Febrero de 1942 – Simon
Algo iba mal. Lo presintió desde el momento en el que puso un pie en la posada.
Sentía que varios pares de ojos asustados se recaían sobre él.
¿Estaría bien Anne? Preguntó a la mesonera pero no obtuvo respuesta concluyente.
Le hizo un gesto que Simon no comprendió.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Simon no quiso presionarlos por el momento y subió las escaleras con cautela.
Se paró frente a la puerta de la habitación con su pistola en la mano.
Respiró profundamente y entró de una patada.
Apuntó a izquierda y derecha con el arma por delante pero allí no había nadie.
Y sin embargo, parecía que se hubiera producido una batalla campal.
Los muebles por el suelo, la silla rota y la cama desplazada.
Simon atrancó la puerta y se agachó. Tanteó en busca de la tablilla, la levantó y escondió la libreta junto con los pasaportes.
Volvió a poner la cama en su sitio. Revolvió todo en busca de algo que le indicase dónde estaba ella.
La pequeña pistola que le había dejado a Anne estaba tirada junto a la ventana.
Estaba claro que se había sentido amenazada y la había cogido pero en el forcejeo que a todas luces había ocurrido la había perdido.
Sobre la cama un botón. Lo examinó con cuidado.
Entrecerró los ojos. No era un botón de un uniforme británico.
¿Alemán? No. Podía ser cualquier cosa. Simon sacudió la cabeza enérgicamente.
No pensaba dejarse llevar por suposiciones.
Bajó y se acercó de nuevo a la barra esta vez con un tono más asertivo que instantes atrás.
- ¿Dónde está mi mujer?
- Debería marcharse de aquí. Tiene una hora – fue lo único que obtuvo por respuesta. Pero no podía irse sin ella. Simon se sintió culpable. Si le pasaba algo no se lo perdonaría nunca.
Recorrió el pueblo de arriba a abajo en busca de Anne.
Entró a los pocos comercios que encontró abiertos y enseñaba una foto de Anne que llevaba en la cartera.
Su aspecto era muy diferente al que tenía ahora pero era lo único con lo que contaba para ayudar a identificarla.
Era de su primer día en la embajada. Estaba radiante con aquel traje blanco.
La respuesta era siempre la misma. Miraban la foto apenas un segundo y después negaban con la cabeza.
Salió del último comercio con el ánimo por los suelos.
No escuchó el paso firme de unas botas sobre el pavimento a su espalda y entonces ¡Pam!
Un dolor intenso y agudo en la cabeza. Quiso gritar pero no salió sonido audible alguno de su garganta.
Cayó a plomo sobre el pavimento. No había perdido del todo la consciencia, pero no podía moverse, estaba paralizado.
Sintió un pinchazo de algo frío en el cuello, y a la vez le quemaba.
Dos pares de manos lo agarraban de los brazos y las piernas.
Lo amordazaron y ataron a conciencia y lo lanzaron como a un fardo al interior de un maletero.
La compuerta se cerró de un portazo. Las cuerdas le cortaban la circulación en las extremidades y la mordaza le impedía respirar.
Le dolía mucho la cabeza, tanto que parecía que le iba a estallar.
El cansancio se iba apoderando de su cuerpo y comenzaba a desvanecerse...
Y entonces la vio. Llevaba un vestido azul y sus pequeños pies parecían flotar por el jardín inglés de la embajada.
Apartaba las ramas de los árboles que se cruzaban en el camino.
Él la seguía a una distancia prudencial.
La luz trémula del otoño se filtraba entre las hojas de los árboles, pintando de tonos amarillos y marrones el jardín.
Llegaron hasta el invernadero blanco de hierro forjado del fondo del jardín.
No podía verle el rostro pero conocía bien su cara de sorpresa, los ojos bien abiertos, la sonrisa amplia, las aletas de su naricilla pecosa ligeramente abiertas por la emoción y el corazón acelerado.
Ella cruzó el umbral y la observó en silencio desde la puerta.
Había enredaderas hasta el techo, varias palmeras y plantas tropicales que desprendían olorosas fragancias.
En el centro, una mesa de hierro con dos sillas.
Acogedor y aislado del mundo. Observaba maravillada las plantas, acariciaba las anchas y verdes hojas y acercaba la nariz para oler las flores.
Dejó el libro que llevaba sobre la mesa, hizo una pequeña reverencia y tendió las manos a una pareja de baile invisible.
Daba vueltas sobre sí misma y alrededor de la mesa con brío.
No necesitaba música, los compases de un vals sonaban claros en su mente.
Simon se acercó y en uno de los giros tomó sus manos suaves, tibias al tacto.
Se detuvo de golpe y vio cómo enrojecían sus mejillas.
- Simon....
- Anne...
Una sacudida le sacó de su sueño.
- ¡Despierta! Muévete imbécil – unos brazos fuertes lo sacaron bruscamente del vehículo y lo arrodillaron en la nieve.
El viento invernal aullaba entre las copas de los árboles.
Le habían despojado de su abrigo y el aire helado se colaba bajo la camisa cortándole la piel como si el filo de decenas de cuchillos le atravesaran.
Abrió los ojos, ante él había un soldado alemán o quizá eran varios.
No podía estar seguro. La gorra y el uniforme gris hasta los tobillos eran inconfundibles.
Por instinto, recordó su entrenamiento y quiso comprobar si le faltaba un botón pero no lograba enfocar la imagen.
El tipo se separó un poco y entonces todo a su alrededor se volvió nítido.
Era una sola persona. Lo reconoció sin ninguna dificultad.
Quiso hablar pero la mordaza se lo impedía.
- Perdona, ¿decías? – su captor le desanudó la tela y al verse libre Simon tomó una bocanada de aire con fuerza, como si hubiera estado bajo el agua y por fin hubiera salido a la superficie.
- ¿Dónde está? ¿Qué has hecho con ella? – le gritó con todo el aire acumulado en sus pulmones.
- ¿Ella? – se acuclilló frente a Simon – ella ha tenido lo que merecía.
Creo que incluso me echaba de menos. Me ha alegrado mucho ver de nuevo esos lunares que tiene en la espalda ¿Sabes cuáles te digo no?
– la mirada de Simon escupía fuego – esos que tiene debajo del cuello.
Fue una decepción ver que se ha cortado su bonita melena.
- ¡Basta! Me vas a decir dónde está.
- O si no qué. Me parece que no está usted en condiciones de exigir nada señor cónsul. Quizá en la embajada mandase usted mucho pero aquí no manda nada – el tono de Johann era burlón y amenazante – lo que sí me vas a decir tú es qué hacíais aquí los dos.
- Estábamos de luna de miel – respondió Simon sarcástico. Comprendiendo a qué jugaba, había decidido no entrar en las provocaciones de Johann. Recibió un puñetazo en el pómulo izquierdo. Su agresor se sacudió la mano y se frotó los nudillos.
- Con que de luna de miel ¿eh?
Muy bien, si quieres jugar, juguemos, tengo todo el día – Johann odiaba a Simon porque había alejado a Anne de su lado.
Había notado como ella estaba cada vez más distante, pero no entendía el motivo o no había querido entenderlo.
Sentía que no le había dado la oportunidad de explicarle sus planes.
Se la había arrebatado de forma rastrera y él no había sabido verlo hasta aquella noche que volvió a París, y vio sus figuras desnudas en su habitación.
En su cama. Recordar aquello lo enfureció aún más.
- Hace un poco de frío por estos parajes, pero eso es mucho mejor por las noches – recibió un nuevo puñetazo en el otro pómulo y esta vez le alcanzó el ojo. Sentía que le iba a explotar del dolor.
- ¿Qué hacíais aquí Campbell? – empezaba a perder la paciencia pero Simon contaba con dos ventajas fundamentales sobre Johann. Tenía más experiencia en situaciones límite y había sido entrenado a conciencia. Antes se dejaría matar que comprometer una misión.
- Buscábamos una casita de vacaciones, para cuando acabe la guerra – una poderosa patada le impactó en el estómago y se retorció tosiendo sangre.
- Bien, parece que no estás dispuesto a cooperar – encendió un cigarrillo y se acercó a Simon. Presionó la colilla candente contra su cuello. Simon apretó los dientes y emitió un gruñido de dolor – tarde o temprano me vas a contar lo que has ido a hacer a Múnich.
- Estás en el bando perdedor Johann – parecía agotado, pero no pensaba rendirse, ahora no.
- ¿Bando perdedor? – Johann soltó una risotada y enseñó los dientes – nuestro avance es imparable, lo tenemos todo por ganar. Pero tú no lo vas a ver.
Otra patada en el vientre, una más en la espalda. El dolor recorría su cuerpo como una descarga eléctrica. El odio de más de un año por Simon Campbell fluía en los golpes certeros que Johann le asestaba. Se sabía fuerte, pero claro, eso era fácil cuando tu adversario no podía defenderse.
- Tenéis... tenéis... un topo – la voz de Simon salía entrecortada, vomitaba sangre. La nieve se había teñido de rojo a su alrededor. Era una escena sobrecogedora.
Johann se agachó y lo agarró del cuello hasta que los labios de Simon estuvieron a la altura de la cara de Johann.
- ¿Qué has dicho? – parecía que por fin empezaba a obtener resultados.
- Que tenéis un espía infiltrado en el partido, Johann Adler. Es alguien que os odia tanto que lleva años trabajando en la sombra para nosotros – procuraba escupir las palabras con tanto veneno como le era posible.
- Eso es imposible – le soltó con violencia y la cara de Simon aterrizó sobre la nieve helada de un golpe seco – te lo estás inventando. Ya no sabes qué hacer para tratar de salvar tu miserable vida.
Simon empezó a recitar nombres y cargos como si los estuviera leyendo.
Durante el trayecto de vuelta, había abierto la libreta que Klara le había dado y se había sorprendido al encontrar una exhaustiva lista de miembros del partido nazi, espías en ultramar y en Francia, los cargos que ostentaban y algunos detalles más.
No podía verlo bien pero intuía cómo el rostro de Johann se contraía.
Siguió recitando nombres hasta que un golpe en la boca le hizo morderse la lengua.
Tosió repetidas veces. No dejaba de escupir sangre.
- ¿Quién te ha dado esa información?
Simon sabía que por fin Johann le creía, y su ira impregnaba el ambiente.
No pensaba ni por un segundo traicionar la confianza de Klara.
Aunque ella ya no estuviera entre los vivos, su memoria no merecía ser mancillada de aquella forma, no después del enorme servicio que había supuesto esa información.
- Ya te lo he dicho – hablaba con dificultad hecho un ovillo en el suelo, esperando no ser golpeado más veces – tenéis un infiltrado.
- ¡Dime su nombre! ¡Dime quién nos está jodiendo Campbell! – Johann bajó la voz y con voz gélida lanzó un ultimátum – si no me dices quién es te juro que la mato.
Simon quería pensar que iba de farol, que no la mataría, que preferiría hacerla sufrir a su lado antes que acabar con su vida, pero ya no podía estar seguro de nada.
Pensándolo bien una vida con aquel hombre era peor que la muerte para Anne.
Johann había perdido la cabeza y él se sentía responsable de la situación en la que estaban.
Sin embargo, nadie la había obligado a acompañarle, nadie le había puesto una pistola en la cabeza para ir a Alemania.
Ella mejor que nadie sabía que no era un viaje de placer y que se jugaban mucho.
Sabía que, de llegar el momento, podían no salir de allí con vida.
Contuvo la respiración por unos instantes y entonces lo dijo:
- Mátala entonces – sus palabras salieron cargadas de una enorme amargura.
Inmediatamente se sintió como un miserable, pero la organización, su país, y la causa estaban muy por encima de ellos dos.
Al final del día, a la hora de la verdad, su amor no significaba nada, eran dos motas de polvo que el viento podía barrer en cualquier momento.
No eran dueños de sus vidas, eran peones en una partida de ajedrez que jugaban otros.
Y al final, su destino lo dictaban las circunstancias – mátala si eso es lo que tiene que ser, pero no pienso hablar.
Johann lo miró con un enorme desprecio. Pensaba que lo que fuera que Simon Campbell sintiera por Anne sería suficiente para que su órdago surtiera efecto. Se había equivocado.
- Sea – giró sobre sus botas y dejó a Simon aterido de frío agonizando en el claro.