Febrero de 1942 – Múnich #3
A la tarde siguiente llegó justo antes de que el párroco comenzase a oficiar la misa.
Había mucha más gente de la que había esperado y se preguntó cómo diantres iba a descubrir a su mujer misteriosa entre aquella multitud.
Cuando llegó el momento, Simon se puso a la fila y tomó la comunión con la convicción de que Dios estaba de su lado.
Observó que la misma mujer vestida toda de negro de la tarde anterior se quedaba rezagada y se arrodillaba cerca de la imagen de un santo.
Simon se refugió entre las sombras de las columnas de una de las naves laterales para no llamar la atención.
Se fijó en ella. Por su complexión y su forma de moverse rondaría los cincuenta.
Esta vez se dio cuenta de que una muchacha más joven la esperaba discretamente varios pasos por detrás.
Vestía con humildad y Simon dedujo que podía ser una doncella o una dama de compañía.
La gente con dinero podía permitirse esa clase de lujos.
Empezaba a cobrar sentido que Angus se hubiera acercado a alguien con cierto estatus, un espía nunca hacía nada sin un propósito, todo tenía un por qué.
La mujer se levantó, ayudándose de la madera del banco.
Tomó el pasillo principal y la chica joven la seguía a un paso por detrás.
Simon sopesó sus posibilidades y tomó una decisión rápida.
Caminó en paralelo por el lateral y se adelantó para abrirles el portón de madera y flanquearles el paso a la salida.
Se ubicó estratégicamente y le susurró al oído, en un tono que solo la mujer del velo pudiera escuchar.
La mujer se giró bruscamente hacia él, y aunque el velo dificultaba vislumbrar la expresión de su semblante, Simon sabía que había captado completamente su atención y que su intuición había sido correcta.
Sin embargo, no le dirigió la palabra, apretó el paso y su doncella tuvo que correr para alcanzarla.
Simon sabía que era ella, lo que no sabía es cómo abordarla la próxima vez, si es que había una próxima vez.
Pasaron dos días y la mujer no volvió a aparecer por la iglesia.
¿Y si se había equivocado? ¿Y si aquella mujer solo se había asustado al ser interpelada por un extraño que le hablaba de alguien que no conocía?
No podía dejar de darle vueltas a la cabeza.
Al segundo día, mientras la nieve caía con fuerza sobre la plaza, y una capa fina se empezaba a formar sobre las baldosas, una silueta se aproximó.
Cuando estuvo a apenas un metro de distancia vio a una chica joven.
Parecía la doncella que había acompañado a la mujer misteriosa.
Caminaba con la cabeza gacha. Sin levantar la vista le tendió un papel que sacó de una cesta de mimbre y se fue tan rápido como había llegado.
Una dirección. No pudo ocultar su satisfacción inicial por lo que parecía un gran avance.
Sin embargo, también podía ser una trampa.
Exhaló una bocanada de aire que se convirtió en una nube de vapor blanco.
Tendría que arriesgarse. Esperó un tiempo prudencial y desplegó su plano de Múnich de forma distraída.
Se trataba de un barrio residencial a las afueras de la ciudad.
Tardaría en llegar. Decidió no perder ni un segundo y tras tomar varios autobuses y de una larga caminata llegó a la vivienda.
Era una casa de ladrillo de dos plantas, un coche elegante estaba aparcado en la entrada.
Empujó la verja de hierro y esta se abrió sin emitir ni un sonido.
Llamó al timbre y escuchó unos pasos ligeros que se acercaban.
Reconoció a la doncella de la iglesia. Servicial, se ofreció a cogerle el sombrero y el abrigo.
- Por aquí por favor – dijo en alemán – la señora le espera en el salón.
El salón era una estancia sobria, plagada de fotografías y con clara simbología afín al régimen.
En un vistazo rápido se veía a un hombre vestido de uniforme con muchos galones, y varias fotos de familia.
Simon sintió ganas de salir corriendo. Una mujer de mediana edad esperaba sentada en un sofá, su aspecto era regio, y su rostro mostraba dureza.
Le hizo un gesto con la mano para que tomara asiento y pidió a la doncella que les trajese chocolate caliente.
Se estudiaban con calma, sin prisa, y trataban de leer más allá de lo que podían ver el uno en el otro.
La doncella volvió con las dos tazas humeantes.
Simon tomó la suya y aspiró el olor del chocolate.
- Gracias. Ya no recuerdo la última vez que probé el chocolate – el agradecimiento era sincero. El racionamiento había hecho desaparecer cualquier producto de lujo. Pan y gachas habían sido su fuente principal de sustento en París.
- Me alegro de que sea de su agrado – la mujer hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza – Emma puedes dejarnos solos. Y bien ¿qué le trae por aquí y qué noticias viene a darme?
A Simon le gustó que no se anduviera con evasivas. No obstante, tenía que ser muy cuidadoso al elegir sus palabras, pues detectaba en aquella mujer fuerza y un espíritu decidido. No vacilaría si él no demostraba ser digno de su confianza así que decidió ir directo al grano.
- Angus murió – ella le sostuvo la mirada, se llevó una mano a la boca y ahogó un gemido – lo siento mucho. No le conocí, pero me dijeron que fue un gran hombre.
- Fue mucho más que eso – ella se había recompuesto y le hablaba con serenidad. Sin embargo, estaba seguro de que lamentaría su pérdida en silencio – Angus me salvó la vida.
Simon aguardaba en silencio, pues algo le decía que no iba a tener que utilizar ningún tipo de argucia para que aquella mujer le contase el motivo por el que estaba allí y lo que esperaba de él.
- Angus y yo nos conocimos una noche en la ópera de Múnich.
El mismo día que mi hijo murió ¿Se ha fijado en el monumento antes de llegar a la plaza?
Es el monumento a los mártires del nacionalsocialismo.
Ya ve usted, mártires se hacen llamar – Simon asintió, así que eso era a lo que la gente saludaba con tanto fervor, fingido o no, a su paso por delante – supongo que también se ha fijado en el callejón de la izquierda, justo antes de llegar – inclinó levemente la cabeza de nuevo – pues bien, no siempre estuvo custodiado por guardias.
Siempre hubo agentes de las SS alrededor, por supuesto, hemos vivido con ello desde hace casi una década.
Mi hijo tenía dieciocho años y no era como los demás chicos.
No es que fuera más especial, había muchos como él.
Su padre, a quien habrá visto en las fotos, le obligó a alistarse inmediatamente en las juventudes del partido.
El hijo de un miembro importante no podía quedarse al margen, debía dar ejemplo.
Todos los jóvenes acabarían alistándose tarde o temprano, pero hacerlo temprano lo significaba todo.
Le sumaba credibilidad si usted me entiende.
- ¿Qué pasó? – Simon hizo la pregunta con delicadeza.
- Horst se volvió taciturno y reservado.
Nos miraba con recelo, sobre todo a su padre, pero él estaba demasiado ciego para ver que su hijo comenzaba a odiarle.
Yo me mantenía al margen, pero sabía que algo no andaba bien con mi hijo.
Soy su madre, esas cosas se saben. Decía que quedaba con amigos de las juventudes por las noches, su padre le dejaba salir sin un atisbo de sospecha – Simon empezaba a intuir por dónde había venido la catástrofe – hasta que un día nos llamaron de la comandancia.
Horst había sido detenido por tomar el callejón evitando así pasar por delante del monumento.
Le parecerá absurdo, pero eso suponía una confrontación directa con el partido.
Su padre fue a buscarlo. Por ser mi marido quien es, le dejaron libre sin cargos.
Cuando llegó a casa le dio una paliza que casi lo mata.
Lo odié profundamente pero no me atreví a decir nada.
Mi Horst no derramó ni una lágrima ¿sabe?
Aguantó el castigo como un hombre. Pero yo si lloré y acuné a mi hijo toda la noche.
Le pedí que enterrase sus ideales, que le acabarían matando por aquello. ¿Me cree una cobarde por ello?
- No – Simon fue sincero. Creía que las circunstancias a veces eran más fuertes que las convicciones del propio individuo y que por amor se podía renunciar a los ideales de uno. No estaba seguro de que ese fuera su caso, pero respetaba otros modos de actuar.