Un consulado en París 31 de diciembre de 1941 – Madrid
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31 de diciembre de 1941 – Madrid

La mañana siguiente, Simon recibió una nota para informarles de que la persona que velaría por que todo transcurriese sin incidentes sería un periodista inglés, bien aceptado en los círculos alemanes, que había pasado en España cubriendo la Guerra Civil.

Robert Oakes, que así se llamaba, no era partidario del régimen ni mucho menos, pero sus artículos escritos con tono moderado, completamente a propósito, y su supuesta imparcialidad le habían granjeado ciertas simpatías en círculos diplomáticos, abriéndole las puertas a lugares que para cualquier otra persona estarían vetados.

Él, observador e informador de los servicios secretos británicos en esa nueva España de postguerra, sería el encargado de hacerles de carabina aquella velada.

El periodista llegaría temprano, saludaría a unos y otros, y se acercaría a ellos en el momento adecuado, ni antes, ni después. Si nadie más lo hacía, se ofrecería a hacer algunas presentaciones, aprovechando así para darles detalles sobre los invitados que hubiera presentes aquella noche.

Esta misma tarde, tal y como el contacto de Simon les había garantizado, un coche pasó a buscarlos.

Puesto que carecían de ropa adecuada para tal ocasión, habían optado por ir a Cutuli, una sastrería que ya comenzaba a ganar fama, en pleno centro de Madrid.

Estaban radiantes. Era su primera fiesta como pareja, y si bien les hubiera gustado que fuera bajo sus identidades reales, en otras circunstancias, no quedaba más remedio que ir y estaban decididos a aprovechar el momento.

Anne tomó el brazo que Simon le ofreció y subieron las escaleras de la entrada principal.

-           ¿Tienen la invitación? – preguntó el mayordomo que custodiaba la puerta. Intercambiaron una rápida mirada de incredulidad, no habían recibido información formal físicamente.

-           Lo lamento caballero – Anne puso su voz más aterciopelada y melosa – hemos sido invitados personalmente por el señor Schneider – al ver que el mayordomo continuaba con la expresión pétrea puntualizó – el señor Kurt Schneider, agregado comercial.

-           Lo siento señora, pero sin invitación física no puedo dejarles pasar – se mantuvo en sus trece.

Simon parecía aliviado, con un poco de suerte no les dejarían pasar y se volverían al hotel, tenía mucho en lo que pensar, habían dejado agentes en París y tenía unas últimas consignas para enviar a Londres.

Lo mejor hubiera sido dar media vuelta, pero Anne no parecía tener intención de dar su brazo a torcer.

-           ¿No podría ir a buscar al señor Schneider para comprobar que lo que decimos es cierto? – insistió Anne, esta vez con más firmeza.

-           Señora, no puedo molestar a nadie, tengo órdenes estrictas de solo dejar pasar a quienes traigan la invitación.

Todos los sobres fueron enviados hace más de dos semanas.

Si no tienen la suya, y sus nombres no están en la lista no puedo dejarles pasar.

Y ahora si me disculpa, hay gente esperando a pasar que sí lleva su invitación en la mano.

Simon agarró el brazo de Anne para hacerse a un lado y la arrastraba discretamente escaleras abajo cuando una voz a sus espaldas les hizo detenerse.

-            ¿Tan aburrida le ha parecido mi fiesta señora que no se ha dignado siquiera a entrar?

Anne se dio la vuelta con enorme gracia y naturalidad, y ante los ojos de un perplejo Simon, le respondió con mucho descaro:

-           Señor Schneider, esperaba que saliera a recibirme personalmente, ya que no se dignó a tenderme una invitación formal ni tampoco a dar mi nombre para que pudiera pasar.

Entendimos entonces que se había arrepentido de su invitación – la sensualidad que utilizó dejó sorprendido al agregado alemán.

-           Lamento mucho que hayan tenido problemas para acceder – lanzó una mirada cargada de irá al mayordomo, que se encogió en el sitio – espero nos disculpen. Pero no me dio usted su nombre creo recordar.

-            Será porque usted no me lo pidió – respondió ella con suavidad.

-           Aclarado entonces – se dirigió a Simon y le estrechó con firmeza la mano, quizá apretando ligeramente más de lo que debería en una primera presentación.

-            Encantado señor Schneider, gracias por la invitación – Simon decidió intervenir – Henry Donovan, y ella es mi mujer Hélène.

-           Hechas las presentaciones no quisiera que estuvieran más tiempo a la intemperie. Pasen y me encargaré de que les pongan una copa del mejor champán.

Una doncella tomó el abrigo de Anne. Schneider les escoltó hasta el salón principal y se excusó para saludar a otros de los invitados allí presentes.

-            Les dejo unos instantes solos. Estaré de vuelta antes de que se hayan dado cuenta de que no estoy.

A su entrada, los allí reunidos se giraron para ver quiénes eran y sin duda alguna Anne atrajo todas las miradas.

Simon no pudo evitar sentirse algo celoso, él no había perdido su atractivo pero la juventud de Anne siempre era un punto más a su favor.

Un camarero les ofreció la prometida copa de champán.

Anne apuró la suya de un sorbo de forma poco elegante, la dejó de nuevo sobre la bandeja y cogió otra.

En su cara se dibujó una amplia sonrisa.

Simon se llevó la mano izquierda a la cabeza y se apretó las sienes.

Se mojó los labios con el champán y tomó a Anne de la cintura para poder ubicarse en un lado del gran salón.

Esperarían allí a que el periodista les localizara.

La ausencia de Schneider haría ciertamente las presentaciones con Oakes más fáciles.

A su alrededor, la mayoría de los presentes eran hombres.

Las mujeres que había, dedujeron, acudían en calidad de acompañantes.

Algunas de ellas, miraban recelosas a Anne, eran más viejas, más secas, y Anne destilaba efervescencia por los cuatro costados mientras dedicaba coquetas miradas a Simon que hubiera preferido no estar allí.

Minutos después, hizo su entrada en la sala un hombre que atrajo toda la atención que instantes atrás estaba sobre ambos.

Alto, musculado, rondaría los cincuenta y tantos.

Tenía las facciones duras y caminaba despacio, pero con paso decidido, parecía incluso que el suelo temblase bajo sus pies.

Giró la cara y la otra mejilla quedó al descubierto.

Anne se quedó petrificada y su copa cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

El revuelo por la entrada de aquel personaje era tal en la sala que nadie pareció reparar en la copa que acababa de romperse.

Anne se agachó rápidamente para tratar de recoger los pedazos.

-            ¡Ah! – dejó escapar un gemido de dolor. Se acababa de cortar y empezó a sangrar.

Simon se agachó a su lado, y con un pañuelo de tela que sacó del bolsillo hizo un vendaje improvisado. Salieron discretamente por una de las puertas en busca de alguien del servicio que pudiera ayudarles a limpiar y cauterizar la herida.

-            Señor Donovan – un hombre de buenos modales se les acercó en ese momento

-            Discúlpenos, no es un buen momento. La señora se ha cortado y buscamos a alguien que cure esa herida.

-            Soy Robert Oakes, quizá yo pueda servirles de ayuda.

-           Qué torpeza – se disculpó Anne – se me resbaló la copa y quise recogerlo y bueno, míreme – esbozó una media sonrisa y levantó la mano envuelta en el pañuelo.

-            No se preocupen, les llevaré a la cocina, conozco bien esta casa.

-           Gracias – respondió Simon estrechando la mano del periodista con cordialidad. Se aclaró la garganta – y gracias también por estar esta noche aquí.

Estas últimas palabras salieron de la boca de Simon con cierta dificultad. No era un hombre acostumbrado a depender de los demás para sacarle de un atolladero. Al contrario que Simon, el periodista parecía relajado.

-           No es molestia en absoluto. Además, hubiera estado igualmente. Un par de artículos medianamente favorables a alguna personalidad de la embajada y aquí me tienen.

-            Le tienen en buena estima entonces – apuntó Anne.

-           Oh no se confunda, los alemanes no estiman bien  a ninguno de sus socios, pero no me odian, con eso basta – les guiñó un ojo de forma simpática – aquí es – la puerta estaba abierta y había un vaivén de camareros que entraban y salían con bandejas de copas y canapés, primero llenas, y después vacías – ¿Habría alguien aquí que pudiera llevar a esta invitada al botiquín?

Una joven menuda de mirada vivaracha se ofreció a ayudarles.

Anne se lo agradeció en alemán y la chica contestó en español.

Le contó a Anne que trabajaba allí desde hacía unas semanas y que estaba contenta de poder llevar un sueldo a casa.

Después de la guerra no era fácil encontrar trabajo.

Ella tenía los avales necesarios y por eso la aceptaron como ayudante de cocina.

La amigable charla duró apenas unos minutos, el tiempo que la chica tardó en limpiarle y vendarle la herida.

Bajo las vendas sentía que la mano le ardía por el alcohol que la muchacha había vertido sobre la herida para asegurarse que no se infectase.

Le dio las gracias y volvió al hall donde Simon y Robert la esperaban.

Hablaban entre susurros, pero aún así Anne fue capaz de captar sus palabras.

-            ...es un hombre peligroso, no se acerquen a él si no es estrictamente necesario.

-           No lo haremos, sé quién es ese tipo – su voz se volvió más grave – ya le causó problemas a Anne en París. No quiero que se acerque a él.

-            ¿Quién me causó problemas?

-            Olvídalo.