15 de diciembre de 1941 #2
El alemán palmeó dos veces con firmeza el techo del vehículo y el conductor arrancó.
Dejó escapar un suspiro. Parecía más aliviado él que Simon y Anne.
Hicieron el resto del trayecto en silencio.
Cuando bajaron del vehículo Simon cogió las maletas.
Anne se disculpó y fue corriendo al aseo.
Casi sin tiempo de cerrar la puerta se agachó sobre uno de los váteres y vomitó.
Se limpió los labios, se lavó la cara con agua fría y se refrescó la nuca.
El espejo le devolvió una imagen deplorable y se dijo que tenía un aspecto horrible.
Se arregló el maquillaje y fue en busca de Simon. Lo encontró en la fila esperando a que les dieran acceso al andén.
- ¿Tengo que preocuparme?
- ¿Preocuparte de qué?
- Tienes mala cara.
- No estoy embarazada si eso es lo que te preocupa. Solo estoy nerviosa. Ha sido lo primero que se me ha ocurrido
- No me preocupa si estás o no encinta. Me preocupa que estés bien. Aunque desde luego que un bebé ahora es lo último que necesitamos – y añadió unas innecesarias palabras que hirieron a Anne – sería un inconveniente.
- Pues si no quieres… – se mordió la lengua y resopló dándole la espalda.
- No ahora.
- No ahora - estuvo de acuerdo, aunque se sumió en un silencio oscuro.
Ya instalados en su compartimento. Anne iba sentada en el sentido de la marcha, Simon frente a ella.
- Lo siento – Simon sabía que había dado donde más dolía y que no había tenido ningún tacto. Anne había perdido un hijo hacia un año y medio y él había sido demasiado sincero expresando sus sentimientos – perdóname, he sido un insensible.
Anne no pensaba dar su brazo a torcer tan pronto y estaba dispuesta a hacer sufrir a Simon un poco más sin dirigirle la palabra.
Simon se sentó a su lado. La rodeó con sus brazos y ella se dejó caer.
Sollozó como cuando tenía seis años. Simon le colocó suavemente el pelo detrás de la oreja y le susurró al oído "Algún día amor, algún día".
Dejó de llorar, pero no dijo nada. Era demasiado bonito para ser cierto.
Pensar en el futuro era un lujo que no podían permitirse.
Cerró los ojos y se durmió escuchando los latidos y la respiración acompasada de Simon.
Poco después, acunados por el traqueteo del tren, él también entró en un agradable estado de duermevela.
Les despertó el sonido de la puerta del compartimiento deslizarse pesadamente mientras se abría. El revisor se excusó y les solicitó los billetes. Por tercera vez aquel día Simon sacó los billetes. El revisor hizo unas comprobaciones rápidas y se los devolvió con una nueva marca de troquelado.
Hacían su entrada en la estación de Biarritz pasado el mediodía. Salieron al exterior y un hombre se les acercó.
- ¿Los señores Deschamps? – asintieron – acompáñenme hasta el coche. Yo les llevaré las maletas.
El conductor observaba con atención los retrovisores y el resto de vehículos. Una hora más tarde estaban llegando a la pequeña localidad costera de San Juan de Luz. Antes de que se apearan les hizo una advertencia.
- No se muevan de aquí. Esperen a recibir instrucciones – con tranquilidad agregó – España, aunque oficialmente neutral en la contienda, está gobernada por un régimen afín a las fuerzas del eje.
Alemania e Italia habían prestado cuantiosa ayuda a los sublevados contra el gobierno de la República española.
De Berlín y Roma había llegado material bélico, soldados y aeronaves durante la contienda.
Muchos eran los que pensaban que los campos españoles habían sido un laboratorio donde italianos y germanos habían probado su recién engrasada máquina bélica.
La Guerra Civil española duró tres años, desde 1936 hasta 1939, y había asolado el país, diezmado a su población y esquilmado su riqueza.
El 1 de abril del año anterior la guerra había terminado oficialmente con la victoria de los golpistas, instaurando así un régimen dictatorial.
Anne y Simon asintieron, sabían de la situación en España y de que cruzar la frontera hacia Irún no era ni tan fácil ni tan seguro si no se hacía en las condiciones y la forma adecuadas. Se despidieron con un apretón de manos y caminaron hasta el que sería su alojamiento los próximos días.
El hostal donde habían elegido alojarse estaba ubicado en el paseo marítimo. Apenas tres escalones separaban el jardín de la playa. La habitación era sencilla y al abrir la ventana el olor del océano entraba a raudales con la brisa de poniente.
Dejaron las maletas y se cambiaron de ropa.
La playa estaba desierta y, aunque menos que en París, también hacía frío.
Paseaban el uno junto al otro, descalzos, disfrutando de la sensación de la arena que se metía entre los dedos de los pies.
Y entonces sus manos se encontraron en el vaivén de los brazos.
Sus dedos se entrelazaron en silencio. Era como la luna de miel que no había tenido, solo que el hombre con el que paseaba no era realmente su marido, y el que una vez lo fuera había dejado de serlo.
Dejó escapar un débil suspiro, imperceptible para Simon.
Llegaron al final de la playa, las olas batían sobre las rocas y el agua les salpicaba la ropa.
Se pararon y sus miradas se perdieron en el vasto océano.
- Siempre quise ir a Nueva York.
- Yo te llevaré.
- Si salimos de esta.
- Saldremos.
- ¿Y eso cómo lo sabes?
No hubo contestación porque, en un movimiento completamente inesperado Simon la cogió en volandas y corrió con ella hacia el agua. Anne gritaba histérica.
- ¡Simon suéltame inmediatamente! ¡Simon estamos en invierno! – entre lágrimas de risa amenazaba a Simon sin demasiada convicción – ¡Campbell pienso poner una queja ante sus superiores! ¡Irá usted directo a un consejo de guerra por matarme de frío!
Simon reía a carcajada limpia. Nunca le había visto tan feliz.
Simon, siempre impertérrito y tan serio, parecía otro.
Tropezó al llegar a la orilla y ambos rodaron por la arena y cuando intentaron levantarse una ola rompió a su espalda y los empapó completamente arrastrándolos hacia dentro.
Anne salió a la superficie y escupió el agua que había tragado.
Simon se encogió de hombros y acompañó el gesto con una expresión angelical.
Un escalón en la arena del fondo hizo que pronto el mar les cubriera por encima de la cintura.
Se salpicaron y jugaron en el agua como dos adolescentes.
Miraron hacia arriba y vieron como el cielo empezaba a cubrirse.
Nubes cada vez más negras se acumulaban en el horizonte.
Salieron del agua con los dientes castañeándoles y corrieron por la orilla hasta llegar al hostal antes de la tormenta tocase tierra.
Se compusieron un poco antes de entrar, pero su aspecto los delataba y la recepcionista les lanzó una mirada de reprobación, pero qué importaba.