Un consulado en París 30 de diciembre de 1941 – Madrid #2
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30 de diciembre de 1941 – Madrid #2

Anne le detalló su breve encuentro y Simon dejó escapar un suspiro.

Su cabeza trabajaba a toda velocidad, su coartada era buena pero lo último que entraba en sus planes era una velada con los alemanes en Madrid.

Para hacer lo que hacía, después de veinte años, Simon seguía sin tolerar bien los cambios de planes y las improvisaciones.

Habían trabajado mucho sobre sus nuevas identidades, especialmente para cruzar fronteras sin llamar la atención, pero aquella noche todo se complicaba. No podían dar ni un paso en falso.

-           Voy a hacer otra llamada, espérame aquí y no hables con nadie ¿entendido? No necesitamos más problemas por hoy – su tono denotaba que estaba enormemente contrariado.

-           Si no quieres que hable con nadie tendrás que encerrarme en la habitación - respondió divertida, estaba hecho, no podían dar marcha atrás - Además, quizá sea la ocasión para granjearnos alguna amistad y obtener esos pases por la vía rápida –.

-            Pues espero que tengas razón - zanjó Simon aún molesto.

Cerró la revista y la dejó con fuerza sobre la mesita, atrayendo la atención momentánea de otros clientes.

Simon la miró implorando que no montase una escena.

Ella giró sobre sus tacones y se marchó hacia su habitación.

La gente volvió enseguida a sus conversaciones, probablemente dando por sentado que había sido una discusión de enamorados.

Simon se tapó la cara con las manos y resopló soltando el aire por la nariz.

Echó momentáneamente de menos a Mei, nunca daba un paso en falso, sabía exactamente qué había que hacer y ejecutaba todas sus misiones con frialdad.

Sin embargo, y a pesar de su explosividad, en veinte años de matrimonio no había amado a Mei como amaba a Anne.

Consciente de que amor que sentía hacia Anne era su mayor fortaleza a la vez podía convertirse en su mayor debilidad, se dirigió de nuevo hacia el teléfono público del hotel.

Descolgó el auricular y miró por encima de sus hombros a izquierda y derecha, asegurándose de que no había extraños alrededor que pudieran oír su conversación.

-            ¿Sí? – una voz de hombre al otro lado del teléfono.

-            Soy yo, puede que tenga problemas en Madrid.

-           Espero que sean problemas reales muchacho – su interlocutor no parecía estar aún seguro de que las circunstancias de Simon requirieran de una llamada internacional.

-           Mañana por la noche tenemos que ir a la embajada alemana – al otro lado de la línea se escuchó una maldición entre dientes, después, silencio.

-            Está bien – dijo al fin – no os preocupéis. ¿Os alojáis en el Palace?

-            Así es.

-           Bien, un coché irá a recogeros a las seis en punto.

En la embajada alemana conoceréis a alguien que os salvará de un apuro.

Haced todo lo que os diga y no escatiméis en detalles sobre cómo os habéis metido en ese lío – y añadió para dar por zanjada la conversación – porque a mí no me interesa lo más mínimo.

Solo necesito que salgáis de allí sin un rasguño.

-            Gracias – y colgó.

Subió rápidamente por la escalinata principal hasta la habitación de la segunda planta donde estaban alojados.

Abrió con tiento la puerta y encontró a Anne sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, junto al ventanal que daba a la plaza de Neptuno, escribiendo compulsivamente en su cuaderno.

Simon se había dado cuenta de que Anne escribía cuando estaba nerviosa o frustrada y que dibujaba cuando estaba triste o feliz, a veces era difícil saberlo.

Era consciente de que no había sido especialmente amable con ella, y aunque consideraba que ella no había actuado correctamente tampoco quería llevar las cosas más lejos.

Necesitaban estar más compenetrados que nunca si querían que la velada aquella noche llegase a buen puerto.

Se sentó a su lado y le paró suavemente la mano con la que escribía. La pluma dejó de rasgar el papel.

-           Lo siento – una débil disculpa brotó de los labios de Anne – no era mi intención meternos en un lío.

-            Yo también lo siento, no debería haberte hablado así – sintió un enorme alivio, todo estaba bien.

Tomó el rostro de Anne entre sus manos depositando un suave beso en sus labios que fue de inmediato correspondido. Lentamente se reclinaron sobre el suelo quedando acostados de lado frente a frente, mientras su respiración se aceleraba.

La cara apoyada sobre uno de los codos, la otra mano libre.

Los dedos de Anne desabrocharon con maestría la camisa de Simon, apoyó una mano sobre su pecho y sintió los latidos de su corazón.

Simon recorrió a su vez el costado del cuerpo de Anne, desde el cuello hasta la cadera, bajando un poco más hasta el muslo y a continuación subiendo desde la rodilla, pero esta vez, por debajo de su falda.

Anne descendió hasta llegar al ombligo, acarició con las puntas de los dedos el vientre bajo de Simon y notó como él se estremecía.

Y allí, en el suelo, se deleitaron durante horas.

Entonces Simon la tomó en sus brazos y la llevó hasta la enorme cama.

La depositó suavemente sobre las sábanas y acomodó su cabeza en la mullida almohada de plumas.

Besó hasta el último centrímetro de su piel hasta que el deseo pudo más que el juego.

​ La noche era fría, pero no les importó, pasearon por las calles de Madrid, sorprendentemente animadas para la época del año en la que se encontraban.

No recordaban que París o Londres tuvieran tanta vida nocturna.

Cenaron en un coqueto restaurante cercano a la Puerta del Sol y disfrutaron de una tranquila velada.

Sintieron de nuevo la misma dulce sensación que tuvieron en el hostal de San Juan de Luz, eran solo un hombre y una mujer, disfrutando de la mutua compañía.

Bebieron, rieron y hablaron. Anne le contó de su infancia en el campo, Simon de la vida del internado en Escocia donde había sido enviado por su madrina cuando sus padres murieron.

A pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos, siempre tenían algo nuevo que contarse.

Y cuando se acababa la conversación los silencios nunca eran incómodos.

Al lado del otro era defintivamente el lugar para quedarse.