Febrero de 1942 – Anne #2
Despertó y lo primero que vio fue el cuerpo de Simon tendido en una cama contigua, tenía el torso desnudo y una venda alrededor del torso y del hombro.
Se llevó una mano a la cabeza, todavía le dolía.
Se levantó todo lo aprisa que pudo y fue a su lado.
Contuvo la respiración. Cogió la mano de Simon y puso sus dedos índice y anular en la muñeca en busca de pulso.
Dejó escapar de golpe todo el aire que había retenido en sus pulmones.
Su pulso era muy débil pero estaba vivo, eso era lo único que importaba.
Escuchó unos pasos a su espalda y distinguió a una mujer de unos sesenta años que entraba a la cabaña.
- Oh, está despierta ¿cómo se encuentra? – preguntó despacio en alemán.
- Estoy… viva – respondió torpemente – no hablo muy bien alemán, se excusó.
Había aprendido lo justo desde que se inició la guerra para ayudar a Simon pero sentía que había olvidado todo lo que sabía y que sus progresos habían sido inútiles. La mujer le devolvió una tímida sonrisa y tomó con ternura las manos de Anne entre las suyas
- Soy Liesl Kurtz.
- ¿Dónde estamos?
- Tutzing.
Pensativa, frunció el ceño. No tenía ni idea de dónde estaba aquello y no parecía que aquella mujer tuviera un mapa a mano. Trató de recordar algún detalle. Johann la había llevado en la parte trasera del coche, agachada. No podía saber cuánto tiempo había pasado desde que salieran de Múnich.
Anne no hablaba alemán lo suficientemente bien como para plantearle a la señora Liesl todas sus preguntas.
No sabía cuánto podían quedarse allí, ni si ya habrían puesto precio a sus cabezas.
Liesl echó unos troncos a la chimenea y con un gesto la invitó a sentarse junto al fuego.
Anne acercó las manos y notó como entraba en calor.
Liesl cogió una de las tazas que colgaban de los clavos sobre la chimenea y con un cucharón le sirvió café del puchero que colgaba por encima de las brasas.
Anne notó cómo bajaba calentito por su garganta hasta su estómago revitalizándola.
Estuvieron largo rato en silencio viendo las llamas crepitar.
Anne se recostó sobre la silla de madera y observó a Liesl.
No era una mujer de constitución débil pero apostaría cien libras esterlinas sin miedo a perderlas, a que ella sola no había podido cargar con su cuerpo y con el de Simon hasta allí.
No tardó en confirmar sus sospechas porque acto seguido hicieron su entrada en la cabaña un hombre mayor, con el pelo gris recogido en una coleta y un hombre de mediana edad, corpulento y con una espesa barba.
Dejaron las escopetas apoyadas junto a la puerta de la entrada, colgaron los gruesos abrigos de piel que llevaban y se quitaron las botas para no llenar de nieve la estancia.
El más joven cojeaba ligeramente. Dedujo con rapidez que probablemente esa era la razón por la que todavía estaba allí y no en una trinchera en el frente.
- ¡Buenas noches joven! – Anne sintió una oleada de alivio. Aunque con un fuerte acento, aquel hombre hablaba inglés. Se presentó como Hans. El más joven era su hijo Gunter – me alegra ver que está usted despierta. Han dormido mucho.
- ¿Cuánto exactamente?
- Más de un día. Les trajimos aquí ayer por la tarde.
- ¿Cómo nos encontraron?
- Estábamos.... – buscaba la palabra, señaló la escopeta.
- ¿Cazando? – Hans asintió.
- Escuchamos un disparo. Es extraño, nunca hay cazadores por aquí. Entonces oímos gritos. Cuando llegamos usted ya había perdido el conocimiento. Mi hijo Gunter y yo les trajimos aquí. Su marido ha perdido mucha sangre.
Anne no se molestó en corregirle. Ambos portaban aún sus anillos de casados, de modo que no vio la necesidad de sacar a aquel amable alemán de su error.
Le explicó que Liesl había desinfectado y cosido la herida pero que debido a toda la sangre que había perdido no estaban seguros de si sobreviviría.
Anne asintió con la cabeza pero no se resignaba, había perdido y recuperado a Simon dos veces en la misma semana y aquella no sería la excepción.
Simon tenía que mejorarse, tenían que salir de allí con vida.
- ¿Se va a despertar? – Hans miró a su esposa antes de darle una respuesta. Ella le contestó algo en alemán que Anne por supuesto no entendió.
- Mi mujer dice que aún es pronto para saberlo. Necesita reposo y confiar en Dios – apoyó su mano sobre el hombro de Anne y ella instintivamente la cubrió con la suya.
Tras casi tres años de guerra a Anne no le quedaba demasiada fe, pero por segundo día consecutivo esperaba encontrar algún consuelo y ayuda en sus oraciones.
Se levantó despacio y se acercó a la cama donde yacía Simon.
Le apartó suavemente el pelo de la cara y le dio un beso en los labios.
No se movió. Suspiró y agachó los hombros.
En la vida real las cosas no ocurrían como en los cuentos; y Simon no se despertaría como la princesa del cuento de los hermanos Grimm.
Tomó la manta de los pies de la cama y lo arropó.
Se quedó un rato sentada en la cama de Simon a solas con sus pensamientos. Era necesario salir de allí, vivos. Notó una mano en su espalda y se dio la vuelta.
- Venga a cenar. Tiene que comer – Liesl señaló a Simon con la barbilla – hágalo por él.
Acarició su rostro con las yemas de los dedos desde la sien hasta la barbilla. Corrió la espesa cortina que separaba la cama del resto del habitáculo y se sentó a la mesa.
- No queremos causarles problemas. Sé el enorme riesgo que corren escondiéndonos aquí.
No quería dar demasiados detalles, pero la realidad era que Johann podía dar la voz de alarma una vez volviera a su cuartel y se serenase. Aunque hubiera perdido los nervios, seguía siendo un oficial alemán con buenos contactos, y eso hacía de él un adversario temible.
- Frau, no se puede perseguir a un muerto – Anne levantó la mirada del plato y abrió mucho los ojos – quien quiera que disparase a su marido tenía la firme intención de matarlo.
La bala le ha perforado la parte inferior del pulmón izquierdo.
Cuando les encontramos los dos parecían más muertos que vivos.
Las palabras de Johann resonaban en su mente "yo solo veo un cadáver".
Johann estaba convencido de que había matado a Simon, y no tuvo reparos en marcharse corriendo, dejando a Anne sola en el medio de la nada, casi con la certeza de que ella también perecería congelada.
No había tenido el valor de acabar con su vida, ese había sido su error.
- Podríamos haberles dejado morir en la nieve, no habría faltado mucho – Hans habló despacio – pero no fue así. Si se marchan ahora, lo que hicimos no habrá servido de nada – entendió que no había lugar para réplica.
- Aún así – se mordía el labio inferior con fuerza mientras reflexionaba – no podemos quedarnos mucho tiempo, tenemos que volver a Suiza lo antes posible. Tan pronto esté lo suficientemente fuerte para viajar nos marcharemos – Hans estuvo de acuerdo –.
- No sé si es relevante para usted... - mencionó Liesl tímidamente - pero a su marido le subió mucho la fiebre, y delirando mencionó una libreta.
- ¿Una libreta? - Anne no tenía claro qué era.
- Sí, la libreta, Anne, Alling, decía, lo siento pero no pude entender nada más.
- No se preocupe - Simon debió encontrar algo importante en Múnich - debo volver a la posada donde estuvimos alojados - sus salvadores guardaron silencio.
Terminaron de cenar y se dieron las buenas noches.
Anne no podía dormir, apoyada sobre el cabecero de su almohada miraba por la ventana.
Todo estaba en calma, el viento se colaba entre las ramas de los abetos y tan solo se oía el ulular de algún mochuelo.
Qué diferente parecería esto si no hubiéramos llegado aquí por la guerra.
A la mañana siguiente, el sol ya estaba alto en el cielo. Liesl se afanaba en terminar su tarea. Se había tomado muy en serio la misión que le habían encomendado y se sentía importante.
- ¡Termina ya mujer o no se podrán ir nunca! – la apremiaba Hans.
- Hecho. Ya está lista – Liesl contemplaba satisfecha su obra.
Vestida con un dirndl color verde y el pelo recogido en una suerte de trenzas de corona Anne parecía otra.
Se puso un grueso abrigo de lana que le prestaron y sus botas de invierno.
Gunter tiró de su brazo y la ayudó a subir al pescante.
Anne acompañaría a Gunter a comprar al mercado semanal de Alling, se alojarían en la posada y Anne recuperaría sus pasaportes y aquella misteriosa libreta.
- Marchaos ya. Que Dios os ayude – Hans y Liesl los despidieron desde el porche de la cabaña.
Gunter tomó las riendas, chasqueó la lengua y arreó al caballo. Hicieron la mayoría del trayecto en silencio, Gunter no hablaba inglés ni francés y el alemán de Anne tan solo daba para unos veinte minutos de conversación.
Tras unas dos horas y media de recorrer los caminos llegaron a Alling.
Eran apenas las cuatro de la tarde pero ya había anochecido.
Fueron directamente a la pensión. Gunter se llevó los dedos a los labios recordándole que no debía hablar.
Anne asintió con movimientos rápidos. Le dio el brazo y ella se agarró.
Fingirían que eran marido y mujer y se alojarían esa noche en la posada.
A la mañana siguiente, Anne se colaría en la habitación donde había estado con Simon.
Después acudirían al mercado local y regresarían a Tutzing.
Gunter abrió la puerta y la sujetó para que Anne pudiera pasar. Se acercaron a la barra y Gunter intercambió unas palabras con el tabernero.
- ¡Caroline! – una mujer enorme y con cara de pocos amigos salió de la cocina.