Un consulado en París Febrero de 1942 – Múnich #2
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Febrero de 1942 – Múnich #2

-           Hija mía, la iglesia de los teatinos más cercana está en Múnich – Anne sintió unas ganas irrefrenables de dar un grito de satisfacción, pero se contuvo – me temo que no le recomiendo viajar a Alemania solo para ver a un santo…

. Si no, también podría viajar a Roma… pero quizá lo mejor es que usted le rece en el recogimiento y la intimidad de su hogar, estoy seguro de que le llegarán sus plegarias igualmente.

Anne asintió con fingida sumisión. Dio las gracias al amable párroco y antes de abandonar el templo encendió una vela bajo el altar de nuestra señora de Ginebra. No creía en los milagros, pero nunca estaba de más tener a algún santo de su parte.

El tren traqueteaba con alegría por el valle.

Los Alpes les flanqueaban el paso y Anne pensó que ojalá hubiera conocido Suiza en otras circunstancias, para unas vacaciones quizá, en un balneario.

Ella y Simon envueltos en mullidos albornoces después de salir de las aguas termales, disfrutando de la paz de las montañas y del aire puro.

Inconscientemente, dejó escapar un sonoro suspiro.

-            ¿Estás bien?

-           Sí, sí, solo soñaba despierta – le dio un suave beso en los labios y se recostó sobre su hombro para seguir soñando.

Se apearon en la ciudad fronteriza de Constanza y se hospedaron en una coqueta pensión a orillas del lago.

Por la mañana tomaron un coche y cruzaron la frontera sin ninguna dificultad con sus pasaportes suizos y los salvoconductos comerciales falsos que finalmente les facilitó Shaw.

Les preguntaron por su alojamiento en Múnich y Simon dio las señas pertinentes, lo que no les dijo es que Anne y él habían acordado dividirse y que ella le esperaría en Alling.

Simon seguía las indicaciones del plano de carreteras, aunque casi era innecesario ya que los carteles para llegar a Múnich poblaban todas las vías.

Unos veinte kilómetros antes de llegar a la ciudad Simon se desvió de la carretera principal y tomó una secundaria.

-            ¿A cuánto estamos de Alling?

-            Unos treinta minutos calculo.

Aparcaron el coche en la explanada frente a la pensión. Todo estaba tranquilo a su alrededor. Cogieron su equipaje del portamaletas y se registraron. No era el Strand Palace Hotel de Londres, pero era discreto y estaba limpio.

-           Todo va a ir bien ¿vale? – Simon tomó su cara entre sus manos y la besó.

- Lo sé, todo va a ir bien.

Ella le besó de vuelta. A pesar de la cantidad de misiones arriesgadas en París, nunca habían cruzado la frontera, y ahora, tan lejos de su segunda patria tuvo miedo de quedarse sola.

Anne cerró los ojos y se dejó llevar. Simon besó con pasión cada rincón, cada curva, el cuerpo de Anne ya no tenía secretos para él, pero eso no lo hacía menos deseable.

Anne le quitó la chaqueta y la camisa sin esfuerzo.

Giraron sobre la cama y apoyó sus manos sobre los músculos de su pecho.

Estaba tan en tensión que sudaba como en las noches de verano en París.

Cogió la cadena que colgaba del cuello de Simon y jugó con ella, hasta que él la estrechó hacia su cuerpo.

Anne quiso gritar pero Simon le tapó la boca con la mano.

-           Cuando menos te lo esperes estaré de vuelta. Iré a Múnich, encontraré a esa tal K. y veré si es importante. No te dará tiempo a echarme de menos – apoyó sus labios con ternura sobre su frente, deteniéndose algunos segundos más que de habitual.

-           Sí te voy a echar de menos, pero tienes razón, serán solo unos días.

No llamaré mucho la atención y veré puedo averiguar algo interesante – desde que Angus se mudara a Suiza y con el escrutinio constante en la delegación suiza de comercio había sido cada vez más difícil obtener información fidedigna respecto al estado de las fábricas en el sur de Alemania.

Antes de que Simon se marchase escondieron sus pasaportes bajo la madera del suelo. Desplazaron la cama unos centímetros de modo que una de las patas quedase sobre el tablón

-            Anne, una última cosa – se puso muy serio y eso la asustó – si me pasara algo...

-            No – le interrumpió con brusquedad – no te va a pasar nada, Simon ni una palabra sobre eso.

-           Anne escúchame. Sé razonable. Tengo ahorros en una cuenta del Banco del Londres. Te daría para empezar una nueva vida. He autorizado tu nombre para sacar dinero.

-           ¿Qué has hecho qué? ¡No quiero tu dinero! ¡Quiero que regreses conmigo sano y salvo! – las aletas de la nariz se le abrían y cerraban –  No se te ocurra ni pensarlo.

Simon condujo hasta las afueras de la ciudad.

El día era gélido, notaba como las manos se le congelaban bajo los guantes y las gotas de agua en suspensión se adherían heladas al pelo y al bigote.

San Cayetano estaba en la iglesia de los teatinos y era, por el momento, la única pista que tenían para encontrar a la mujer misteriosa que había enviado aquella carta.

​ Las calles estaban casi desiertas, no había un alma que soportase ese frío infernal, pensó.

Tan solo una mujer empujaba un carrito de bebé mientras agarraba a un chiquillo que se negaba a seguir avanzando, y un par de viejos charlaban sentados en un banco.

La humedad calaba los huesos y pronto el abrigo de Simon estuvo lleno de cristales de lluvia.

Decidió refugiarse en una cervecería antes de visitar el templo.

Barrió con la mirada el local y calibró sus posibilidades.

Había algunas mesas vacías, pero si se sentaba en una solo en una mesa podría levantar sospechas ya que lo normal en Alemania era compartirla.

Optó por acercarse a un grupo de ancianos que rondarían los setenta que bebían y comían alegremente.

Con un gesto le indicaron que podía sentarse.

Simon esbozó una leve mueca de agradecimiento, pero no abrió la boca.

La cerveza de trigo y el codillo le sentaron bien a su vacío estómago.

Caminaba con fingida despreocupación hacia la plaza del Odeon observando las edificaciones a su alrededor.

Vio la plaza al final de la calle, y a medida que sus pasos avanzaban en esa dirección se fijó en que todo el que pasaba por un punto en concreto giraba su cabeza hacia la izquierda y levantaba el brazo haciendo el saludo nazi.

Miró hacia los lados y vio un callejón justo antes de llegar.

Sin embargo, estaba custodiado por guardias armados hasta los dientes.

Le repugnaba aquel gesto, pero no tenía alternativa.

Mecanizó el movimiento e imitó al resto de viandantes sin fijarse siquiera en el monumento.

Tan solo le llamaron la atención dos enormes coronas de flores.

Al llegar a la plaza, un chiquillo vendía periódicos a voz en grito. Le dio unas monedas y cogió uno. Con el corazón acelerado entró a la iglesia de fachada amarilla.

Se quitó el sombrero y lo dejó a un lado del banco.

Tomó asiento poco después, una mujer vestida de negro, ataviada con un velo del mismo color entró y se instaló en las primeras filas.

Calculó que pasó arrodillada unos treinta minutos.

No ocurrió nada más en toda la tarde. Simon sopesaba sus opciones.

No sabía si aquella mujer podría ser la persona que buscaban, pero no podía acercarse sin más.

Necesitaría estar allí más tiempo y verificar si la escena se repetía.

Aquella noche no pudo pegar ojo. Tuvo pesadillas.

La ciudad le producía escalofríos y no podía dejar de pensar que se estaba arriesgando por nada.

La información era escasa, y si bien estaba acostumbrado a trabajar con un alto grado de incertidumbre, aquello le parecía demasiado para el valor que realmente tenía.

La amante alemana de un espía inglés le echaba de menos porque él dejó de acudir a sus encuentros.

Para ser sinceros, no era muy original, pensaba.

Pero las órdenes venían de arriba y él se limitaba a cumplir.

Entrar en los servicios secretos fueron el precio a pagar por no querer hacer carrera en el ejército, pero empezaba a tener dudas sobre qué era peor.

Al menos en tu pelotón tenías compañeros, más que eso, tenías amigos, y era duro perderlos, pero tendrían un funeral a la altura de las circunstancias de vuelta a Inglaterra.

Él, si caía, no sería nada, nadie se acordaría de él, no habría flores en su tumba.

En el imaginario común ser espía era un trabajo glamuroso, lleno de atractivo, pero en la vida real era más peligroso e infinitamente más frustrante.

Largas esperas, resultados decepcionantes, noches en vela en París tratando de organizar los primeros grupos, pasar horas agazapado esperando una señal.

Recordaba incluso el día que tuvo que saltar al Sena porque alguien había dado la voz de alarma mientras trataban de sabotear unos cables eléctricos.

Llegó a casa empapado y al evocar la cara de Anne cuando lo vio aparecer sonrió para sus adentros.