Febrero de 1942 – Anne #5
- Victoria – Simon sonrió débilmente y para desesperación de Anne, volvió a caer en un estado de semiinconsciencia. Tenía que verlo un médico en un hospital. Simon no estaba en condiciones de viajar pero tampoco podía esperar de brazos cruzados a verlo morir. Entonces tuvo una idea.
- Hans ¿a cuánto está el pueblo más cercano?
- Unos diez kilómetros por el camino de detrás del establo. ¿Por qué lo preguntas?
- Porque quizá tenga la forma de sacar a Simon de aquí, con vida. ¿Sabes si hay algún teléfono público?
- Quizá, quiero pensar que sí.
- Si no, una oficina de correos para enviar un telegrama.
- Eso seguro que sí.
A la mañana siguiente, con Simon inconsciente desde la noche anterior Anne fue al pueblo acompañada de Hans.
No tuvo éxito con el teléfono. Hubiera sido la opción más rápida y más segura, tendría que conformarse con enviar un telegrama a la sede de la oficina de Shaw.
Utilizando el código de cifrado que había memorizado y que era común a todos los agentes para facilitar las cosas, hizo saber que Simon estaba herido de gravedad y que necesitaba una evacuación urgente.
La respuesta llegó al día siguiente como una bendición.
La Cruz Roja suiza acudiría en ayuda de un ilustre ciudadano suizo con el beneplácito del consulado general de Alemania en Ginebra.
Hans se ofreció a quedarse en el pueblo hasta que llegase la ayuda.
Esa misma noche la ambulancia hacía su entrada en la plaza del pueblo.
Hans se presentó y los condujo hasta la casa del bosque.
Los enfermeros no hicieron preguntas, cogieron a Simon y lo montaron en una camilla.
Anne les mostró los pasaportes para reafirmar su coartada.
En la parte trasera y agarraba la mano de Simon con fuerza.
Se despidió de aquella valiente familia alemana moviendo enérgicamente el brazo y les deseó lo mejor.
Uno de los enfermeros había retirado el vendaje del torso de Simon y palpaba la herida. No se había cerrado correctamente y supuraba.
- En el informe que nos pasaron nos dijeron que había sido herido por una bala mientras cazaba.
Anne asintió sin demasiado entusiasmo. Si le pedían describir cómo había sido el impacto tendría que mentir, y no era buena idea pues ella no había cazado nunca y lo más probable es que les pusiera en un aprieto mayor de en el que ya estaban.
El enfermero enarcó una ceja y clavó su mirada en ella.
Fue suficiente para hacer saber a Anne que era plenamente consciente de que habían mentido.
- La bala sigue ahí – fue lo único que dijo.
Anne apoyó su mano sobre la del enfermero que ya trabajaba en volver a poner el vendaje tras limpiar la herida y le dio las gracias moviendo los labios.
El trayecto fue muy tenso, tenía miedo de cada coche con el que se cruzaban, de cada haz de luz que se colaba por las ventanas.
La distancia con la frontera no era muy grande, pero el vehículo avanzaba con una lentitud exasperante.
Cualquier impacto podía ser letal para Simon y habían llegado demasiado lejos como para fallar ahora. Parecía que el tiempo iba hacia atrás.
- Estamos en Suiza – informó el conductor y Anne se mordió el labio de emoción.
- Pronto estarás en casa. Aguanta un poco más, solo un poco más – reclinada sobre la camilla, Anne le susurraba dulces palabras al oído y por un momento le pareció que él sonreía.
Shaw les esperaba en la puerta del hospital general de Ginebra con cara de circunstancias.
Se quedó aterrorizado al ver el aspecto que presentaba Anne.
Tenía magulladuras en la cara que trataba torpemente de ocultar con algunos mechones de pelo.
Anne se aproximó y se situó a su lado sin decir nada.
Observaron en silencio como ingresaban a un moribundo Simon.
- Hemos hecho lo que hemos podido, tan rápido como hemos podido. Esperemos sea suficiente – Shaw habló con gravedad – quieren que vuelva a Inglaterra. El transporte será mañana vía aérea.
- ¿Pero? ¿Cómo?
- Eso son detalles de los que tú no tienes que preocuparte. Tú regresarás a Francia, te asignarán una nueva célula. No hay más que hablar. Ya hemos hecho bastante.
No sabía qué decir. No esperaba aquel desenlace.
Después de todo el esfuerzo, de que casi los matan a ambos, era desconcertante que se lo arrebataban así, sin más.
Ella era su compañera, no hablaba ya de amor, era su compañera de equipo ¿Por qué no podía recuperarse allí?
¿O por qué no podía viajar ella a Inglaterra con él?
Ella esperaría y volverían a trabajar juntos. Pero las órdenes eran órdenes.
Se internó en el hospital y estuvo toda la noche sentada en una silla junto a la cama de Simon.
No había recuperado la consciencia, pero su rostro no reflejaba sufrimiento.
Sacó de su abrigo la pequeña libreta de cuero y la escondió entre los pliegues del vendaje de Simon, en uno de los costados.
Era el mejor escondite que se le ocurría, pues estaba claro que tan pronto llegara a Inglaterra sus superiores requisarían sus pertenencias.
O si la encontraban los médicos esperaba que su código ético les hiciera guardarla y entregársela de vuelta.
Antes de que los primeros rayos de sol hubieran despuntado, entre sacas de correo Simon despegaba de un pequeño aeródromo suizo destino Londres. Miró al cielo por última vez, y sintió que aquella madrugada un pedazo de su alma se perdía entre las nubes.