15 de diciembre de 1941 #3
Subieron a la habitación y cuando cerraron la puerta estallaron de nuevo en una carcajada.
Simon se dejó caer en una silla mientras se llevaba las manos a la cara y las lágrimas le saltaban de los ojos.
Anne se agarraba la tripa revolcada por el suelo.
¡Qué felices hubieran sido en otras circunstancias!
pensaba Simon. Pero quizá, y pensándolo bien, en otras circunstancias nunca se hubieran conocido.
Entre jadeos dejaron de reír y se miraron con los ojos brillantes.
Anne le tendió la mano a Simon y él enredó en sus dedos unos mechones de pelo.
Estaba preciosa con aquel corte aunque ella prefiriera su estilo anterior.
Simon se había dejado un fino bigote, le confería un aspecto más serio, pero para ella estaba igual de atractivo.
Se desvistieron el uno con una dulzura, sin prisa y dejaron que el chorro de agua tibia de la ducha les hiciera entrar en calor mientras los primeros truenos rompían en el cielo.
- No encuentro mis zapatos, Anne, ¿los ves por algún lado?
- Hmmmmm no, tampoco encuentro los míos.
¡Se los habían dejado en la playa! Entre avergonzados y divertidos por el descuido bajaron al comedor del hostal, y tomaron un café mientras esperaban a que amainase la tormenta.
No tardaron en dar con ellos, estaban completamente encharcados.
Se sentaron en la arena húmeda, y apoyados el uno en el hombro del otro contemplaron el atardecer.
Durante aquellas improvisadas vacaciones disfrutaron de una libertad que no habían tenido nunca.
Cenaban en pequeños bistrot y desayunaban en la terraza del hostal.
Los días pasaban sin novedad y poco a poco se fueron relajando hasta el punto de casi olvidar para qué habían estaban allí.
El hechizo se rompió la mañana del quinto día, cuando al bajar a desayunar, la mujer de la recepción les entregó un sobre que acababan de dejar allí.
No había sellos ni direcciones. Tan solo la indicación de entregarlo en mano a los señores Deschamps, tal y como había sido entregado esa misma mañana.
Terminaron sus tostadas con desgana. Vaciaron el sobre y examinaron su contenido.
Eran dos salvoconductos diplomáticos para agregar a sus pasaportes británicos y dos juegos de billetes de tren.
Debían llegar hasta Irún, donde un tren regional les llevaría hasta San Sebastián.
Una vez en San Sebastián cogerían otro tren hasta Madrid.
- ¿Cómo llegaremos hasta Irún? – preguntó Anne mientras doblaba su ropa y la colocaba dentro de la maleta.
- El tren que debemos coger sale mañana por la tarde. Estaremos preparados – afirmó Simon sin titubear, así que Anne se relajó y terminó de hacer el equipaje. Habían comprado algunos productos locales que envolvía con mimo. Quizá sirvieran como regalo en España.
Tal y como Simon había supuesto, un coche les fue a buscar al hostal.
Saldaron la deuda en el hostal y metieron las maletas en el portaequipajes.
Anne tenía la puerta abierta con un pie ya dentro para entrar, pero se detuvo.
El conductor susurró unas palabras al oído de Simon que no llegó a captar con claridad.
Le pareció no obstante detectar que unas pequeñas arrugas de preocupación se dibujaban en la frente de Simon.
Hablaron en voz baja durante un par de minutos más.
Se palmearon la espalda y dieron por terminada la conversación.
El viaje hasta Irún discurrió sin incidentes.
En la frontera, un puesto de la Guardia Civil española inspeccionaba de forma minuciosa todos los vehículos que se internaban en su territorio.
El conductor hablaba fluidamente español y respondió a todas las preguntas de los agentes con naturalidad.
Anne y Simon guardaban silencio mientras trataban de aparentar normalidad.
Por la ventanilla, Anne vio como otra pareja de agentes sacaban del maletero de un vehículo a un hombre y a una mujer que trataban de cruzar la frontera ilegalmente.
Un hombre con uniforme gris salió de la caseta del puesto de control, por su aspecto podría jurar que aquel hombre no era español.
Según su información los españoles eran más morenos y bajitos.
Aquel hombre era rubio, corpulento y tenía cara de pocos amigos.
Quizá era uno de los agentes alemanes que se habían apostado en las fronteras con el beneplácito del gobierno de Madrid.
Agarró a la pareja y al conductor del vehículo, y apuntándolos con su arma los apartó hacia la cuneta, y ante la expresión horrorizada de Anne que se mordía con fuerza el interior del carrillo para evitar gritar, apretó el gatillo y tras tres certeros disparos los cuerpos inertes se desplomaron sobre el asfalto.
Anne cerró los ojos y se llevó las dos manos con la boca para evitar que cualquier sonido delator saliera de su garganta.
Aterrada y asqueada ante aquel acto tan atroz, desprovisto de cualquier humanidad solo deseó salir viva de aquella.
Tras haber estado parados un tiempo que Anne no supo mensurar, los agentes fronterizos les flanquearon el paso hacia Irún. Despacio, el vehículo reemprendió la marcha. Anne miró a Simon todavía en estado de shock. Sin dejar traslucir ninguna emoción, Simon se llevó un dedo a los labios.