Un consulado en París Febrero de 1942 – Múnich
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Febrero de 1942 – Múnich

Simon y Anne llegaron a la habitación del Palace con el corazón encogido. Hicieron las maletas a toda velocidad y sospechosos de cualquier movimiento y pasos por el pasillo. Salieron como alma que lleva el diablo en un taxi con destino a la frontera española donde un coche suizo les esperaba.

Tras un larguísimo y extenuante viaje por carretera cruzaron la frontera de Francia a Suiza sin contratiempos y llegaron a Ginebra.

Una vez en el hotel, se sintieron seguros y durmieron a pierna suelta.

Cerca del mediodía, un hombre bien vestido se presentó en el hotel y se presentó como Roman Shaw.

De padre suizo y madre británica se había criado en el cantón de Vaud, trabajaba para una empresa local que exportaba armas a Alemania.

Esto suponía una violación flagrante del estatus como país neutral de Suiza, por lo que camuflaban los acuerdos bajo el comercio de relojes y otros artículos manufacturados.

Anne frunció el ceño contrariada y Simon le dio un codazo.

Su expresividad les iba a costar un problema un día de aquellos.

Shaw era un agente del SOE, pero de ello, la empresa no tenía idea y así continuaría siendo.

Tras efectuar las comprobaciones oportunas a través de palabras clave, resolvieron ir a comer a un restaurante.

El lugar donde les llevó rezumaba opulencia.

Se notaba que allí no había escasez de ningún tipo y que donde el resto de Europa había fracasado y nadaba en la miseria, los suizos prosperaban.

Todo era de la más alta calidad, desde la cubertería hasta el más mínimo detalle de la decoración, por no mencionar los manjares exquisitos que les dieron a probar.

La mesa estaba en un rincón reservado a salvo de miradas y oídos indiscretos. .

-            Bien. No me andaré con rodeos. Hay una posible fuente en Múnich pero desde aquí es imposible comprobarlo.

-            ¿Y por qué no lo habéis comprobado ya? ¿Acaso no habéis firmado acuerdos de forma presencial allí? – inquirió Simon.

-           Precisamente por eso, cuando la delegación va a Múnich no nos quitan el ojo encima – carraspeó – siempre vamos escoltados por alguien del gobierno alemán.

Saben de nuestra llegada, nuestro alojamiento y nuestra partida.

Es como un viaje organizado – rio de su propio chiste aunque a Simon y Anne no les hizo ninguna gracia.

Les estaban pidiendo arriesgarse a hacer algo que ni los propios agentes del SOE en Suiza habían hecho.

-            ¿No hay más equipos aquí?

-           Nadie en quién confíen lo suficiente…. – y señaló hacia el techo, dando a entender que la orden venía de muy arriba. La dirección de operaciones especiales era un órgano relativamente joven, y sus miembros aún no eran cuantiosos ni estrictamente bien formados.

-           ¿Merece la pena? – intervino Anne.

-           Eso creemos. No os habría hecho venir de no estar seguro.

-           Y ahora cuéntanos, ¿cómo tuvisteis constancia de esa supuesta fuente?

– Simon no terminaba de ver clara aquella misión suicida– te vamos a ser sinceros Shaw, hemos cruzado media Europa para estar aquí, podrían habernos matado en cualquier frontera y empiezo a pensar que el viaje ha sido en balde.

-            No te pongas dramático. Os contaré lo que sé, pero aquí no.

Pagaron la cuenta y salieron a la calle. Anne y Simon caminaban agarrados del brazo. Entonces Roman comenzó a hablar.

-           Hace unas semanas llegó una carta desde Múnich. Se trataba de una carta dirigida a uno de nuestros agentes en Suiza. Angus. Parece de alguien que le tenía en mucha estima.

-            ¿Qué tiene de especial esa carta? – preguntó Anne aprovechando la pausa.

-           La carta está dirigida a Angus.

Era uno de nuestros agentes aquí, y que previamente había trabajado en Múnich.

Era un hombre de negocios, llevaba trabajando para el servicio secreto más de dos décadas, y su función principal antes de la guerra era la de elaborar informes sobre la industria bávara.

Anne imaginaba la respuesta a la pregunta que estaba a punto de formular, pero aun así se la hizo.

-            ¿Y dónde está Angus ahora?

-            Angus murió hace un año, de un ataque al corazón.

-           ¿Y no habíais recibido nunca una carta de esa persona? – Shaw negó con la cabeza – Angus nunca revelaba sus fuentes, ninguno lo hacemos a no ser que sea necesario – el tono no era maleducado aunque dejaba entrever cierta condescendencia.

-           ¿Qué decía la carta? – Simon permanecía tranquilo, pero Anne, quien ya lo conocía demasiado bien, sabía que aborrecía a la gente que se andaba con rodeos innecesarios.

-           La carta es de alguien que firma como K. De hecho, he traído conmigo una copia. Sacó un papel doblado en varios pliegues y se la tendió a Anne que buscó la luz de una farola para poder leerla.

-            “Querido Angus…. han pasado casi más de tres años desde que nos vimos”

-           La última vez que Angus estuvo en Múnich fue hace tres años, tras el estallido de la guerra se instaló permanentemente en Suiza. Bajo pasaporte británico era imposible permanecer allí.

-           Nos hacemos una idea – comentó Anne distraída pensando en su pequeña aventura para conseguir pasaportes franceses, y ahora llevaban pasaportes suizos encima – “Sé que me dijiste que no te escribiera, pero me hago mayor y mis preocupaciones no son las de antes. No he podido olvidar nuestras noches en la ópera y tu ayuda con las cargas que soportaba mi corazón. Le rezo todos las tardes a San Cayetano porque me permita verte una vez más antes de reunirme con mi hijo. Con amor, K.” – Anne se emocionó al leer la carta – ¿Qué os hace pensar que esta mujer, porque supongo que es una mujer, podría ser alguien valioso para nosotros?

-           Que Angus era el nombre real de nuestro espía ¿me equivoco? – Simon era terriblemente perspicaz. Shaw afirmó con la cabeza y confirmó sus sospechas de por qué habían enviado a esa pareja desde París para aquella misión.

-           Exacto, el nombre que utilizaba para sus negocios era John Mills, mismo nombre en su pasaporte – confirmó Shaw – Angus solo le habría dado una dirección con su nombre real si estuviera muy seguro de que era alguien de confianza.

Angus solo lo usaba para la organización, en su vida privada.

Si tu nombre real no se ve comprometido estás a salvo.

No hay forma de relacionarlo. Pero si alguien sabe de tu verdadera identidad tienes que tener cuidado.

-            Y entiendo que no sabéis quién es este informador, informadora más bien.

-            No. No tenemos ni idea.

-           Y queréis que nosotros, o más bien yo, vayamos en su búsqueda. ¿Alguna pista de su dirección? – Shaw negó varias veces despacio con la cabeza –.

-           Yo tengo una idea – ambos miraron a Anne a la vez, expectantes – si es una mujer irá a la iglesia, no tiene por qué rezar solo en su casa. ¿Hay alguna iglesia dedicada a San Cayetano en Múnich? – Shaw se encogió de hombros.

-            No soy muy devoto, así que lo desconozco.

-            ¿Sabe dónde hay una iglesia católica cerca de aquí?

-           Yo no, como le he dicho no frecuento mucho la casa del Señor. Es posible que alguna de las oficinistas de nuestra empresa sí lo sepa. Déjeme hacer unas averiguaciones por usted y yo la informaré.

-            Bien, esperaremos entonces.

Simon y Anne regresaron al hotel agotados. Por la mañana se despertaron con fuerzas y ánimos renovados. Mientras se vestían para bajar a desayunar el teléfono de la habitación sonó.

-           Buenos días, señora Donovan. Han dejado una nota para usted en recepción – informó con amabilidad una mujer desde el otro lado de la línea.

-            Bajaré enseguida.

Pasaron a recoger la nota antes de entrar al comedor. Desdobló el papel y leyó “ Si quiere ir usted a rezar hoy puede hacerlo en la basílica de Notre-Dame de Genève ”

-            Bien – miró a Simon – tomaré algo rápido e iré a ver si puedo averiguar algo – Anne parecía resuelta.

Dejó a Simon concentrado en sus pensamientos y dio un paseo hasta la dirección facilitada.

Entró al templo y se santiguó. Hacía tanto tiempo que no pisaba una iglesia que se sintió como una extraña, casi una impostora.

Caminó por el pasillo central y se arrodilló en una de las primeras filas de bancos.

Vio al párroco ir de un lado a otro, encendía velas a los santos y limpiaba las imágenes con mimo.

Cuando consideró que ya había estado de rodillas el suficiente tiempo se acercó al cura.

-            Padre – dijo en voz baja – necesito ayuda.

-            ¿Qué clase de ayuda es esa joven?

-            Necesito rezarle a San Cayetano.

-           ¿A San Cayetano? – inquirió con evidente asombro el párroco, no debía acudir mucha gente preguntando por ningún santo en concreto – ¿es que rezarle a Dios no es suficiente hija mía?

-            Cómo no va a serlo, pero es que es por asunto muy específico padre – mintió y bajó la voz.

-            Ah, quieres pedirle trabajo ¿verdad hija mía?

-           Sí, eso es padre – San Cayetano daba trabajo, lo anotó mentalmente – pero no para mí, para una amiga. La guerra en Francia, ya sabe usted, no hay ni pan que llevarse a la boca…

-            Hija no desespere, que Dios aprieta, pero no ahoga.

-            Entonces, ¿dónde puedo encontrar una imagen de San Cayetano, lo sabe usted?

-           Aquí no lo encontrará. Es el santo fundador de la orden de los teatinos en Italia. Déjeme pensar… soy viejo, pero he estudiado mucho, algo se me tiene que ocurrir.

-            No se preocupe padre, no quiero ser una molestia. Me iré enseguida.

-           No lo es, en absoluto – espere aquí. Y se metió hacia la sacristía. Volvió al cabo de casi una hora, Anne pensaba que ya se había olvidado de ella y estaba a punto de marcharse.