Un consulado en París Verano de 1941, París #2
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Verano de 1941, París #2

-           Es un castigo ejemplarizante mademoiselle Julie, no pretenden que sea justo ni proporcionado – su tono dejaba claro que no le gustaba que le interrumpieran – continúo pues.

La han condenado a seis meses en prisión o bien tres meses tras el pago de una multa.

La cantidad es tan alta que no va a poder pagarla.

He investigado un poco y trabaja en una panadería en el barrio latino. No puede permitirse ese gasto.

Simon le dio las gracias y le estrechó la mano enérgicamente. Con esa información era más que suficiente. Marcel se bebió el café de un sorbo, dejó unas monedas encima de la mesa y desapareció entre el gentío. Resolvieron que pagarían la multa de forma anónima y sacarían a Louise Aubry de allí.

-           Eres libre – un policía abrió la puerta de su celda para que saliera – alguien ha pagado tu multa. Y recuerda, si vuelves a meterte en problemas no habrá nadie para ayudarte – advirtió amenazante.

A Louise Aubry aquello le pilló de forma completamente inesperada.

No tenía ya familia ni amigos en París. Su marido había estado destacado en la frontera desde que se produjo el ataque en el mes de mayo.

El informe que recibió del estado mayor decía que había muerto luchando con honor.

Cuando semanas después recibió su cuerpo completamente destrozado pensó que el mundo se había acabado para ella.

Lo enterró en soledad en el cementerio de su pueblo natal en Bretaña y regresó a París.

Muchas veces pensó en quedarse allí, pero sentía su presencia dolorosamente cerca.

Murmuró unas débiles gracias, y salió por la puerta trasera de la Conciergerie temiendo que todo hubiera sido una pantomima y le pegasen un tiro en la nuca mientras salía.

Ya no se fiaba de nadie. Apoyada sobre el murete del muelle del Sena, había una mujer joven que la observaba bajo un sombrero.

Louise desvió la mirada y con la vista puesta en el horizonte caminó sin rumbo, lo importante era alejarse lo máximo posible de allí, recomponerse y pensar en los siguientes pasos con la mayor calma posible.

Escuchó el ruido de unos tacones a su espalda.

Era temprano y el día todavía no había empezado para muchos parisinos.

Apretó el paso, pero el retumbar de los zapatos sonaba cada vez más cerca.

Casi parecía que corrieran. Ladeó la cabeza y vio a la mujer del sombrero caminando en paralelo.

-            No se pare – le dijo ella – ¿cómo se encuentra señora Aubry?

-            ¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre? – aflojó el paso, pero no se detuvo.

-            Alguien que quiere ayudarla.

-            ¿Ayudarme? – Louise no era tonta y comprendió rápidamente - ¿usted me ha sacado de ahí?

-            Yo no. Un amigo.

-            ¿Por qué?

-            Estamos interesados en sus… habilidades, digámoslo así.

-           ¿Habilidades? No tengo habilidades especiales señora. Si me disculpa, debo recuperar mi vida. Más de tres meses sin jornal son demasiados.

-           Hace falta tener mucho valor para hacer lo que usted hizo – respondió Anne con énfasis – la mayoría hubiera seguido caminando o se hubiera echado a llorar. Personalmente, yo no sé qué hubiera hecho en su lugar.

-            ¿Cómo sabe lo que pasó? – Louise no trató de disimular su sorpresa.

-            Estaba allí.

Louise se frenó en seco. Anne la empujó suavemente hacia una calle poco transitada para que pudieran hablar tranquilamente.

Frente a frente, ambas mujeres se estudiaron durante unos instantes.

Louise era más alta. Calculó Anne que tendría la edad de Simon.

Tenía el pelo castaño y unos enormes y expresivos ojos marrones.

Los meses de malos tratos le habían pasado factura, estaba visiblemente malnutrida, las mejillas hundidas y tenía moratones amarillentos y azulados en los brazos.

Con todo, tenía un bonito rostro y una expresión dulce.

Louise miraba a Anne con curiosidad. Era de constitución pequeña, y su aspecto daba la sensación de ser frágil como una muñeca de porcelana.

Y sin embargo, en su mirada había una fuerza arrolladora.

Antes de que Louise pudiera decir nada, Anne le ofreció ir a tomar algo caliente.

Louise dudaba. Había pasado tanto tiempo encerrada injustamente que temió que con cualquier excusa volvieran a detenerla y diera de nuevo con sus huesos en una fría y oscura celda, pero tenía hambre.

La cárcel no se caracterizaba por su abundante comida.

Accedió y entraron a una pequeña cantina.

Les pusieron dos cafés en taza grande con croissants.

Louise desmenuzó el suyo con los dedos y Anne vio cómo se emocionaba con el primer bocado.

Era curioso cómo algo tan simple, tan cotidiano y sencillo, pudiera despertar tantas emociones.

Leyó el agradecimiento en sus pupilas. Desayunaron en silencio, disfrutando de unos instantes de sosiego.

-            Gracias señorita…. – murmuró Louise – no me ha dicho su nombre.

-            Puedes llamarme Julie, tutéame. Y si no te molesta, yo te llamaré Louise.

-           Claro – Anne posó su mano encima de la Louise. El suave contacto de la piel de aquella joven le transmitió una agradable sensación de paz. Nada que ver con los golpes recibidos. Quizá su suerte empezaba a cambiar.

Louise le indicó cómo llegar a su casa. Tomaron el autobús y llegaron hasta una pequeña casita en la periferia de París.

Los rayos de sol entraban con fuerza por las ventanas y las motas de polvo brillaban suspendidas en el aire.

Louise pasó un dedo sobre la mesa de la cocina, gris.

Todo estaba como lo había dejado. Anne la ayudó a desvestirse, la metió en la bañera y la ayudó a lavarse como hubiera hecho una madre.

Llenaba un cuenco de agua caliente y la dejaba caer por su cabello mientras esta cerraba los ojos.

La envolvió con una toalla con cariño y esperó a que se pusiera algo de ropa limpia.

Louise estaba inmensamente agradecida, pero sabía que Anne no la había acompañado solo por cortesía hasta casa. Preparó una infusión, era lo único que había en la alacena, y la invitó a sentarse.

-            ¿Y bien Julie? ¿Qué quieres o queréis de mí?

Anne no contestó inmediatamente a la pregunta.

-            ¿Tienes familia?

-           En París no, mi marido murió hace meses en el frente, no hacía mucho que nos habíamos mudado a París porque a él lo habían destinado a Île-de-France. Mis padres y mis hermanos están en la zona libre.

-            ¿Amigos? – Louise negó con la cabeza.

Anne dio un largo sorbo a su infusión y comenzó a hablar despacio.

Le habló a Louise de los grupos de operaciones especiales que se estaban conformando, del papel fundamental que tenían en el continente y de la labor vital de todos y cada uno de ellos desempeñaban, especialmente en la Francia ocupada.

De sus acciones de hoy dependerían importantes operaciones futuras.

No tenía claro cuáles ni de lo que estaba hablando, pero el discurso era importante.

Era un discurso que apelaba no solamente al sentimiento de odio por los alemanes, sino también al coraje y al heroísmo.

-           ¿Cuándo empezamos? – preguntó Louise por respuesta – han matado a mi marido y me han separado de mi familia. Es hora de quitarles algo a ellos.

-           Búscame mañana en los Jardines de Luxemburgo a las cinco. Te presentaré a quien te sacó de la celda. Bienvenida a la unidad Waltz Louise.

Louise resultó ser una incorporación de lo más eficaz.

Excedió sus expectativas con creces. Realizaba sus funciones de forma espectacular, pero nunca se exponía innecesariamente, nunca hacía locuras, ser francesa le confería una ventaja extra sobre Anne y Simon y habían sabido explotarla al máximo.

Sus tareas fundamentales era buscar alojamiento en París para nuevos agentes de la dirección general de operaciones, así como de hacer de correo y transmitir mensajes a otras unidades.

Recuperó su trabajo en la panadería y ello facilitó enormemente las cosas.

Desarrolló un ingenioso método. Escondía mensajes dentro de hogazas y barras de pan que a continuación cocía y entregaba a los clientes adecuados.

Era una forma eficaz de pasar información y hasta la fecha la policía no había registrado nunca el interior de una baguette.

Además, tenía contactos en el mercado negro, donde conseguía harina cuando no llegaba de las granjas, lo cual le hizo desarrollar interesantes conexiones, pero nunca se delató.

Gracias a Louise tenían noticias fidedignas de la situación fuera de París, del malestar entre los agricultores y ganaderos, la tensión en las minas de carbón requisadas por los nazis para asegurar el flujo continuo de carbón al frente.

Louise se convirtió en una fuente inagotable de información y también en una amiga. Entre confidencias y sabotajes pasó el otoño sin novedad, y de nuevo los primeros copos de nieve cubrieron de blanco la ciudad.