Un consulado en París Verano de 1942, Londres
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Verano de 1942, Londres

El timbre de la residencia de los Owen en Eaton Place sonaba estridente y sin descanso.

-           ¿Se puede saber quién llamaba con esa insistencia un fin de semana? – refunfuñó el ama de llaves desde la cocina.

Se alisó el delantal con las manos y subió las escaleras de servicio desde la despensa donde se encontraba haciendo inventario.

-            Buenas tardes caballero, ¿en qué puedo ayudarle? – se trataba un hombre de mediana edad, joven diría, de buena planta.

-            Vengo a ver al señor Owen.

-           Lo lamento mucho caballero, pero el señor ha salido y no sabría decirle cuándo va a volver. ¿Quiere que le deje algún recado?

-            No, no – se quedó pensativo unos instantes – ¿está la señora?

-            Sí, la señora si está. Espere aquí, voy a comprobar si puede recibirle. ¿Quién debería decirle que quiere verla?

-            Dígale que soy Simon Campbell.

-           Perfecto – aquel nombre no le decía nada. Llevaba años al servicio de los Owen y nunca había oído mencionarlo – pase y espere aquí en el recibidor hasta que yo vuelva.

Se perdió por el pasillo y Simon echó una ojeada a su alrededor.

No le había costado dar con las señas de los amigos de Anne, Hugh Owen era un personaje conocido en Whitehall.

Había ayudado a Anne una vez a saber del desaparecido Johann y le había desvelado quién era él mismo.

Hugh Owen le debía un favor por haber volado su coartada hasta asegurarse de que ella no era una espía como su marido.

Y esperaba cobrarse el favor esa misma tarde.

Bien a través de él o de su mujer. Igual daba.

Simon no se resignaba a aceptar que estuviera muerta.

Le habían dicho que no tenían noticias de ella, y que había desaparecido sin dejar rastro del lugar donde la habían ubicado tras lo de Múnich.

Pero no le habían dicho nada más. Desaparecida y muerta bien podían significar lo mismo, o no.

-           Pase – la criada regresó y le indicó hacia donde seguir. Simon le dio las gracias y enfiló el pasillo a la izquierda de la escalera hacia el jardín.

-           Estoy aquí – una voz femenina le llegó clara desde dentro del invernadero. Entró y la encontró arremangada cortando unas rosas blancas para hacer después esquejes.

-            Señora Owen – se quitó el sombrero – soy Simon Campbell.

-           Sé perfectamente quien es usted.

Lo que no esperaba era verle en mi casa.

Y por favor, llámeme Lilian – le observó unos instantes, no le sorprendió en absoluto que Anne se hubiera sentido atraída por aquel hombre.

Tenía algo, desprendía un aura de elegancia y misterio – es usted exactamente como Anne lo describió en sus cartas.

No pasó desapercibido para Lilian que Simon hacía una mueca de dolor al oír el nombre de su amiga.

-           ¿Cuál es el motivo de su visita señor Campbell?

¿Le importa que le llame Simon? ¿No estaba usted en París?

Con Anne - añadió. Lilian intuía que había demasiado que no sabía.

Hacía meses que no recibía cartas de Anne y tenía la certeza de que la visita de Simon estaba muy relacionada. No era una visita de cortesía.

-            Claro, llámeme Simon. Necesito información y creo que su marido podría ayudarme. Quizá usted también sepa algo más que yo.

-           Si me dice qué necesita veré qué puedo hacer por usted – se quitó los guantes y dejó las tijeras de podar sobre la tierra – pero antes de nada ¿Quiere tomar algo? – ofreció.

-            Solo un vaso de agua, muchas gracias.

A continuación, se sentaron en la mesa del jardín. El calor húmedo y pegajoso de aquel verano no estaba presente a la sombra de los altos castaños del jardín de los Owen. Era un pequeño oasis de calma.

-           Lilian. He venido a preguntarte, a contarte, que hace meses que no sé nada de Anne – a Simon le costaba hablar, tenía un nudo en la garganta – y me preguntaba, si quizá, ella se hubiera puesto en contacto contigo.

Aquello confirmaba las peores sospechas de Lilian. Llevaba meses preocupada, pero esperaba que de un momento a otro llegase carta. Siempre que comenzaba a preocuparse, la ansiada carta llegaba y su malestar se desvanecía al instante. Aquella vez se temía no llegaría.

-           No, la última vez que recibí una postal fue en diciembre del año pasado. Sí, en diciembre, justo antes de Navidad. No decía mucho pero para mí era suficiente, saber que está bien.

-           No me sirve… por entonces seguíamos en París – Simon sintió cómo las esperanzas que albergaba esa mañana al salir de su apartamento comenzaban a desvanecerse – ¿Nada desde diciembre? – insistió.

-           Nada – Lilian negó con la cabeza con tristeza – es curioso ¿sabes?

Cuando Johann y ella vivían en Londres nos veíamos todas las semanas.

Íbamos juntas a tomar un afternoon tea , a pasear por St. James's Park, era el favorito de Anne, decía que estaba todo desordenado y que las ardillas eran más simpáticas – los ojos se le empañaron y rápidamente se llevó un pañuelo para evitar llorar – yo prefería Regents, así que cuando no nos poníamos de acuerdo lo echábamos a suertes, ya ves qué absurdo.

-           Suena a algo que Anne haría – sonrió levemente – háblame más de ella por favor – le rogó. Si Lilian hablaba de ella, la sentía un poco más cerca, era fácil verla reír, pasear, beber una taza de té nada más servirla y quemarse la lengua.

-           Anne y yo nos conocemos desde que somos niñas, su padre y el mío habían servido juntos en la Gran Guerra.

El padre de Anne falleció pilotando su avión y mi padre le había prometido cuidar de su familia si algo le pasaba a él.

El padre de Anne le había prometido al mío lo mismo, pero era más simbólico que otra cosa – Simon asintió, era evidente que Lilian Owen, otrora Lilian Keynes, venía de una familia con buena posición, y Anne se había criado en una granja.

No le pasó desapercibido que Lilian hablaba en presente, no había dicho nos conocíamos sino nos conocemos.

Ella también albergaba esperanza. Estaba dispuesto a aferrarse a un clavo ardiendo para no darla por perdida.

-            Sigue por favor.

-           Anne y yo pasamos los veranos juntas en mi casa de campo en Cornualles.

Ella me enseñó a montar a caballo como en la granja.

Mi profesor de equitación se desesperaba cada vez que volvía a clase en septiembre.

Decía que había retrocedido dos cursos – rio enérgicamente soltando una alegre carcajada – eran los dos meses más felices del año te lo aseguro.

El resto de año yo volvía al internado femenino y Anne permanecía en la granja, ayudaba a su madre e iba a la escuela rural.

Él la escuchaba absorto. Anne le había hablado durante horas de la granja y de los acantilados del canal donde iba a ver amanecer y a leer durante horas cuando quería evadirse.

-           Los años pasaron y nos hicimos mayores.

Cuando llegó el momento mi padre ayudó a financiar la universidad para Anne mientras yo hacía un curso para señoritas ¿Irónico verdad?

Parece una contradicción. Mis padres pensaban que yo no tenía que preocuparme por nada más que cultivar mis habilidades de esposa y anfitriona.

Sin embargo, sabían que Anne y su madre podían perderlo todo en un mal año de cosecha y no tuvieron problema en financiar los estudios de Historia de Anne en la mejor universidad posible.

¿Sabes que fue a Oxford verdad? Se lo debía a su amigo.

A partir del segundo año obtuvo una beca por méritos.

Se sentía mejor si sabía que no le regalaban nada y mi padre dejó de pagar – típico de Anne, cabezota hasta para dejarse ayudar, pero había aceptado el dinero el primer año así que no era tan terca o tan tonta, al fin y al cabo.

Lilian calló y dio un sorbo a su limonada.

-            Muchas gracias por hablarme de ella – esos minutos habían sido como un soplo de aire fresco.

-           No sé exactamente qué clase de relación teníais  más allá de lo sentimental porque ella no me lo contó.

Deduzco que más por imposibilidad que por voluntad propia.

Solo quiero que sepas que sé que hay mucho más de lo que me contaba en sus cartas – Lilian era discreta pero no estúpida – y sin embargo aquí estás. Sin saber dónde se encuentra.

-           No puedo hablar de ello contigo, es confidencial... – se sentía algo miserable. Ella le había abierto la caja con sus recuerdos y él no podía contarle la totalidad de la verdadera naturaleza de su relación con Anne ni mucho menos cómo había acabado todo.

-           Lo entiendo, pero sospecho de qué va todo esto y no me gusta. Tendrás que hablar con Hugh si quieres tener alguna posibilidad de averiguar su paradero – la conversación se había enfriado y Simon entendió perfectamente que era momento de irse. No obstante, añadió:

-           Lilian, al principio no tenía intención en absoluto de tener una relación formal con Anne – sentía los ojos de Lilian sobre él, ahora entornados, se habían vuelto algo intimidantes – pero empezó a trabajar en el consulado, pasábamos muchas horas juntos y me enamoré de ella.

No sé cómo ocurrió. Simplemente pasó. Yo tengo, tenía, esposa – ya no sabía ni cómo catalogar su relación con Mei – y una vida con los cimientos muy sólidos.

Ella me trastocó los planes y no me arrepiento ni un ápice.

-           Y está claro que tú trastocaste los suyos. Te recuerdo que ella también tenía un marido que desapareció de repente y del cual mi propio esposo tampoco me cuenta nada, aunque sé de buena tinta que está al tanto. Y ahora mi mejor amiga está desaparecida por involucrarse en tus asuntos.

Simon sintió pena por Lilian Owen. Era una mujer capaz e inteligente y, sin embargo, como la inmensa mayoría de mujeres, estaba a un lado, en la sombra.

Un talento desperdiciado sin duda alguna.

Iba a decir algo más cuando Hugh Owen hizo su aparición por la puerta del jardín.

Bajó los escalones hasta el césped y besó a su esposa en la mejilla.

-           ¿Quién es nuestro invitado querida? – su rostro le resultaba vagamente familiar, pero no lograba recordar si se habían conocido antes, si solo había visto alguna fotografía o si realmente no lo conocía.

-            Hugh, te presento al señor Simon Campbell.

-           Vaya, vaya, qué grata visita – Hugh no ocultó su sorpresa. Le costó reconocerlo porque cuando había visto su fotografía en los archivos diplomáticos tenía un aspecto diferente, tenía menos arrugas, no llevaba barba y ciertamente no estaba tan delgado – ¿quiere pasar conmigo al salón?

-            Si a su esposa no le importa...

-            No – se adelantó ella – Simon, si averiguas algo escríbeme, me lo debéis, todos.

Entraron en la casa y tomaron asiento en butacas opuestas. Se estudiaron mutuamente con atención. Entre ellos no había secretos, al menos no respecto a qué se dedicaba cada uno y ello, sin embargo, lejos de rebajar la tensión, la agravaba. El aire se podía cortar con un cuchillo.

-           No me andaré con rodeos – comenzó Simon – sabes que Anne averiguó gracias a ti quién era yo.

Podría quejarme de que desvelases esa información confidencial a Anne y también podría llevarte ante un tribunal.

El mero hecho de que fuera tu amiga no lo hace menos grave – no había rencor en sus palabras, pero tenía su orgullo y no iba a dejar pasar la oportunidad de poner las cartas sobre la mesa, aunque fuera con dos años de retraso.

-           Lo sé. Lo que hice, lo hice sabiendo que me podía meter en un lío. Sopesé mis opciones y elegí. Como todos. ¿Qué necesitas?

-           Fuimos de misión a Alemania.

Yo volví en un avión inconsciente desde Suiza con una bala en el pulmón y Anne despareció del radar en un pueblo de los Pirineos.

Es todo lo que sé. El resto de la misión es irrelevante para ti – Hugh asintió comprendiendo la gravedad de la situación.

Anne se había involucrado en un juego peligroso.

-           ¿Tú la metiste en eso? – Simon vio claro que Hugh no estaba al tanto de que Anne fuera parte la dirección de operaciones especiales.

-           No la trates como si fuera una víctima. Ella es una mujer con plena capacidad de decisión. Ella sabía a lo que se enfrentaba. No salió bien, pero necesito saber si realmente está muerta – casi se ahogó en su propia angustia – tienes que averiguar algo. Me lo debes.

-           Joder Campbell – cerró el puño y dio un golpe sobre el reposabrazos cargado de frustración – tu departamento ya no da la información con la misma ligereza que antes, y no es que antes fuera fácil que digamos, que conste. No sé si voy a conseguir que me digan algo.

-           Haz lo que puedas, yo he llamado a antiguos colegas pero nadie me dice nada.

Mei está feliz de que vivamos juntos de nuevo y ella afirma que Anne está muerta.

Estoy apartado del servicio probablemente hasta el final de la guerra – estaba profundamente dolido – me jugué la vida para traer algo vital y ahora me tienen en mi casa, en zapatillas, leyendo periódicos alemanes buscando potenciales comunicaciones en clave. Con lo que yo he sido….

-            ¿Cuál ha sido el motivo para apartarte del servicio más activo? – Hugh escuchaba con atención.

-            Dicen que fue irresponsable llevarme a Anne a Suiza y que mi pulmón está muy débil.

-            No les quito razón – interrumpió.

-           Y sin embargo no fue idea mía, pero siempre necesitan una cabeza de turco.

Dicen que nos expusimos demasiado, que si hubiéramos caído en manos de los alemanes nos hubieran torturado hasta sacarnos la última gota de información sobre los equipos en Suiza, en Madrid y en París. Y especialmente en Londres.

-           No lo justifico, pero de esto va este trabajo ¿no? Ella no, pero tú sabes mucho más que un agente corriente ¿verdad?

-           Sí, pero eso no lo justifica todo. Es muy frustrante – Simon se dejó caer sobre el sillón. Hugh le ofreció un habano.

Fumaron en silencio, paladeando el sabor del puro, que se mezclaba con el mismo gusto amargo que a ambos les había dejado su reciente conversación.