Un consulado en París Febrero de 1942 – Anne #4
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Febrero de 1942 – Anne #4

-           Tranquilo, bonito, tranquilo. Somos nosotros – desató las riendas del poste y lo sacó del granero. Gunter había esperado fuera y ya tenía el carro preparado. Lo engancharon, empujaron las varas de madera hacia abajo para comprobar que estaba bien sujeto y subieron al pescante.

-            ¡Arre! ¡Arre!

A las afueras del pueblo vieron un control, parecían hombres a pie, la luz de la luna iluminaba claramente el camino. Se giraron en dirección a donde venía el carro, uno de ellos se puso en medio del camino y con el brazo extendido hacia delante y la palma hacia arriba les indicó que parasen.

-            Halt! Halt!

No podían retroceder, pero tampoco podían pararse. La hora del toque de queda había pasado ya. Se miraron un momento, asintieron. Anne se agarró con fuerza al asiento y Gunter azuzó al caballo.

El guardia comprendió que no iban a detenerse, estaban muy cerca, saltó hacia el borde del camino y rodó. Los disparos silbaban en el aire. El compañero del control debía haber sacado su arma y no estaba dispuesto a dejarlos escapar.

-           Santa María, madre de Dios, protégenos – Anne rezaba a toda velocidad mientras Gunter seguía azuzando al animal. Esperaba no estar abusando de la ayuda de los santos aquel viaje.

Tomaron un desvío y decidieron solo transitar por caminos secundarios del bosque.

Anne oía a los lobos aullar y se le ponía la piel de gallina.

La vuelta a la casa se le hizo eterna. Cuando por fin divisaron el claro estaban agotados.

Se apearon a toda prisa y guardaron el carro en el cobertizo y al caballo en el establo.

Gunter palmeó el cuello del animal y le habló.

Anne no entendió nada pero sonaba cariñoso.

Entraron tratando de no despertar a Hans y Liesl pero fue en balde. Ambos, que habían oído el traqueteo de las ruidas, corrieron a toda prisa a su encuentro.

-            ¿Qué hacéis aquí? ¡Y con esa cara! – Liesl tomó la mano de Anne – ¡Estás congelada! ¡Y estás sangrando!

-           No no, no os preocupéis, no es mía – miró a Hans – tenemos mucho que contaros. Iba a empezar cuando Liesl la interrumpió de nuevo.

-            Hay sangre ahí – señaló su brazo derecho.

Anne dirigió lentamente la vista hacia su hombro y se dio cuenta de que tenía razón.

La manga blanca de la camisa estaba empapada.

Liesl cortó hábilmente el trozo de tela a la altura del hombro dejando a la vista la herida.

Una de las balas de aquel guardia del control debía haberla alcanzado.

Sin embargo, había tenido suerte, la bala no había quedado incrustada en la piel, sino que había pasado por el lateral, abriendo un gran surco en la carne.

Liesl realizó un torniquete preventivo mientras limpiaba la herida.

Cogió una botella de vodka del aparador.

Le dio a Anne un pañuelo para morder y vertió un chorro.

Anne abrió mucho los ojos y apretó los dientes.

Terminó de limpiarla, coserla y le vendó la herida.

Mientras, Hans había avivado el fuego, del que aún quedaban las brasas. Les llevaron unas mantas para que abrigasen y entrasen en calor y les hicieron un gesto indicándoles que hablarían al día siguiente.

-            Gracias, muchas gracias.

Tenían las manos y los pies agarrotados, les dolían solo con intentar moverlos.

A medida que entraban en calor, notaron un leve cosquilleo producido por la sangre que se abría paso con fuerza en sus arterias llevando la circulación a sus entumecidas extremidades.

Gunter le ofreció otro trago de vodka y Anne lo aceptó sin rechistar aunque realmente hubiera preferido algo sólido.

Por unos segundos dejó vagar su mente a cientos de kilómetros de allí, hasta la boulangerie del toldo rojo de Montmartre, donde tantas mañanas de domingo habían pedido croissants recién hechos y se habían sentado a disfrutarlos junto con un café-crème.

Se le hizo la boca agua. Gunter se disculpó y se retiró a su catre para dormir.

-           Gunter, gracias – él le dedicó una leve sonrisa.

Anne se quedó despierta con la mirada fija en el fuego, a solas con sus pensamientos y con el sonido del crepitar de las llamas. Estaba segura de que no podría dormir aquella noche. Había sufrido tanto en los últimos días que temía las pesadillas.

Fue a ver a Simon, y se recostó a su lado, casi al filo de la cama.

Su respiración seguía siendo débil, apenas salía un hilo de aire de sus labios, pero respiraba, y eso era lo único importante.

Pensó que el odio de Johann por Simon y su deseo de venganza era precisamente lo que le había salvado.

Su odio le había vuelto vulnerable. De haberlo entregado a sus superiores, ahora Simon estaría siendo torturado, pudriéndose en una celda, en un campo de trabajo, o peor, muerto.

Pero su ego le había llevado a actuar como un lobo solitario, sin recordar que los lobos cazan mejor en manada.

Apoyó su mano sobre el pecho de Simon, sentía los latidos de su corazón, pum pum…

pum pum… Luchó contra el sueño pero finalmente perdió la batalla contra Morfeo.

Despertó con el trinar de los pájaros. Abrió los ojos y se sorprendió, no había soñado nada.

Aún era temprano, se sentó sobre la cama y observó que tenía magulladuras por todo el cuerpo.

Se llevó la mano al vendaje del hombro, le dolía, pero podía soportarlo.

Había nevado toda la noche y la capa blanca se había vuelto más alta y más espesa.

Salió y respiró el aire invernal llenando con fuerza los pulmones.

Escuchó sonidos de golpes procedentes del cobertizo.

Se asomó con discreción. Sobre un tocón, Hans partía leña con la destreza de quién lleva años haciéndolo.

Las mitades caían a los lados del tronco tras los precisos y certeros hachazos.

No le dio tiempo a saludarle ya que Hans la vio primero.

Le indicó que pasara. Anne tomó asiento sobre la paja, a una distancia prudencial.

-           ¿Cómo estás? – su voz denotaba que no era una pregunta de cortesía, sino que quería saber genuinamente qué rondaba por su mente.

-           No lo sé, han pasado muchas cosas en apenas dos días.

He perdido definitivamente a alguien, todavía no sé si voy a perder a Simon – dejó caer los brazos en señal de derrota – me siento impotente, confusa, no sé qué o quién soy.

¿Acaso he perdido toda la humanidad que me quedaba?

He matado a un hombre y no he sentido nada.

Hans dejó el hacha a un lado y acercó un tocón para sentarse junto a Anne. Le habló con dulzura, procurando aportar algo de consuelo a su joven alma. En apenas tres años aquella criatura había experimentado más crueldad que muchos en toda una vida.

-           No te puedes rendir ahora. Hija mía la guerra es como un espejo, te pone frente a ti mismo, lo quieras o no, no es una elección que tomes.

No puedes culparte por lo que ves, por lo que eres, o por quiénes son los demás.

Es algo que simplemente ocurre. Es entonces, cuando estás frente a frente con tu verdadero yo, ves quién eres en realidad.

Algunas personas no lo soportan y se vuelven locas.

A la vuelta de la Gran Guerra muchos de mis compañeros no pudieron ya soportarse a sí mismos y prefirieron dejar este mundo – Hans hizo una pausa, sus ojos reflejaron una tristeza infinita – hombres que estaban convencidos, en lo más profundo de su corazón de que eran buenas personas, descubrían que dentro de sí mismos había maldad.

La maldad que a veces se necesita para sobrevivir, matar o morir, a veces no hay otra elección.

Otros hombres, orgullosos y altaneros, refugiados toda la vida en su soberbia, convencidos de que eran mejores que los demás por méritos, descubrían que podían sentir compasión por otros más débiles que ellos. No te juzgues con tanta dureza.

Dos gruesas lágrimas de agradecimiento rodaron por sus mejillas dejando dos surcos.

Aquellas palabras habían sido como un bálsamo.

Entre sollozos e hipidos le contó a Hans lo que había ocurrido en la posada mientras esperaba a Simon, el encierro en el bosque, la escena en el claro.

Cuando lo hubo soltado todo, sintió que una extraña sensación de paz la inundaba.

Hablar de todo aquello con aquel desconocido que le había abierto las puertas de su casa había sido como una catarsis, se sentía liberada, capaz de enfrentar lo que le había ocurrido.

Sería un camino largo, pero ese era el primer paso.

Cuando entraron de nuevo a la casa Liesl estaba emocionada, cogió a Anne de las manos y la miró con dulzura.

-           ¿Ha despertado? –  ella asintió. Anne pestañeó varias veces y se pellizcó el brazo. La anciana la empujó para que fuera deprisa a verlo.

Se asomó y tras la cortina Simon estaba ligeramente incorporado, la manta a la altura de la cintura, el torso desnudo y una sonrisa cansada. Sus ojos brillaron cuando la vieron.

-            Anne… – su voz era débil pero se emocionó al volver a oír su nombre en los labios de Simon.

-           Simon – y tuvo que contenerse para no aplastarlo con su abrazo. Le llenó la cara de besos, tomó sus manos entre las suyas y se las llevaba al rostro como si aquello fuera un sueño y fuera a desaparecer en cualquier instante – ¿cómo estás?

-            Vivo – eran las mismas palabras que ella había utilizado cuando despertó hacía dos días.

Anne se sentó a los pies de la cama. Simon hacía unos esfuerzos titánicos por permanecer consciente. La herida le dolía como si le presionasen el pulmón. Con torpeza, Simon tomó su cabeza entre sus manos y le dio un suave beso en los labios.

-            Le dijiste a Churchill que tu apellido era Collins – dijo con la voz entrecortada – Anne V. Collins ¿V?