido en amigos inseparables.
Sus idas y venidas les habían llevado a la baja Normandía en la primavera de 1944, donde habían encontrado otros grupos quienes, gracias a algunos agentes del SOE infiltrados, estaban preparándose para algo mucho más grande que estaba por llegar.
Thomas era quien hacía de enlace entre su grupo y el resto, por lo que Anne y Jean permanecían en la sombra sobre el resto de milicianos y sobre el enlace con los británicos.
Para ser sinceros, Anne tampoco albergaba el menor interés por conocer al enlace con la dirección de operaciones especiales.
Había salido a flote sin su ayuda cuando le volvieron la espalda y se habían mantenido con vida gracias a la enorme generosidad del pueblo francés y sus nuevos compañeros.
Sin embargo, no sentía rencor, ya no. Tan solo una infinita indiferencia.
Nunca les había dicho a Thomas y Jean que un día formó parte de esta organización, ni que había conocido al famoso Winston Churchill.
Aquello era parte de un pasado que no volvería.
Ellos nunca hicieron preguntas y así todo estaba bien.
Además, cuanto menos supieran menos podrían decir bajo tortura en caso de ser capturados.
Como todos los miembros de la resistencia, fueron debidamente informados de las consignas que debían esperar, y las frases que daban instrucciones en clave para atacar uno u otro objetivo.
Entre los mensajes que conseguían captar a través de la radio había señales inequívocas de que pronto se produciría un ataque al continente por parte de los aliados.
Cuándo o dónde, era imposible saberlo. Los aliados guardaban celosamente esa información para evitar que cayera en las manos equivocadas.
A pesar de la dureza de la situación, el ánimo de la resistencia, lejos de flaquear, había aumentado a lo largo de los años, al igual que lo había hecho su número de miembros.
El espíritu de la lucha estaba muy vivo en sus corazones y vivían alentados por el llamamiento del General De Gaulle el 18 de junio de 1940.
No se rendirían por una simple derrota, no perderían la esperanza y la llama de la resistencia no se apagaría.
Toda la resistencia francesa redobló aquella primavera los esfuerzos de sabotaje para dificultar las comunicaciones entre Francia y Alemania.
Hacía cuatro noches, gracias a la colaboración de la familia de granjeros que ahora les daban cobijo, habían escuchado Radio Londres, la cual emitía gracias a las antenas de la BBC en Europa.
El mensaje había sido claro, las primeras líneas del poema Chanson d’automne del escritor francés Paul Verlain se habían colado entre los confusos mensajes personales que precedían y cerraban cada emisión, indicando que una gran operación se avecinaba “ Les sanglots longs des violons de l’automne”
El mensaje se repitió al día siguiente, inalterado, y al siguiente, y aquella misma noche de igual modo. Esperaban con ansia la finalización de la frase y las instrucciones sobre las acciones que debían tomar.
El día amaneció nublado, la luz fue haciéndose cada vez más débil y las nubes comenzaron a descargar el agua acumulada a su paso por el océano Atlántico.
Ese día se dedicaron a hacer inventario de la pólvora y el material que les quedaba.
No era mucho, pero sería suficiente. Llevaban días estudiando el terreno y desde que escucharan los versos del poema la noche del 1 de junio habían decidido no gastar munición en pequeñas acciones y reservarlo hasta que la orden definitiva fuese dada.
Estudiaron el terreno y memorizaron cada carretera, cada camino y cada arbusto del entramado de vegetación que cercaba los campos y hacían del llamado bocage de Normandía un complicado terreno para avanzar.
Lo que suponía una ventaja defensiva era a su vez una dificultad añadida para avanzar pues era imposible saber si al otro lado del muro de árboles y arbustos habría algún control alemán.
El día pasó sin novedad. Por la noche, estaban de nuevo reunidos alrededor de la radio con la familia normanda.
Entre los ininteligibles mensajes personales, la noche del 5 de junio de 1944, la primera parte se entendió una vez más entre los mensajes “ Les sanglots longs des violons de l’automne.
Je repete” . Y entonces el final ansiado del poema se escuchó alto y claro a través de las ondas “ Blessent mon coeur d’une langeur monotone, je repete, blessent mon coeur d’une langeur monotone”.
La invasión comenzaría en cuarenta y ocho horas.
Se miraron con gravedad y a la vez con cierto brillo en los ojos, pero no emitieron ningún sonido, había que esperar instrucciones.
Y pocos segundos después las consignas llegaron.
“It is hot in Suez” – las instrucciones llegaban concisas mediante la voz del locutor de la BBC, esto quería decir que había que sabotear las vías férreas y los suministros alemanes.
Emocionados contuvieron el aliento unos instantes más mientras clavaban las uñas sobre la mesa – “The dice are on the table” – también los cables y líneas telefónicas.
Más mensajes confusos y después, solo silencio.
El matrimonio de granjeros les observó con detenimiento, Anne pensó que en los ojos de ambos había algo parecido a la ternura o la compasión, y deseó que tuvieran mucha suerte.
Él hizo un gesto indicándoles que esperasen y del fondo de un armario sacó cinco vasos y una botella de champán ¿Desde cuándo tendría aquello?
Todos se miraron sorprendidos y rieron por lo bajo.
Estaba claro que lo habían guardado para una ocasión especial y que tras cuatro años de padecimientos la ocasión había llegado.
Alzaron sus copas en silencio y brindaron por la libertad.
Se despidieron de ambos con un abrazo enérgico, agradecidos por la enorme hospitalidad que les habían brindado y los riesgos que habían tomado por ellos.