Febrero de 1942 – Anne
Anne esperó en la posada cuatro angustiosos días con sus noches.
Iba y venía dando largos paseos, charlando con los tenderos de los negocios locales, pero al caer la noche, cada paso en la escalera, cada voz en el pasillo le parecía que era él.
Pero siempre se equivocaba. Empezaba a impacientarse y lo que era peor, a estar terriblemente preocupada.
Tenía instrucciones específicas de Simon de marcharse lo más rápido posible de vuelta a Suiza si él no hubiera regresado antes del tercer día.
Se había rebelado ante la idea de hacer las maletas y en su cabeza se aparecían imágenes cada vez más macabras.
Tenía pesadillas y se despertaba gritando su nombre.
Trató de tranquilizarse y no pensar en las últimas palabras que Simon se había empeñado en recalcarle.
- Anne escúchame bien, si no vuelvo en tres días regresa a Suiza y si en un mes no has sabido nada de mí deberás darme por muerto y volver a Inglaterra.
Sólo de pensarlo le daban náuseas. Maldito Simon, me vas a convertir en una viuda de guerra sin ser siquiera mi marido.
Le causaba pavor pensar que a Simon pudiera haberle ocurrido algo durante la misión.
Trató de disipar los oscuros pensamientos de su mente y pensar en los días felices.
Trató de recordar los meses en la embajada.
Apenas hacia un año y medio de aquello, y sin embargo parecía que hubiera pasado media vida.
De repente unos golpes en la puerta la devolvieron a la realidad.
Un cuervo graznaba en su ventana. Los golpes no cesaban.
Comprendió de inmediato que no se trataba de una visita de cortesía
- ¡Abre la puerta!
Anne sacó de debajo del colchón una pequeña pistola que Simon le había dejado. Habían practicado algunos disparos, pero esperaba no tener que usarla nunca. Se la metió en la cintura del pantalón y la cubrió con el grueso jersey.
- ¿Quién es?
- Abre la puerta o la tiro abajo – una voz extremadamente familiar seguía gritando al otro lado.
La sangre se le congeló en las venas. Frente a ella vestido de oficial de las SS estaba Johann.
El brazalete con la swastika y la Cruz gamada en el pecho le conferían un aspecto aterrador.
No tuvo tiempo de reaccionar, Johann se acercó a ella y con dos hábiles movimientos le inmovilizó los brazos detrás de la espalda.
- ¿Dónde está?
- ¿Dónde está quién?
- Anne no me tomes por imbécil.
- No sé de qué me hablas, estoy sola – insistió.
Johann empezaba a perder la paciencia. Las venas de la frente le palpitaban con fuerza. Arrojó a Anne a una esquina y puso toda la habitación patas arriba como un perro buscando a su presa. El escaso mobiliario rodó por los suelos, la lámpara cayó al suelo y la bombilla estalló en pedazos.
- Vas a decirme dónde está o te mato aquí mismo.
Anne le enseñó los dientes, desafiante.
- Mátame entonces. No pienso decirte nada porque no sé nada.
Se dio la vuelta y se acercó a donde ella estaba. Anne vio cómo levantaba el brazo derecho para coger impulso, pero no pudo esquivar el golpe. Él le golpeó el pómulo con tal violencia que se golpeó la cabeza con la pared y cayó a pesadamente al suelo.
- Vas a hablar por las buenas o por las malas. Sé que él ha venido contigo. Y tarde o temprano sabré donde está. ¿O creíais que no os vi en Madrid? Sois un par de ilusos jugando a un juego que os va grande.
Johann parecía haberse vuelto loco. Anne se incorporó y le atacó por la espalda, tratando de pararle, pero fue un movimiento completamente inútil.
- ¡Haced que se esté quieta! – les gritó a los otros soldados que le acompañaban.
Entre los dos la agarraron y le ataron las manos por detrás. La sentaron con un fuerte golpe en una silla. Johann seguía revolviéndolo todo.
- No vas a encontrar nada Johann Adler porque no hay nada que encontrar – Anne seguía pensando cómo ganar tiempo pero no se le ocurría nada. Johann se encaró con ella, y furioso, la agarró por el pelo.
- Bien, si no encuentro lo que estaba buscando quizá puedas compensarme el viaje el balde.
- ¡Para! ¡Basta! – su desesperación pareció envalentonarlo más todavía.
Anne pataleó, gritó, lloró y se debatió hasta sus últimas fuerzas.
Le mordió y trató de zafarse deshaciendo el nudo que le cortaba la circulación en las muñecas.
Todo fue en vano, no pudo hacer nada por evitar que aquel monstruo la arrojase sobre cama y tomara por la fuerza aquello que pensaba le pertenecía.
Cerró los ojos y evocó la mirada limpia de Simon, su dulzura al acariciarla, sus dedos recorriendo su espalda mientras unía sus lunares con una línea imaginaria.
Los otros dos soldados al no haber recibido la orden de marcharse, asistieron impasibles a aquel humillante espectáculo.
Cuando Johann hubo terminado se abrochó los pantalones como si allí nada hubiera pasado.
En aquel momento pidió a sus secuaces que les dejasen a solas.
Anne aprovechó para gatear hacia un rincón.
Se acurrucó y cruzó las piernas, aún notaba pegajosa la cara interior de los muslos.
Sintió unas ganas terribles de vomitar. Tenía la ropa hecha jirones.
Lanzó a Johann una mirada furibunda. Este se había encendido un cigarro y se había sentado en posición relajada sobre la cama.
Aquel ya no era el hombre con el que se casó.
Aquel era un animal. Y aún así sabía que los animales no eran así de despiadados.
Cualquier acto cruel por parte de un animal era supervivencia.
Lo que Johann le había hecho hacía unos instantes era maldad y perversión.
Si en su fuero interno le había perdonado que se marchara y que fuera un espía, aquello no se lo perdonaría nunca.
- No sabes cuánto me apena verte en esta situación – su tono era burlón y Anne se sintió aún más humillada – no tendrías que haberte entrometido nunca. No era tu guerra, ¿o es que te prometieron algo? ¿un título? ¿dinero?
- ¿Y a ti? – espetó ella – ¿qué te prometieron a ti?
- Si te hubieras mantenido al margen y hubieras sabido cuál era tu lugar, ahora mismo estaríamos disfrutando de la tranquilidad de una casita a la orilla de un lago, no muy lejos de aquí.
- Yo no era ningún florero Johann, éramos iguales.
- Hasta que vi que nunca podríamos serlo.
Cada uno tenemos un lugar en el Reich, así, tú cuidarías de la comunidad y nuestros hijos, podrías seguir dando clases incluso, mientras yo, y nuestro glorioso ejército cuidamos de nuestras fronteras y le devolvemos todo su esplendor a Alemania, un esplendor que nunca debió perder.
- Eres un miserable, me das asco y además eres un traidor – masculló.
- ¿Traidor yo? – rio con ganas, como si fuera lo más divertido que le habían contado – no seas ingenua, quién jamás ha vuelto la espalda a su patria no puede ser un traidor – hablaba con superioridad y condescendencia – mi familia emigró sí, pero en Alemania aún teníamos gente importante, gente con contactos y cuando tuve edad suficiente me uní a la causa.
- Estáis todos locos. Ojalá ardáis en el infierno.
- Aún estás a tiempo – no parecía en absoluto perturbado por los insultos que Anne le profería – vuelve conmigo, tengamos los hijos que habíamos soñado y vivamos con todo el lujo que queramos.
Anne levantó la mirada que hasta ahora tenía clavada en sus zapatos, y con los ojos rojos le habló con desprecio.
- ¿Hijos? Estuve embarazada en París – le pareció detectar una mueca de sorpresa en el rostro de Johann – lo perdí.
Me desmayé en la calle y lo perdí. Quise contártelo pero llegabas a casa oliendo a perfume de prostituta y alcohol.
Aunque ahora me alegro de haberlo perdido, pues hubiera sido una vergüenza que un ser tan miserable como tú fuera el padre de una criatura.
No obtuvo respuesta. Actuaba con indiferencia, dio una orden a voz en grito a los soldados que esperaban fuera y les ordenó que se la llevaran de ahí.
La agarraron como quien coge un trapo sucio.
Johann arrojó la colilla al suelo de la habitación y la pisó con saña, como si de un gusano se tratase.
Salían ya por el umbral de la puerta cuando oyó de nuevo su voz.
- Piénsalo. Podría incluso llegar a perdonarte el hecho de que me fueras infiel.
- No te has enterado de nada, eres un animal Johann, no volvería contigo ni aunque me arrancaras los ojos ¡tú eres el único culpable de que me fuera con él! – le respondió llena de rabia.
- Sea – respondió con frialdad. A continuación, hizo un gesto con la mano para que se la llevaran definitivamente de allí.
Cubrieron la cabeza de Anne con un saco de tela y la hicieron subir a la parte de atrás de una camioneta.
Detuvieron el vehículo. Torpemente tomó el brazo que le ofrecían para descender.
Notaba la hojarasca bajo sus pies así que dedujo que estaban en un bosque.
Bajaron unas escaleras, se pararon frente a una puerta, escuchó el sonido metálico de las llaves.
Mientras uno abría, otro le desató las manos y cuando la puerta hubo cedido con un desagradable chirrido, la empujaron dentro y cerraron con un portazo.
Cuando se quedó a solas se quitó el saco.
Todo era oscuridad salvo por un pequeño tragaluz de vidrio en el techo.
No era muy grande, quizá unos veinte centímetros de ancho.
Se palpó todo el cuerpo con cuidado para asegurarse de que no había nada roto.
Tan solo una pequeña contusión en el tobillo.
Estaba hinchado pero nada más. Dio gracias a Dios de que aquellos dos no la hubiera tocado también.
Todo estaba húmedo y oscuro, le pareció oír pasos de algún animal, una rata quizá.
Se sintió rota por dentro y rompió a llorar en silencio.
Solo podía pensar en Simon, si estaría bien y qué le harían esos animales si lo encontraban.
"Te he fallado". Sus peores pesadillas se hacían realidad y la realidad resultaba ser mucho más terrible de lo que jamás se hubiera imaginado.
Buscó consuelo en las oraciones que rezaba de niña, rezó toda la noche a la virgen María, para que se apiadara de ella y protegiera a Simon.
Exhausta y hambrienta se quedó dormida sobre el frío cemento de la celda.
Por la mañana nadie fue a buscarla. Del exterior no llegaba ningún sonido, le parecía oír el canto de los pájaros, o quizá se lo estaba imaginando.
Gritó pidiendo ayuda, en balde, nadie podía oírla.
Trataba de pensar como escapar. Podía intentar convencer a sus captores de que la soltaran a cambio de dinero, o de inmunidad diplomática.
Dudaba mucho que pudieran aceptar esto último ya que Alemania estaba ganando la guerra de forma aplastante y nada parecía indicar que la situación fuera a cambiar en el corto plazo.
Rota y humillada pensó en negociar con su cuerpo como última alternativa.
Ya no le importaba. Cualquier cosa por escapar de allí y poder avisar a Simon.
Esperó horas sentada con la espalda contra la pared ensayando una y otra vez lo que les diría.
Pero nadie acudió a buscarla. Tenía hambre y sed.
No había bebido ni comido nada desde la mañana anterior y tras el forcejeo en la habitación, y el trauma sufrido las fuerzas le fallaban estrepitosamente.
Pero su ánimo no podía flaquear. Horas después escuchó como la puerta del sótano se abría. Se puso en pie ayudándose de la pared.
Un soldado muy joven, no tendría más de dieciocho o diecinueve años, le llevó un mendrugo de pan. Se lo dejó suavemente sobre el marco del ventanuco enrejado de la puerta. Aquella podía ser su oportunidad
- Espera. Espera por favor.
- Lo siento – se disculpó él – no puedo hablar contigo.
- Por favor, te lo suplico. ¡No te vayas!
Un nuevo portazo le indicó que se había quedado sola otra vez.
Se dejó caer al suelo resbalando por la pared.
Miró el mendrugo que tenía entre las manos y sin pensarlo demasiado lo comió con avidez.
Estaba rancio y sabía a moho, pero se obligó a no despreciar ninguna fuente de alimento por muy pobre que fuera.
Quién sabe cuándo sería la próxima vez que comiera.
Seguía teniendo sed, notaba la boca seca y los labios se le estaban agrietando.
Una persona podía aguantar tres semanas sin comer pero solo tres días sin beber.
Sentía que se iba a marear. Respiró hondo e intentó concentrarse en recordar una vez más el rostro de Simon, su sonrisa, sus ojos azules, el roce de sus manos, su voz acunándola y ahuyentando sus pesadillas.
Y otra vez anocheció, lo supo porque dejó de entrar claridad por el tragaluz y su prisión quedó sumida en la oscuridad más absoluta. Se abrazó las piernas y se durmió, estaba más débil que el día anterior y eso no era bueno.