Primavera de 1942, en algún lugar de los Pirineos
Los prados habían comenzado a reverdecer en el Pirineo francés.
Las abundantes lluvias habían hecho brotar las flores y ahora las montañas se vestían de mil colores diferentes.
Las vacas y los caballos pastaban apaciblemente y los primeros potrillos y terneros comenzaban a nacer.
Anne los veía saltar y hacer cabriolas durante sus escasos paseos.
No quería alejarse demasiado, por si venían a por ella o llegaba alguna carta.
Los pájaros trinaban alegres en su ventana por las mañanas y pensaba que en la ironía que suponía ver a los pájaros volar libres mientras ella permanecía allí encerrada.
Anne había visto acabar el invierno desde la ventana de la modesta pensión donde la habían dejado unos colaboradores de Shaw. Sin más equipaje que lo puesto y un buen fajo de francos franceses había pedido la habitación más barata que pudieran ofrecerle.
- ¿Se va a quedar mucho? – le había preguntado el encargado la noche que llegó.
- Espero que no – la había mirado con extrañeza y levantado las cejas como si pidiera una aclaración – oh no me malinterprete, por favor, estoy esperando a alguien y no sé cuánto va a tardar en llegar.
- Bien, no se preocupe, aquí estará bien – Anne estaba segura de que aquel amable señor pensaba que se había escapado de casa y que esperaba a su novio para fugarse juntos.
Le habían prometido que pronto tendría noticias.
Sin embargo, llevaba más de dos meses aguardando en balde.
Había patrullas alemanas cerca y aunque no hecho nada para llamar su atención, temía que en cualquier momento pudieran entrar y detenerla.
Nadie se enteraría y si los rumores eran ciertos, se pudriría en un campo de concentración para mujeres.
En el cielo vio como comenzaban a formarse nubes de tormenta, venían del norte.
En cuestión de minutos todo estaba encapotado, de color gris, y comenzaba a descargar una lluvia fina.
Se sentó sobre el poyete de la ventana y apoyó la cabeza sobre la piedra, cerró los ojos y ya estaba muy lejos de allí.