Febrero de 1942 – Anne
Apenas había salido el sol cuando un fuerte ruido la despertó. La puerta de su celda se abrió y las fuertes manos de Johann la agarraron para levantarla del suelo. Anne notó enseguida que estaba borracho.
- Vamos – le dijo muy cerca de la cara – tú y yo nos vamos de excursión. Tengo una sorpresita para ti aunque no sé siquiera si te la mereces - el aliento le apestaba a alcohol, y aun así se mantenía ágil.
- Ya no me importa nada – le respondió con desprecio pero él hizo oídos sordos.
Salieron al exterior y la luz del sol que se reflejaba sobre la nieve le hacía daño en los ojos ¡Nieve!
Se tiró al suelo con rapidez y con las manos se llevó dos montones a la boca.
Era casi hielo pero consiguió deshacerla y notó el líquido frío bajando por su garganta, casi quemaba.
Un coche gris con el motor arrancado esperaba en la linde del bosque.
El alivio de Anne fue momentáneo porque Johann la agarró de nuevo y la llevó hasta meterla en el habitáculo a rastras.
- Sube – parecía incluso contento, nunca supo beber – ¿Acaso creías que vuestra presencia no levantaría sospechas en el pueblo?
Si lo pensabas es que eres más estúpida de lo que creía.
Tres días alojados en un pueblucho donde no hay nada que hacer.
Una presa fácil – declaró satisfecho de sí mismo – después de Madrid solo tuve que llamar a los teléfonos adecuados y descubrir que el señor Donovan venía a hacer negocios en Suiza.
- Donde están hoy tus matones Johann – preguntó haciendo acopio del valor que le quedaba.
- Oh, no están. Su presencia solo estropearía nuestra sorpresa – la miró a través del retrovisor con una expresión que destilaba la más absoluta maldad.
Anne se encogió sobre el asiento e instintivamente cruzó una pierna sobre la otra.
Johann dio un largo trago a la botella que tenía sobre el asiento del copiloto y se limpió con la manga del uniforme el líquido que le caía por la barbilla.
Anne se mordió el carrillo y trató de concentrarse en memorizar el trayecto.
Era difícil, atravesaban un denso bosque de abetos, no se veía ni una edificación, ni una cabaña, ni una posada.
Nada. Nieve y árboles. Condujeron por carreteras secundarias y bosques nevados durante un tiempo que Anne no pudo cuantificar.
Una hora. Dos quizá. Johann detuvo el vehículo y paró el motor en lo que parecía el medio de ninguna parte.
De un brazo llevaba agarrada a Anne, y en la otra mano seguía aferrándose a la botella.
Caminaron a través del bosque pisando la nieve fresca.
Sus pies se hundían y avanzaban con dificultad.
Tras unos minutos salieron a un claro. La belleza del lugar contrastaba con la cruel escena que allí se estaba viviendo.
Anne se quedó petrificada. Arrodillado y maniatado con la cabeza gacha y la sangre resbalándole por la cara estaba él.
Tenía la ropa destrozada y había manchas de sangre por todas partes.
- ¡Simon! ¡Simon! – gritó histérica y pataleó tratando de zafarse pero Johann era mucho más corpulento – ¡Suéltame maldito bastardo!
Le dio un bofetón y Anne cayó de bruces. Notó un sabor a hierro, se llevó las manos al labio inferior y sintió una punzada de dolor. Escupió al suelo y la sangre se mezcló con la tierra. Se dio la vuelta e increpó a Johann.
- ¿Qué vas a hacer, eh? ¿Vas a pegarme otra paliza? ¿Me vas a violar otra vez? ¿O me vas a matar? – se levantó haciendo un sobreesfuerzo. Apenas podía mantenerse en pie. Estaba muy débil y le temblaban las piernas.
- ¿Le quieres? – señaló con desprecio a un Simon derrotado. No respondía, parecía más cerca de la muerte que de la vida.
Anne le miró con una mezcla de asco y odio. Cerró los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos.
- Me das pena Johann. Eres un miserable. No eres ni llegarás a ser el hombre que es él.
- Pues a mí me parece un cadáver, y además prefiere que te mate antes de decirme quién es vuestra fuente – se acercó a Simon y apoyó la suela de su bota sobre su hombro, le empujó y este cayó sobre la nieve sin emitir un ruido – pensé que significabas algo más para él, pero parece que solo has sido un pasatiempo. Lástima.
Anne vaciló unos instantes. Mentía. Sus palabras estaban llenas de ponzoña, solo querían herirla. Y aunque fuera cierto…. No quiso pensar nada más. No era momento para lamentaciones.
- ¡Apártate de él! ¡Quítale las manos de encima! – corrió hacia donde estaban ambos.
- Ah, ah, ah – Johann negó con la cabeza mientras sacaba lentamente una pistola y encañonaba a Simon.
Anne se frenó en seco y sintió como el calor y la rabia le subían por la espalda y se concentraban en cada músculo de su cuerpo.
Se llevó las manos a la cintura instintivamente en busca de la pistola que se había guardado en la posada, pero no la encontró.
Lo más seguro es que la hubiera perdido en el forcejeo.
- ¡No le toques! – apretaba los dientes.
- ¿Por qué? ¿Qué gano yo dejándolo vivir? – dirigió a Anne una mirada cínica y llena de odio – el cónsul británico y su querida viviendo felices para siempre.
- Tú no eres un asesino, no permitas cargar con una muerte inocente en tu conciencia – trataba de sonar serena pero estaba aterrorizada.
- Tú que sabrás qué soy o que dejo de ser – era más una afirmación que una pregunta. De pronto parecía que empezaba a perder la compostura y la agresividad – ¿Por qué? ¿Por qué él? – Anne pareció atisbar una grieta en el muro que Johann había levantado a su alrededor.
- Me dejaste sola. Desapareciste.
¡No supe nada de ti en semanas! – elevó el tono mientras le señalaba acusándole con el dedo, si a pesar de sus actos aún quedaba algo del amor que Johann le había profesado el momento de explotarlo era ahora – ¡mientras todo el mundo me decía que eras un traidor yo rezaba porque te hubieran secuestrado! ¡Porque estuvieras bien y vivo!
- ¡Te envié cartas para que te reunieras conmigo! ¡Quería explicártelo todo! – Johann sudaba por todas partes, la frente, las sienes, las gotas le chorreaban por el cuello.
- ¡Mentiroso! Nunca recibí nada.
- ¿No me crees? – Johann empezaba a ponerse rojo. Sentía que el cuello del informe le ahogaba.
- Sí, sí te creo, claro que te creo ¿cómo no iba a hacerlo? – Anne se acercaba poco a poco, agachada, con las manos en posición tranquilizadora para que él viera que no iba armada.
Johann estaba cada vez más nervioso, desubicado. Se llevó las manos a la solapa para abrir algo de hueco entre su piel y la tela. El brazo con el que sostenía la pistola le empezó a temblar, le sudaban también las manos.
- Suelta la pistola. Volveremos a ser los dos. Me lo he pensado mejor – su cabeza trabajaba a toda velocidad tratando de buscar las palabras adecuadas que le salvasen la vida a Simon.
- Es demasiado tarde, ya no me quieres, lo veo en tu mirada – a pesar del tiempo gélido, transpiraba profusamente por las axilas de la chaqueta – ya no me quieres, me desprecias.
- Por favor, Johann, baja el arma – cada vez estaba más cerca de donde estaban los dos. Le imploró en un susurro apenas audible pero Johann estaba fuera de sí mismo y no atendía a razones.
- ¡Ya no me querías pero si yo no puedo tenerte, él tampoco! – Anne saltó sobre él y en ese instante él apretó el gatillo.
¡Bang! Los pájaros volaron en desbandada desde las copas de los árboles y el tiempo pareció detenerse. Tras el ruido del disparo, un silencio mortal.
- ¡Noooooooooo! – el grito desgarrador de Anne rompió el aire.
Se lanzó sobre el cuerpo inerte de Simon sin importarle ya si Johann la disparaba a ella también. Cayó de bruces a su lado. Arrodillada sobre la nieve le cogió la cara entre las manos.
- No no no no no, Simon vuelve conmigo, Simon despierta ¡Simon por favor no me dejes sola!
– le palmeaba las mejillas, no hubo reacción, había tanta sangre en la chaqueta que no se veía dónde estaba el agujero por el que había entrado la bala.
Se volvió hacia Johann desde el suelo y le increpó:
- ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Lo has matado! ¡Mátame a mí también! Acaba con esto ahora si eres tan valiente ¡Mátame!
Johann se miraba las manos que temblaban descontroladas, miraba a Anne y luego al cadáver ensangrentado de Simon.
Tenía la mirada perdida y el mundo le daba vueltas.
No veía bien. No había ya rastro alguno del despiadado soldado alemán que hacía unas horas había interrogado brutalmente a Simon.
Solo quedaba el hombre, desnudo de vanidad y consumido por sus pecados.
Invadido por la locura y el pánico, se dio la vuelta y salió corriendo.
Tropezó y cayó de bruces. Se levantó y siguió corriendo.
Anne vio como desaparecía entre los árboles, y le pareció escuchar como las ruedas derrapaban por el camino alejándose.
Se volvió hacia Simon desesperada. Con torpeza le arrancó la camisa y le limpió el torso en busca del agujero.
Por el lado izquierdo por encima del abdomen brotaba la sangre a borbotones.
Anne trató de tapar la hemorragia con la camisa.
El tiempo se le acababa. No sabía qué hacer.
No sabía dónde estaban, en el medio del bosque de ninguna parte.
- ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda por favor! – se desgañitó pidiendo auxilio hasta que le fallaron las fuerzas. Sintió que le fallaba la visión, todo se volvió borroso a su alrededor. Oh dios mío otra vez no, otra vez no....