Febrero de 1942 – Múnich #4
- Al día siguiente Horst volvió a salir.
Tardaba demasiado en regresar. Yo empecé a impacientarme porque él siempre cenaba con nosotros.
Sin embargo, aquella noche su plato se quedó frío en la mesa.
Sonó el teléfono, lo cogió directamente mi marido.
Llamaban desde la policía de nuevo. “¿Ha vuelto a utilizar el callejón?” “No” le respondieron.
Cuando lo oí respiré aliviada, pero el alivio me duró muy poco “Ha pasado por delante sin honrar a los caídos del partido” informó la voz desde el otro lado de la línea.
Mi marido colgó. Una vez podía ser una chiquillada, dos era una provocación – hizo una pausa para recobrar la saliva – lo juzgaron por oposición al régimen y lo condenaron a trabajos forzosos en el campo de Dachau.
Por deferencia con mi esposo permitieron que pasara la última noche en casa.
Sabían que no iba a escaparse. Por la mañana mi hijo estaba muerto.
Prefirió cortarse las venas y morir desangrado antes que trabajar como un esclavo.
Simon vio el brillo triste en sus ojos por las lágrimas contenidas. Sacó un pañuelo blanco de tela del bolsillo y se lo ofreció.
- Aquella noche había representación en la ópera de Múnich y teníamos entradas para ir.
Me rebelé, quería quedarme en casa llorando a mi hijo.
Mi marido se negó rotundamente y tuve que aguantar a todos aquellos cerdos lameculos vanagloriarse de la grandeza de Alemania mientras el cadáver de mi hijo estaba todavía caliente.
En mitad de la representación sentí que me ahogaba, me faltaba el aire, era como si todo a mi alrededor pesase.
Salí de nuestro palco y me derrumbé. Entonces unas manos con guantes blancos me levantaron con mucha delicadeza.
Fue entonces cuando conocí a Angus, aunque en ese momento se presentó como John.
No me importaba nada así que se lo conté todo.
Me consoló, estuve entre sus brazos en aquel pasillo hasta que terminó la representación.
No parecía estar preocupado por las apariencias y yo en aquel momento tampoco.
Nadie se movió de sus asientos. Era una de las obras favoritas de Hitler y a nadie le gustaba que se le señalase con el dedo.
- Pero a usted le dio igual – recalcó Simon.
- Ya se lo he dicho, mi hijo lo era todo para mí.
Al cuerno las apariencias. Nos vimos muchas veces.
Tomábamos el té, paseábamos juntos. Me dijo que trabajaba en negocios entre Alemania y Gran Bretaña, pero el único negocio que yo preveía era la guerra.
Empecé a imaginar que John hacía algo más que negocios, de modo que no le pedí explicaciones, pero le fui contando cosas que entendía de aquí y de allí.
Cosas que oía en las reuniones con otras mujeres, esposas de miembros importantes del partido.
Cosas que no debían salir a la luz pero que algunas eran incapaces de guardarse para sí mismas.
Era como mi pequeña venganza – emitió una débil sonrisa de suficiencia – Angus fingía no darles más importancia que a cuando le contaba que me había comprado un nuevo libro o un nuevo pañuelo, pero yo sabía que de alguna forma, le estaba siendo de utilidad.
Unos días antes de estallar la guerra vino a verme, parecía realmente preocupado.
Me dijo que se marchaba de Alemania y me dio una dirección.
Me dijo que si alguna vez le necesitaba le escribiera “¿Quién es Angus?” le pregunté, “Angus soy yo mismo” me respondió.
No volví a saber de él. De eso hace dos años y medio.
- ¿Por qué ahora?
- Porque me estoy muriendo y estoy cansada, quería ver su rostro una última vez y darle algo. Pensará que estoy loca, que hacerle venir a Alemania era como firmar su sentencia de muerte.
Simon no sabía qué responder.
- No le preguntaré su nombre, pero sí le diré el mío. Soy Klara y ha sido un placer recibirle en mi casa, pero antes de marcharse, tome - le tendió una libreta, pequeña, de tapas de cuero marrón y le despidió con una sonrisa cansada.
Era ya tarde para regresar a Alling de modo que por mucho que le disgustara la idea, se vio obligado a hacer una última noche en Múnich.
A la mañana siguiente sintió el impulso de visitar por última vez la iglesia de los teatinos.
Al fin y al cabo, había pasado cuatro días allí y no lo habían matado.
Tendría que agradecerle a San Cayetano su protección.
Se acercó al altar y tras una breve oración encaró la salida.
Justo antes de abandonar el templo las capillas vio a la doncella de Klara Kraus.
Simon se fijó en su brazo izquierdo. Llevaba un brazalete negro que juraría no portaba la tarde anterior. Lo miró inquisitivo –
- ¿Se fue en paz? – la chica asintió y le hizo un gesto para que se marchase lo antes posible. Simon se tocó en un sutil gesto la libreta en el interior de la americana y emprendió el regreso a Alling, aunque Anne ya no debería estar allí.