Febrero de 1942 – Anne #3
Se secó las manos con el delantal y les indicó que la siguieran.
Si había reconocido a Anne no dio muestras de que así fuera.
Les dio una habitación en el primer piso.
Como era de esperar solo había una cama de matrimonio.
No obstante, Gunter se ofreció a dormir en el suelo.
Anne no se habría atrevido a pedírselo, aunque agradeció el gesto.
Se asearon y a las cinco bajaron al comedor para la cena. Anne escudriñó con la vista el salón y fijó la mirada en unos oficiales del ejército alemán, vestían traje gris y las condecoraciones colgaban del pecho. Instintivamente agarró más fuerte el brazo de Gunter.
- Shhh, keine Angst – sabía que aquello significaba que no debía preocuparse.
Ahora era una respetable mujer alemana. Lo más importante era aparentar normalidad.
Aun así, se arrepentía de no haber prestado más atención a las clases de alemán con Simon durante los meses del drôle de guèrre .
Pero el alemán se le había antojado siempre un idioma tosco, incomparable a la melodiosa lengua de Molière.
Eligieron una mesa al fondo cerca de la ventana, ni muy escondida ni muy expuesta.
La camarera se acercó y Gunter pidió dos cervezas para beber y dos platos de schnitzel para comer.
El fuego crepitaba en la enorme chimenea y mantenía la estancia a una agradable temperatura.
La cerveza corría a raudales en jarras de litro.
Había una gran animación, e incluso uno de los grupos de jóvenes bávaros se arrancó a cantar.
Anne calculó que debían rondar los dieciséis o diecisiete años.
Los observaba divertida, no eran tan diferentes de los chicos ingleses.
Todos tenían las inquietudes propias de su edad, beber, ir a la feria y salir con chicas.
Gunter pidió otra cerveza. Ella declinó, quería tener la mente despejada a la mañana siguiente.
La velada avanzaba y el ambiente del salón cada vez estaba más cargado.
Los hombres bebían sin descanso y hablaban a gritos.
Gunter se había girado y charlaba animadamente con un par de ancianos que contaban batallas de su juventud.
Sintió que le iba a explotar la cabeza y un sentimiento de urgencia se apoderó de ella.
No pudo contener los nervios. No podía esperar a la mañana siguiente.
Si por cualquier motivo el plan fracasaba, no tendrían una segunda oportunidad y se verían obligados a empezar de cero.
Se escabulló y subió las escaleras que llevaban al segundo piso.
Crujían a su paso, y parecía que cuanto más sigilosa quería ser, más ruido hacía la madera bajo sus pies.
Caminó de puntillas por el pasillo hasta su antigua habitación.
Apoyó la oreja contra la puerta. No parecía haber nadie.
Notó como se aceleraba su respiración. Tocó a la puerta con los nudillos para asegurarse.
Si abrían desde dentro fingiría estar bebida y se marcharía por donde había venido.
Esperó cinco segundos, diez, quince, nada.
Asió fuerte el picaporte y lo empujó hacia abajo.
La puerta cedió con un chirrido. Hizo una mueca con los dientes apretados.
Entró a toda prisa y cerró con cuidado. Parpadeó varias veces dejando que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad.
Sólo tenía la luz de las estrellas que se colaba por la ventana.
No podía arriesgarse a encender la bombilla.
Cuando sus ojos pudieron ver suficientemente bien echó un vistazo rápido a su alrededor.
La cama estaba sin hacer, y todo parecía muy desordenado aunque estaba claro que habían repuesto el mobiliario destrozado.
Se agachó por el lado de la cama opuesto a la entrada para controlar si hubiera movimiento.
Tanteó el suelo con las manos hasta encontrar la tablilla.
De pronto escuchó unos pasos que se acercaban, vio la sombra de los pies a través de la rendija.
Anne vio como el picaporte bajaba. Se metió debajo de la cama y contuvo la respiración.
La puerta se abrió y un par de botas negras llenas de barro entraron en la habitación.
Rezó porque estuviera borracho y no se percatase de su presencia.
Agudizó el oído y escuchó sonido de hebillas, acto seguido los pantalones del desconocido cayeron al suelo quedando a la altura de sus ojos.
Reconoció que era uno de los hombres de uniforme que había visto en las mesas del comedor.
Recordó lo ocurrido hacía días. Sintió miedo y tuvo ganas de llorar.
Se contuvo. El soldado entró al aseo y abrió el grifo de la ducha, entró y Anne vio la oportunidad perfecta para recoger sus cosas y marcharse.
Haciendo un esfuerzo sacó la documentación de debajo de la tablilla.
Tocó algo más, parecía en efecto una libreta.
Se metió la documentación bajo el corsé del dirndl. Y de pronto:
- Aaaaaaaah – el desconocido había rodeado la cama y la sacó arrastrándola por los pies.
Anne pataleó con rabia y pudo darse la vuelta. Boca arriba en el suelo lanzó una patada al aire, que tuvo la suerte de ir a parar a las rodillas del extraño. Él la levantó con violencia.
- ¡Ladrona! ¿Qué haces aquí? – Anne salió despedida hacia la esquina contraria de la habitación. Aterrizó de un golpe seco sobre su espalda y sintió un dolor intenso en las lumbares.
Anne miraba a todas partes buscando una salida, una opción, su cerebro funcionaba a toda velocidad.
Entonces lo vio, un jarrón lleno de flores estaba en el alféizar de la ventana, por encima de su cabeza.
Hizo un enorme esfuerzo para estirar el brazo desde el suelo y cuando se abalanzó sobre ella, Anne agarró el jarrón y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la cabeza del alemán.
El cuerpo de él se desplomó pesado y la sangre comenzó a chorrear por su cráneo.
Anne lo empujó para echarlo a un lado. Se levantó terriblemente dolorida.
Palpó el centro del corsé y respiró con alivio ¿Qué haría ahora? Solo era cuestión de tiempo que encontrasen el cuerpo y entonces lo más probable es que no dejaran salir a nadie de la posada hasta esclarecer lo ocurrido.
Temblando le tomó el pulso. Nada. Estaba muerto.
No sintió pena. Estaba en guerra, y en la guerra, o matas o te matan.
Necesitaba ganar tiempo. Se puso en pie y cogió el cuerpo inerte por las axilas.
Gruñó, pasaba demasiado para ella. Tenía calambres en los brazos como si mil alfileres se le clavaran al mismo tiempo.
Se concentró, uno, dos, tres, cada pasito hacia la cama era uno menos.
El cuerpo cayó a plomo sobre el colchón.
Anne le agarró de las piernas desnudas y las subió.
Retiró la colcha tirando con fuerza por debajo del cuerpo y se la echó por encima.
Venciendo el asco que sentía, le cerró los ojos que miraban al vacío y le giró la cabeza de modo que la herida quedaba oculta sobre la almohada.
Lo descubrirían por la mañana pero ello les daría un poco más de margen.
- Bien – se dijo para sí. Contempló su obra satisfecha y se sacudió las manos.
Cogió una camiseta que había colgada de la puerta, la extendió en el suelo y colocó sobre ella los trozos del jarrón que había quedado hecho añicos.
Lo cerró como si de un atillo se tratase y lo empujó con el pie bajo la cama.
Se llevó las manos al pelo. La mitad de los mechones estaban fuera del peinado, debía tener un aspecto horrible.
Trató de arreglarlo con rapidez entrelazándolos hábilmente con los dedos en lo que quedaba de trenza.
No era perfecto pero disimularía su aspecto si se cruzaba con alguien.
Esperó y cuando estuvo segura de que no había peligro salió. Todavía se escuchaba jaleo en el piso inferior. Al entrar en la habitación se dio de bruces con Gunter.
- ¿Dónde estabas? – parecía que Gunter había visto un fantasma. Señaló su vestido. Anne miró hacia la falda y vio manchas de sangre. Le miró y le hizo un gestó con las manos indicándole que estaba bien.
Echó el cerrojo. Entre gestos y palabras sueltas en alemán le explicó lo que había pasado. Gunter se llevó las manos a la cara, tenía los ojos a punto de salirse de las cuencas.
- Tot? ¿Muerto? – exclamó Gunter.
- Shhh shhh - le tapó la boca con las dos manos – sí, muerto, ha sido un accidente. Tenemos que irnos.
Debían huir a toda prisa antes de que alguien descubriera el cadáver.
Anne no llevaba ropa de recambio y no tardarían mucho en atar cabos.
Si los descubrían el castigo por acabar con la vida de un oficial del Reich era la muerte.
No habría juicio justo, les vendarían los ojos les pegarían un tiro, y con un poco de suerte morirían al momento.
Si los detenían y decidían torturarlos antes de matarlos no quería ni imaginarse en qué situación estarían.
Zarandeó a Gunter, estaba petrificado, y estaba segura de que deseaba no haber salido nunca de su bosque.
Acordaron esperar a que el salón se vaciara.
Pasada la medianoche Gunter le hizo un gesto a Anne indicándole que no se moviera de la habitación.
Salió con sigilo, bajó un piso y medio y confirmó que no quedaba nadie abajo.
Subió los escalones de dos en dos. Con la cabeza señaló el abrigo de Anne y le indicó que había llegado la hora.
Bajaron con todo el aplomo que pudieron reunir y salieron de la posada.
El frío de la noche les cortaba la piel.
Fueron hasta el patio trasero y abrieron el portón del establo.
El caballo relinchó y se levantó sobre las patas traseras.
Anne estiró los brazos, le agarró la cabeza y puso su frente en el morro del caballo.
Le acarició el cuello y le habló suavemente.