Primavera de 1942, Londres
En el exterior la lluvia arreciaba. Golpeaba los cristales con violencia.
Dentro de la gris habitación, tendido sobre la cama que componía el único mobiliario de la estancia Simon respiraba pesadamente.
La operación había salido bien y la bala había sido extraída limpiamente, no quedaban restos de metralla en su cuerpo y la infección había desaparecido casi por completo.
Y, sin embargo, hacía semanas que yacía inconsciente, sin hacer siquiera amago de despertar.
En el pasillo, una Mei muy seria hablaba en voz baja con el médico de los servicios secretos que había realizado la intervención. La habían avisado cuando la operación había pasado por ser el único familiar que le quedaba vivo, por deferencia a él y sus servicios prestados.
A pesar de que él había tomado un camino muy distinto al que ella hubiera elegido, todavía estaban casados y aún le tenía cariño. El amor por Simon se había tornado más fraternal que conyugal, aunque ello no le restaba ni un ápice de preocupación.
- ¿Va a despertarse? – la angustia de Mei Ling era patente aunque ella se empeñara en disimularlo.
- Es pronto para asegurar nada, dale tiempo – el doctor medía sus palabras.
- ¿Pronto? Llevamos semanas esperando un cambio que no llega. James por favor, sé honesto. Nos conocemos desde hace años.
- Mei – bajó la voz aún más – parece que Simon no tuviera ganas de vivir.
Después de un trauma así hay que esperar a que el paciente reúna la fuerza vital que le impulse a despertar.
Todo está bien a nivel fisiológico, no hay nada roto si me explico.
El corazón late, los pulmones están limpios y aunque uno de ellos ha quedado dañado de por vida no le impediría llevar una vida normal.
- ¿Cómo? No entiendo nada. ¿Por qué no iba a querer despertar? – y agregó – ¿Una vida normal? Sabes que no ha llevado una vida normal desde hace dos décadas.
- Ya me entiendes, quizá tenga que retirarse o acomodarse en un despacho. Ya no está para correr ni para sofocos. Y de lo otro... – le costaba explicarlo porque ni él tenía una explicación científica – no se puede saber lo que pasa por su mente, ni siquiera él es realmente consciente.
- ¿Y entonces? – levantó las cejas esperando una respuesta menos ambigua.
- Entonces esperamos – le dio una palmadita de ánimo en la espalda y se alejó por el pasillo hojeando distraídamente el archivador con las historias clínicas del resto de pacientes.
Se quedó sola. Cruzó los brazos infundiéndose ánimos a sí misma y miró por el ventanuco de la puerta dentro de la habitación.
¿Cómo habría acabado Simon con una bala en el pulmón?
Nadie le había dado detalles. Había tocado todas las puertas posibles pero la información estaba clasificada.
Había buscado entre las pertenencias de Simon, que eran escasas, y tampoco había encontrado nada de relevancia.
Se habían encargado de limpiarlo. Fuera lo que fuera que estuviera haciendo debía haber resultado importante para el gobierno.
¿Había estado ella con él? Tampoco había podido obtener información al respecto, y decidió tomar el silencio como una respuesta positiva.
"El que calla otorga" pensó cuando salió del último despacho que visitara.
Culpaba a Anne Adler de todo lo que había pasado.
De haber apartado a Simon de ella, de si Simon moría e incluso de la maldita guerra.
Si ella y su marido no se hubieran cruzado en su camino, ahora no se debatiría entre la vida y la muerte.
La culpa era suya, solo suya. No era de quién hubiera apretado aquel gatillo, no le importaba quien hubiera sido.
Si Simon moría ella se encargaría de vengar su muerte, aunque eso la llevase a un consejo de guerra.
Mei Ling había sido siempre una mujer fría y objetiva, pero la idea de perder a su único amigo, al que había elegido como compañero de vida, le nublaba el pensamiento.
Las semanas siguientes pasaron sin novedad.
Con enorme abnegación, Mei, trabajaba en el edificio de los servicios secretos en el centro de Londres por las mañanas y por las tardes iba al hospital a hacer compañía toda la noche a un inconsciente Simon que seguía sin mostrar signo alguno de querer despertar.
Lo único que le infundía esperanza era la paz de su rostro.
No sufría. Se levantaba todos los días al alba con un dolor terrible de espalda por haber dormido en el butacón.
No le importaba. De vez en cuando le acariciaba los brazos, las manos, la cara, el pelo y recordaba cómo eran las noches cuando eran solo ellos dos.
Un escalofrío le recorría el cuerpo y cerraba los ojos volviendo una y otra vez a esos momentos.
Era una forma absurda de torturarse pero era lo único que la conectaba con Simon, recuerdos, recuerdos y más recuerdos.
También se acordaba de sus misiones juntos, especialmente en Oriente Medio, donde habían pasado varios años asegurando el control del Reino Unido sobre los señores tribales para garantizar el acceso a los pozos de petróleo.
Habían tenido una buena vida juntos, no se arrepentía de nada.
Tan solo quizá de haber dado por sentado que lo que tenían era para siempre.
Una noche, ya entrada la madrugada, Mei era incapaz de conciliar el sueño, había sido un día muy largo.
Habían perdido a varios agentes en una redada en Varsovia.
Un soplo de un desconocido y su célula más fructífera en el país se fue al traste.
El trabajo de dos años arruinado en un segundo.
Uno de los miembros del equipo había podido huir y fue quien dio la voz de alarmar a Londres.
Mei había pasado todo el día y parte de la noche organizando su salida del país.
Viajaría al Reino Unido hasta que el SOE decidiera cómo reorganizarlos.
Los otros dos polacos habían sido cazados como moscas por la policía nazi.
Uno de ellos había sido asesinado a sangre fría, y al segundo lo tendrían detenido, con los grilletes puestos en condiciones inhumanas en el cuartel de la Gestapo en Varsovia.
Sinceramente, lo mejor era que intentase suicidarse antes de desvelar ningún secreto.
Era un sacrificio enorme el que les pedían.
Era mucho más grande que ellos. Una vida o dos no eran nada comparados con la causa mayor, el triunfo de la democracia y la libertad.
Así se lo habían inculcado y así pensaría toda la vida.
Un pequeño suspiro y una sutil bocanada de aire ahogada sacaron a Mei de golpe de sus propios pensamientos.
Miró fijamente a Simon, pero todo estaba igual.
Respiraba tan pausadamente como en los últimos dos meses.
Estaba ya casi convencida de que se lo había imaginado cuando los párpados de Simon comenzaron a temblar levemente haciendo un esfuerzo por abrirse.
Se sentó de un salto en un lateral de la cama y le tomó la mano.
Abrió los ojos y despegó los labios para decir algo, pero no salió sonido audible de su garganta.
- Shhhhh no pasa nada, no pasa nada estoy aquí. Voy a avisar a un médico – salió corriendo y sin importarle la hora gritó por el pasillo – ¡Un médico por favor! ¡Enfermera! ¡Enfermera!
Una mujer apareció corriendo en el otro lado del largo pasillo colocándose la cofia por el camino.
- ¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esas voces? – estaba claro que lo último que esperaba la enfermera esa noche eran sobresaltos. En general, aquel hospital, era un lugar tranquilo, para largas convalecencias.
- Ha despertado. Mi marido ha despertado – al principio se sintió rara pronunciando aquellas palabras en voz alta, lo repitió para sí misma saboreando cada sílaba – mi... marido... ha... despertado...
- Vamos a ver – entró primero la enfermera y seguidamente Mei pisándole los talones.
Observaba por encima del hombro cada movimiento de la rechoncha pero ágil sanitaria – veamos, joven, ¿cómo se encuentra?
Se nota que está aún muy débil. No hable, solo parpadee una vez si la respuesta es sí, dos veces si la respuesta es no. ¿Lo ha comprendido?
Simon parpadeó lentamente una sola vez.
- Bien. ¿Le duele algo? – un parpadeo, después otro – estupendo, ¿tiene sed? – un solo parpadeo – muy bien, muy bien, le traeré un vaso de agua – se giró hacia Mei – ayúdelo a beber, pero muy despacio ¿entendido? muy muy despacio.
La mujer se marchó y segundos después volvía con un vaso de agua fresca entre las manos. Se lo dio a Mei y le advirtió de nuevo:
- Si pasa cualquier cosa me avisa, por pequeña que le parezca. Estos primeros momentos son cruciales – y salió por la puerta de camino al despacho para actualizar el informe médico.
Mei colocó delicadamente su mano tras la nuca de Simon para evitar que se ahogara al beber agua y le puso el vaso sobre los labios.
Primero le humedeció los labios, después le dio un sorbito corto, y otro a continuación.
Tragaba con dificultad. Una vez hubo casi terminado el vaso, le recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó en el filo de la cama sin soltarle la mano.
Entonces él hizo amago de hablar. Mei acercó su oreja a los labios de él.
En un susurro, apenas audible, solo un nombre:
- Anne – Mei logró a duras penas disimular la rabia que sentía en aquel momento. Había pasado allí semanas, desvelándose, y el muy ingrato tenía la osadía de preguntarle por ella. Las primeras palabras en meses eran su nombre.
- Anne está muerta Simon – la mentira salió de su boca de forma natural.
Simon no dijo nada, giró la cabeza sobre la almohada con la mirada perdida en el vacío.
Una gruesa lágrima rodó por su nariz. Mei se levantó de la cama, cogió su bolso y salió de la estancia dejando a Simon pasar la noche solo por primera vez desde que entrara en el coma.
No se arrepentía en absoluto de sus palabras.
Es más, deseaba que sus fueran verdad. Le resultaba reconfortante pensar que estaba en lo cierto.
Simon podía guardar luto y lamentar la muerte de Anne Adler el tiempo que quisiera.
Buscarla podría costarle la vida y el SOE le necesitaba vivo y listo para volver a prestar servicio.