30 de diciembre de 1941 – Madrid
El tren entró en la Estación del Norte envuelto en una nube de vapor mientras hacía sonar el silbato.
A Anne le fascinó Madrid, a pesar de ser invierno tenía una luz, una claridad y una actividad que tan solo había visto en Edimburgo en los meses de julio y agosto.
Allí, en falsa sintonía convivían británicos, alemanes, italianos y rusos.
El ambiente era apasionante. No pasarían más que un par de noches allí, pero debían pasar por la embajada suiza, donde les facilitarían toda la documentación necesaria para viajar a Ginebra.
Los suizos no tenían nada que perder mientras jugaban a favorecer a unos y a otros, pero sí tenían mucho que ganar.
Anne y Simon sabían que el ejército británico había firmado un jugoso contrato con varias empresas suizas para convertirse en el único proveedor de relojes para el ejército.
Sus pasaportes eran uno de los pequeños favores que los británicos cobrarían a los suizos a cambio de ese acuerdo que tan enormemente favorecía a su industria.
Era una apuesta arriesgada ya que los británicos sabían que, tras la neutralidad oficial suiza, había una estrecha colaboración con el régimen nazi.
En España, Suiza gozaba de excelentes relaciones diplomáticas pues había reconocido al bando sublevado como gobierno legítimo en España, antes siquiera de que terminase la guerra.
Además, el nuevo gobierno había recibido la inestimable ayuda de un banco helvético seis meses antes del final de la guerra, por lo que cualquier movimiento relacionado con los suizos en España no era visto en modo alguno como una amenaza.
Simon y Anne, sin embargo, tenían prohibido visitar la embajada británica en Madrid, pues si alguien les vigilaba no tardaría en unir los puntos y toda la misión estaría en peligro antes de haber empezado.
Bajaron del taxi al llegar a la embajada suiza.
Estaba discretamente ubicada en un barrio acomodado de la ciudad y no había demasiada actividad a su alrededor.
Una vez dentro, preguntaron por el funcionario cuyo nombre les había facilitado el conductor que les llevó hasta Irún.
Les hizo pasar a una pequeña sala en el segundo piso del edificio.
La estancia estaba en penumbra, apenas veían la cara de su interlocutor.
Seguramente fuera lo mejor. Tras un breve intercambio de palabras para asegurarse de que ambos eran los británicos que esperaban y de que ninguna de las dos partes delataría a la otra, les entregó sus pasaportes suizos.
Una nueva identidad, una nueva fecha de nacimiento, debían memorizarlo todo meticulosamente.
A continuación, les entregó un fajo de francos suizos, suficiente para cubrir su estancia en el país.
Igualmente, les facilitó un sobre con marcos imperiales alemanes.
Las monedas estaban nuevas y relucientes, algunas de ellas incluso lucían la swastika en una de sus caras, ya que el régimen nazi había introducido ciertas variantes con su ascenso al poder y acuñado una ingente cantidad de moneda nueva para poner en circulación.
Anne no se sorprendió de la capacidad de maniobra de los suizos, los bancos helvéticos gozaban de buena salud gracias a las exportaciones y el comercio con la Alemania nazi.
- En su mano queda obtener los salvoconductos que autorizan al comercio con Alemania – les indicó.
Se despidieron con formalidad del misterioso funcionario y Simon guardó la documentación y el dinero en su maletín.
Salieron de la embajada y agarrados de la mano dieron un pequeño paseo.
Se sintieron tan libres como en aquella playa de Francia donde habían chapoteado como adolescentes.
Con sus nuevos pasaportes de un estado neutral se abría un mundo de posibilidades para ellos.
Nadie se atrevería a detener a unos suizos y arriesgarse a un incidente diplomático con uno de los pocos países que todavía mantenía relaciones comerciales con todos los estados beligerantes.
Solo les quedaba obtener el dichoso salvoconducto que les acreditaría para hacer negocios en Alemania.
Intentarían obtener un original en la embajada alemana en Madrid.
De lo contrario, su contacto en Suiza les podría obtener copias falsificadas aunque no fueran tan seguras.
- Tres pasaportes diferentes en menos de un año ¿qué te parece? – Simon parecía contento.
- No está mal, si salimos vivos de esta podríamos escribir una novela – Simon enarcó las cejas y la miró divertido pero no dijo nada. Seguramente escribir una novela fuera el último de sus planes cuando acabara la guerra, pues acabaría, pero ya no estaba seguro en favor de quién.
Habían elegido para alojarse el Hotel Palace.
Con una fachada pintada de color blanco inmaculado, líneas elegantes y sencillas, de clara inspiración parisina, el inmenso edificio hacía esquina con dos de las arterias principales de la capital española.
Un alojamiento reservado para gente de alta alcurnia y rico patrimonio, pero que les daba la coartada perfecta, ya que ahora eran dos comerciantes suizos, y no podían alojarse en una pensión de mala muerte si no querían llamar la atención.
Paradójicamente la exclusividad del hotel les garantizaba el anonimato necesario.
De hecho, durante la primera guerra mundial, aprovechando la neutralidad de España también en aquella ocasión, personas como la famosa Mata Hari se habían hospedado allí.
Desprovisto de cualquier lujo, había servido como hospital republicano durante los años que duró la guerra civil española, además de haber albergado una guardería y la embajada de la Unión Soviética durante unas semanas.
No obstante, de aquello, ya no quedaba ni rastro.
George Marquet, el empresario belga que se había encargado de su construcción, recuperó la propiedad del hotel al finalizar la guerra e inició las obras de reparación de un edificio ruinoso que se había visto muy afectado por los bombardeos que también habían impactado sobre el cercano Museo del Prado.
Decían que del periodo anterior solo se había salvado parte de la cubertería y que habría que reponer todas las piezas y el mobiliario.
No se antojaba una tarea fácil y sin embargo, Marquet hizo las delicias de todos con los trabajos de restauración.
El hotel Palace resurgió de sus cenizas como el Ave Fénix.
El 1 de octubre de 1939, reabría sus puertas con todo su esplendor.
La opulencia había vuelto a sus salones y había borrado todo recuerdo de la infausta guerra que había asolado el país.
Ahora, la nobleza y la burguesía más exquisita de España, Europa y Sudamérica, disfrutaban de sus vacaciones en Madrid, lejos del sonido de los cañones.
Anne desempolvaba su español leyendo una revista en el salón del hotel tomando un té, mientras esperaba a Simon, cuando un hombre se le acercó.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Anne apreció que vestía de uniforme y lucía numerosas condecoraciones en su chaqueta.
Sin esperar a ser invitado se sentó a su lado en el sillón vacío.
Se presentó como Kurt Schneider, agregado comercial de la embajada alemana en Madrid.
Rondaría los cincuenta y tenía porte atlético.
Anne lamentó su mala suerte, pero no se arredró, allí no era británica sino suiza y no tenía nada que temer.
Le tendió la mano y él la tomo brevemente.
- ¿Le molesta que fume? – preguntó con cortesía.
- No, en absoluto, de hecho, yo también me encenderé un cigarrillo – respondió Anne con calma en francés.
- ¿Qué trae a una señorita como usted por Madrid?
- Señora – puntualizó ella – estoy aquí con mi marido. Hemos venido por negocios – no estaba dispuesta a dar más detalles de los estrictamente necesarios.
- Hmmmmm – aspiró el humo y parecía divertido por la respuesta – no es muy común encontrar mujeres en el mundo de los negocios. Es un terreno reservado para los hombres – añadió a modo de provocación.
- Es que yo no soy una mujer común señor Schneider, pero comprendo su confusión, sé que en Alemania el papel de la mujer está enfocado a otros fines – respondió Anne con desparpajo – no quisiera yo cuestionar los planes del Führer para con su población femenina, pero le agradecería no hiciera juicios de valor sobre mi posición en los negocios de mi marido – tras pronunciar estas palabras se arrepintió inmediatamente de su soberbia.
Sin embargo, el alemán parecía estar divirtiéndose.
- No me ha dicho exactamente a qué se dedican, pero creo que eso podrá explicármelo su marido, o usted misma, con más calma.
Si no tienen planes para mañana por la noche, vengan a la embajada alemana, habrá una pequeña velada para dar la bienvenida al nuevo año.
Será algo elegante, algo exclusivo, algo entre…
amigos – pronunció la palabra amigos con voz engolada – y creo que contar con la presencia de una mujer tan instruida como usted será grato para todos – Anne intuyó que aquel hombre no aceptaría un no por respuesta.
- Cuente con nosotros entonces – respondió ella con fingida tranquilidad.
El agregado hizo una pequeña reverencia y se dirigía hacia la salida. En ese momento, Simon, que regresaba de hacer unas llamadas desde el teléfono público del hotel, vio cómo aquel hombre se levantaba del sofá donde estaba Anne y se alejaba tras despedirse.
- ¿Quién era ese? – no le daba buena espina.
- Alguien que nos va a meter en un lío si no vamos mañana por la noche a la embajada alemana.
- ¿Ir a dónde? ¿Te has vuelto loca? – preguntó entre dientes mordiéndose la lengua – ¡Por el amor de Dios Anne! ¿Qué fue de la idea de ir discretamente a sus oficinas una mañana tras Año Nuevo? ¡Una fiesta!
- Siéntate y calla.