Un consulado en París 15 de diciembre de 1941
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15 de diciembre de 1941

Simon volvió a la buhardilla bien entrada la noche.

Anne, le esperaba acurrucada en la cama envuelta en dos mantas.

Hacía un frío glaciar, y apenas podían conseguir algo de carbón en el mercado negro.

Todos el carbón de las minas francesas iban directamente a las reservas alemanas, no quedando prácticamente nada para una población, que cada vez vivía en condiciones más precarias y veía diezmados sus recursos.

-           ¿Ha habido suerte? – preguntó en un susurro. Simon se metió con rapidez en la cama y la estrechó contra su pecho rodeándola con el brazo.

-           Me temo que no, no habrá salvoconductos para nosotros – exhaló un profundo suspiro.

A pesar de las más de seis horas que esperó a la intemperie frente a la Prefectura de Policía en la plaza Louis Lepine, no le sorprendió en absoluto que se lo hubieran denegado.

Sin embargo, no por ello se sentía menos decepcionado.

La dirección general de operaciones especiales les enviaba a Ginebra.

Allí se les asignarían nuevas tareas. No les habían dado más información pero si tenían que hacer desplazarse a dos agentes tan lejos la cosa iba en serio.

Los vuelos comerciales habían quedado suspendidos con el estallido de la guerra así que volar nunca había estado encima de la mesa.

La única forma de llegar a Suiza directamente habría sido utilizar el tren hasta Ginebra, pasando de la Francia ocupada a la Francia de Vichy, o de la Francia norte a la Francia sur como lo había denominado el régimen nazi, por medio de un pase especial.

Si con el pase no era suficiente utilizarían sus pasaportes británicos una vez en la frontera, aunque preferían no hacerlo ya que las estaciones de tren y especialmente los pasos de frontera estaban plagados de colaboracionistas.

Era un plan arriesgado, pero podía ser factible con la suerte y el aplomo necesarios.

Sin embargo, nada de esto era posible a menos que se estuviera en posesión de una tarjeta identificativa, Ausweis , o un pase de libre movimiento, passierschien , del que solo gozaban los altos mandos políticos del gobierno de Vichy.

Ambos documentos los emitía el gobierno alemán en la Francia ocupada, siempre y cuando no sospecharan de que con esos pases se realizarían actividades que pusieran en peligro la integridad del régimen o directamente implicaran la huida del país.

-           ¿Qué te han dicho en la prefectura? – Anne estaba visiblemente afectada. Todo lo que Simon se proponía lo conseguía, pero con el régimen nazi las cosas eran cada vez más difíciles.

-           Que no hay salvoconducto, que si queremos saber de “nuestra familia” en Lyon tendremos que enviarles una carta. No he querido insistir más, no conviene atraer demasiado la atención – le acarició el pelo – buscaremos una alternativa.

En apenas dos horas tenían listo su equipaje, tan solo llevaban una pequeña maleta cada uno, más por seguridad que por necesidad, ya que si salían de París con una cantidad desproporcionada de equipaje para lo que supuestamente sería una semana de vacaciones, se convertirían automáticamente en sospechosos de querer huir.

Si eso ocurría, lo más probable era que los encarcelasen, o algo mucho peor.

Tomaron un taxi hasta la estación de Austerlitz desde donde saldría su tren destino Biarritz. El taxista les preguntó el motivo por el que viajaban, no parecía que tuviera demasiado interés, tan solo pretendía romper el tenso silencio que se había instalado en los asientos traseros.

-            Vamos de luna de miel.

-            ¿Se acaban de casar? Félicitations !

-            No, hace un año que estamos casados.

El conductor hizo un gesto para preguntar algo más, pero Simon fue efectivo y escueto "No hemos viajado antes ya que mi madre falleció".  Sorprendido por la respuesta el hombre cerró la boca y no hizo más preguntas.

Anne miraba por la ventanilla y con la mano apoyada en el cristal se iba despidiendo en silencio de aquella ciudad que había sido su casa durante casi tres años.

No sabía si volverían, y si lo hacían, tampoco sabía cuándo.

Las avenidas se iban sucediendo y la ciudad, junto con sus recuerdos, iba quedando poco a poco atrás.

No pudieron despedirse de los pocos amigos y conocidos que quedaban en París.

Tan solo Louise sabía que se marchaban. Informar a todos de sus verdaderas intenciones les hubiera puesto en un riesgo innecesario, y, en el caso improbable de que alguien preguntara por ellos, no se verían obligados a mentir.

Rémi sin embargo, lo supo sin necesidad de palabras.

Hacía varios meses que no se veían y habían quedado a tomar un café en un sitio discreto.

Hablaron de banalidades durante una hora hasta que Rémi le preguntó por el verdadero motivo de querer verle.

Anne, que no podía contarle nada, simplemente le dijo que le hacía ilusión saber que estaba bien.

Rémi supo que había algo más, veía la angustia y la pena reflejada en ojos de Anne pero no le hizo más preguntas.

Se dieron un largo abrazo y se despidieron con un sentido “hasta pronto”.

El tráfico era fluido de no ser por los controles que los alemanes, en connivencia con el gobierno de Vichy, habían establecido en los accesos y salidas principales de la capital.

Dos calles antes de enfilar la avenida hasta la estación de Austerliz, los tres carriles convergían en uno solo, y una larga fila de coches esperaba pacientemente su turno mientras los agentes realizaban el control.

Agradecieron haber salido con tiempo de sobra.

Después de media hora de espera llegaron al control.

Un oficial con cara de pocos amigos se dirigió al conductor.

-            ¿A dónde se dirigen?

-            Llevo a estos señores a la estación de Austerlitz.

-            Pasaportes.

Anne buscó en su bolso y sacó los pasaportes franceses.

En parte era una suerte que les hubieran parado los alemanes y no lo policía de París, pues aunque sin apenas acento, hubieran detectado que no eran franceses de nacimiento y eso habría desembocado en una ardua batería de preguntas.

Parecía que les fuera la vida en descubrir “traidores a la patria” como los clasificaban.

Anne le pasó los pasaportes a Simon, el corazón le latía a toda velocidad y estaba segura que sus latidos se escuchaban por todo el vehículo.

-           Aquí tiene – Simon bajó la ventanilla y le tendió la documentación abierta por la hojas de identificación. El alemán los escudriñó y pasó las hojas varias veces.

-            ¿Dónde van los señores Deschamps?

-           ¡Los señores van de luna de miel! – el conductor respondió por ellos lo que le costó un apercibimiento por parte del oficial.

-           A usted no le he preguntado.

Aprenda a no meterse en asuntos ajenos y a no hablar cuando no se le pregunte si no quiere tener problemas – el conductor bajó la cabeza avergonzado y fijó la mirada en el volante – espero que no le importe que verifiquemos el maletero – el conductor negó repetidas veces con la cabeza sin quitar la vista del salpicadero.

-           Vamos a Biarritz agente. Mi mujer y yo vamos de luna de miel.

Ahora que por fin hay un gobierno que proporciona estabilidad.

¿Verdad, querida? – se giró hacia Anne y le guiñó un ojo para infundirle ánimos.

Se volvió de nuevo para seguir hablando con el oficial alemán – Sabe usted, hace un año cuando nos casamos ni nos hubiéramos atrevido a hacer este viaje.

Además mi madre había fallecido. Ahora Francia es un lugar más seguro – el oficial aceptó de buena gana el argumento de Simon y parecía satisfecho escuchando a franceses de bien, pues aquellos parecían un matrimonio de posibles, opinar que gracias a ellos, Francia era un lugar mejor.

Simon tenía carisma y era inteligente. Si algo había aprendido en todos aquellos años era a no subestimar el orgullo de pequeños funcionarios y eslabones más bajos del ejército.

Si sentían valorado su trabajo era mucho más fácil obtener lo que se pretendía y evitar problemas.

Por el contrario, si sentían que los tratabas como a inferiores las cosas podrían ponerse muy feas.

-            Es un placer escuchar sus palabras caballero. ¿Le importaría mostrarme los billetes? Es por rutina.

-           Por supuesto, lo entiendo perfectamente, y hoy día nunca se sabe – extrajo los billetes del bolsillo interior de su americana.

Parecía relajado. Anne por el contrario notaba como se le empezaban a formar gotitas de sudor por la frente.

Ladeó la cabeza y se secó con un pañuelo.

El gesto no pasó desapercibido para el alemán que escrutaba los billetes.

-           Señora, está usted bien, parece indispuesta – Anne dejó entrever una sonrisa nerviosa e instintivamente se llevó las manos al vientre. Simon captó el sutil gesto.

-           Agente, es pronto para saberlo pero es muy probable que la señora Deschamps y yo vayamos a ser padres – se le hinchó el pecho de orgullo – ¿Tiene usted hijos?

Si no es indiscreción claro – el alemán se relajó y pareció evocar algo.

Simon había detectado una falla, al fin y al cabo era tan humano como ellos.

-            Tengo una hija, nació hace unos meses, está en Alemania con su madre. Soy afortunado ¿No cree?

-            Mucho – Simon posó su mano sobre la de Anne como si fuera el futuro padre más orgulloso del mundo.

Les devolvió los billetes y les pareció que debajo de su espeso bigote sonreía.

-            Les deseo a usted y a su esposa unas felices vacaciones y mucha suerte. Heil Hitler!

-           Heil Hitler – respondió Simon sin mucho entusiasmo pero con el aplomo suficiente. Ahora sí que empezaba a ser obligatorio saludar “como se debía”.