31 de diciembre de 1941 – Madrid #2
- Simon – Anne se puso muy seria – sé perfectamente que habláis del hombre de la cicatriz.
De hecho, ha estado a punto de darme un infarto al verlo.
Lo que no comprendo es si tú también le has reconocido, por qué no me has dicho nada.
Y lo más importante cómo supiste quién era.
Nunca me dijiste que lo habías encontrado.
- Lo hice para no preocuparte – Simon se sintió algo ofendido porque se cuestionasen sus métodos.
- Simon no eres mi padre. No tenías derecho a ocultarme quién era. ¿Es por eso que estabas tan disgustado por venir a la embajada? – él bufó con fastidio.
Mientras, Oakes presenciaba esta discusión con curiosidad.
Los espías que eran pareja o amantes, en su opinión, no eran estables.
Sus sentimientos siempre se entrometían y perdían el foco antes o después.
Uno de ellos se sentía responsable de la seguridad del otro y eso era un error ya que ambos estaban en el mismo barco, mismas condiciones, mismos riesgos.
- Simon si me hubieras dicho que ese malnacido estaba aquí no hubiera aceptado la invitación tan a la ligera.
- Descubrí que el tipo trabajaba en la embajada alemana en París pero su nombre no aparecía por ninguna parte.
Estaba claro que realizaba trabajo sucio y que no querían dejar huella.
Después le perdí la pista, regresó a Alemania y se esfumó.
Sólo supe de él nuevamente cuando me enviaron un informe sobre la embajada alemana en Madrid.
Me propusieron venir a trabajar a Madrid hace ya unos meses y me enviaron informes sobre todo lo que debía saber.
Lo rechacé, pero estudié todo a conciencia.
- Oh – Anne notó como el calor le subía hasta las mejillas y como su rostro se empezaba a enrojecer de ira – ¿te enviaban a Madrid y no te pareció relevante contármelo?
Descubres que el tipo que vi la noche en la que perdí a mi bebé estaba en París y después en Madrid ¿Y no te pareció tampoco algo relevante?
– estaba furiosa y parecía haberse olvidado completamente de que Oakes seguía allí.
Ella sabía que oficialmente estaba bajo el mando de Simon, Churchill lo había dejado claro, pero esperaba cierta ¿Lealtad?
por su parte. O al menos cierta relajación del protocolo entre ellos.
Le quedaba claro que Simon se tomaba muy en serio su papel de mentor y superior en ciertos aspectos y que no pensaba dar su brazo a torcer.
Daba exactamente igual que mantuvieran una relación íntima.
- No pienso pedirte disculpas Anne – pronunció su nombre en voz baja apretando los dientes – aquí hay decisiones que yo tomo solo y no tienes por qué saberlas – su tono fue tajante y Anne se sintió reprendida como una niña por segunda vez en apenas dos días.
- Volvamos a la fiesta señores, no querrán que nos echen de menos – comentó el periodista, cuya presencia allí para evitar que hubiera algún problema parecía ahora mucho más necesaria.
- Está bien – respondieron ambos al unísono dando por finalizada la conversación.
Del salón principal habían pasado a dos pequeños salones contiguos donde una orquesta de cámara tocaba alegre, haciendo las delicias de los asistentes.
También había un piano sobre la tarima, vacío por el momento.
El periodista les iba comentando quienes eran los invitados y respondía con gran exactitud todas las preguntas que tanto Anne como Simon le formulaban.
Del señor Schneider, sin embargo, ni rastro desde que les recibiese al principio de la velada.
Disfrutaron de la comida, la música y la bebida, alzaron sus copas pidiendo para sí por un año nuevo de paz.
Cuando parecían haberse relajado y olvidado el incidente del hombre de la cicatriz, convencidos de que él no sabía quiénes eran realmente ambos, Simon tiró bruscamente del brazo de Anne tras una de las columnas de la sala.
Tenía el rostro desfigurado y Anne sintió miedo.
Le puso los dedos sobre los labios para que no dijese ni una palabra y le habló en voz baja, mucho más serio que de costumbre.
- Anne – los ojos de ella se movían hacia todos lados no entendiendo nada – hay alguien aquí que nos conoce a los dos, que conoce nuestras verdaderas identidades. Si nos ve estamos muertos – y entonces sus peores temores se confirmaron – Johann está aquí.
¿Qué hacía Johann ahí? No podía ser, se marchó a Alemania. Su mente no podía pensar claro. No habían vuelto a saber de él. Y claro que era posible que estuviera en Madrid. Aquello era una pesadilla, no era justo, de todos los lugares donde podría estar tenía que encontrarse precisamente allí.
- Tenemos que irnos Simon. Ahora – parecía haberse recompuesto un poco – si está aquí es que ha llegado más alto de lo que ninguno de nosotros hubiéramos acertado a soñar siquiera.
- Lo sé. Ya he hablado con Oakes para decirle que nos vamos.
¿Cómo había ocurrido esto? Los servicios de inteligencia le perdieron la pista a Johann en Berlín, pero lo último que esperaban era encontrarlo en Madrid y con un puesto importante en la embajada.
Se hubiera quedado a averiguar qué hacía allí pero no podían arriesgarse.
De hecho, aunque estaban casi seguros de que él no los había visto, no podían darlo por sentado.
Tendrían que abandonar Madrid de inmediato o comprometerían toda la misión.
No podía creer lo que habían visto sus ojos.
Llevaba el pelo corto y más oscuro, nada que ver con su larga y rizada melena de color cobre.
Y sin duda era ella, la reconocería en cualquier parte.
Y estaba con él, había pasado más de un año desde que los viera por la ventana de su apartamento cuando había regresado a París con la esperanza de recuperarla.
Aun recordaba la rabia que había sentido al verla en sus brazos.
Y ahora tenían la desfachatez de presentarse en una fiesta en la embajada alemana en Madrid.
Schneider llevaba fanfarroneando desde la tarde anterior sobre una arrebatadora mujer suiza a la que había invitado a la fiesta, pero jamás hubiera sospechado que fuera Anne.
Se hubiera acercado a charlar, se moría de ganas de ver las caras de ambos.
Y sin embargo, cuando se zafó de los hombres de negocios que lo retenían ambos se habían esfumado.
No obstante, ahora tenía un hilo del que tirar.
Los señores Donovan se alojaban en el Hotel Palace.
Quién sabe, quizá les hiciera una visita.
- ¿Te pasa algo? – le preguntó Schneider tocándolo en el hombro – llevas un rato demasiado taciturno. Cualquiera diría que el ascenso en Madrid no ha sido de tu agrado, y menos esta fiesta.
- ¿Qué? Disculpa no, no, en absoluto. Tan solo me pareció ver a alguien que conocí una vez – mintió – pero es imposible, fue hace mucho tiempo.
En realidad, no hacía tanto tiempo, pero le parecía que había pasado eternidad.
Desde que se separase de Anne y cruzara la frontera habían pasado muchas cosas.
Especialmente en cuanto a su lanzamiento a las más altas esferas diplomáticas gracias a un meticuloso trabajo de tocar a las puertas adecuadas.
Había pasado de ser un mero informador en París a tomar decisiones importantes para el destino de Alemania.
Era una pena que Anne no fuera participe de todo aquello.
- ¿Has visto al matrimonio de suizos?
- No, lo siento – mintió de nuevo – nadie me los ha presentado.
- Parece que se los hubiera tragado la tierra – comentó Schneider visiblemente desconcertado por no poder exhibir a la mujer como una especie de conquista.
El hecho de que tuviera marido no parecía importarle demasiado, en su mente ella había acudido a la fiesta interesada en él – espero tengamos la ocasión de coincidir de nuevo con ellos porque ella era encantadora.
- Yo también espero tener la ocasión de conocerlos – "no sabes cuánto" pensó para sí mismo – no se conoce a gente interesante todos los días.
- Por la gente interesante entonces – Schneider alzó su copa y ambos brindaron.