Un consulado en París Verano de 1941, París
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Verano de 1941, París

Desde que París fuera tomada por el ejército alemán las cosas habían cambiado mucho.

La embajada había pasado a estar bajo protección del gobierno de los Estados Unidos, neutral en la contienda para desesperación de los Aliados, y su actividad había quedado completamente suspendida.

Así, la protección de los Estados Unidos garantizaba la inviolabilidad de un edificio que había sido vaciado de toda documentación relevante para ser enviada fuera de París.

El último año había sido de enorme intensidad para Anne y Simon.

Como primeros agentes del SOE en París habían dedicado ingentes cantidades de esfuerzo a pequeñas actividades de sabotaje en instalaciones y comunicaciones, pero sobre todo habían establecido los cimientos de una prolífica red de agentes en París.

Desde pequeños comerciantes que actuaban como correo e informadores, a cambio de acceso al mercado negro, hasta empleados de burdeles y cabarets frecuentados por los soldados alemanes durante sus permisos.

La máxima del ejército nazi había sido “al menos una vez en París” por lo que parisinos y alemanes convivían en un ambiente cada vez más tenso.

Los franceses toleraban en público a las fuerzas ocupantes y los maldecían en privado por las continuas privaciones y el racionamiento cada vez más estricto de comida y combustible a la población.

Estaban obligados a respetar el toque de queda, nadie podía salir por la noche, ni tampoco encender las luces para evitar que la aviación aliada bombardease la ciudad.

El resentimiento de la población francesa, había sido el caldo de cultivo perfecto para combinar las acciones de la dirección especial de operaciones con las de la resistencia francesa.

Aún había mucho trabajo por hacer, pero debían ser cautelosos, un paso en falso y toda la red se iría al traste.

Por seguridad, Anne no sabía quiénes formaban parte de los otros grupos que operaban en París, tan solo conocía sus nombres en clave y la forma de comunicarse con ellos.

Simon, por haberlos reclutado, sí tenía esa información, pero se la reservaba para él, e incluso eso era demasiado peligroso para ambos.

Todos tenían un nombre en clave, Anne y Simon habían elegido Waltz , pues tenía significado personal para ellos.

Otros ejemplos de grupos que se crearon eran Farmer, Japonica, Cinema o Autogiro.

​ Trabajaban bien solos, además, cuanto más pequeños los grupos menos opciones de ser descubiertos.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, Anne y Simon incorporaron a un tercer miembro a su unidad.

Hacía calor, el sol de julio caía inclemente sobre sus cabezas.

En uno de sus múltiples paseos de reconocimiento, cuando Anne y Simon paseaban bajo los soportales del museo del Louvre presenciaron como un soldado alemán era contundentemente abofeteado por una guapísima mujer francesa, al parecer fruto de unos comentarios poco apropiados que él le había proferido.

Simon y Anne se quedaron de piedra y se mordieron la lengua para no reírse.

La diversión duró poco ya que instantes más tarde, la mujer estaba rodeada de varios policías que se la llevaban detenida.

-           ¿Has visto eso? – preguntó entre dientes Anne mientras forzaba una sonrisa al pasar cerca del grupo de policía que se había amontonado alrededor del agraviado.

-            Sí, tiene agallas está claro – se miraron y se entendieron sin palabras.

-            ¿Qué tiene usted en mente señor Deschamps?

-           No se lo puedo contar señora Deschamps, tendrá que esperar – respondió con tono de misterio. Siguieron con la mirada a la mujer detenida y tomaron nota mental de la matrícula del coche donde se le llevaron.

-           No pueden habérsela llevado muy lejos, y más por un incidente como ese – en realidad, Anne no estaba del todo convencida de que aquello no fuera a tener mayores consecuencias.

-           Buenos días – Simon se quitó el sombrero para saludar a la mujer que barría afanosamente el rellano del ruinoso edificio.

-            Buenos días caballero, ¿en qué puedo ayudarle?

-            Vengo a ver al señor Blanchard – la mujer no parecía convencida – soy un amigo.

-            Pase – la mujer resopló, pero se hizo a un lado y siguió con sus quehaceres.

Simon subió de dos en dos los escalones que llevaban al tercer piso con naturalidad y seguridad. Tocó con los nudillos una de las puertas.

-           ¿Quién va? – una potente voz masculina le llegó desde dentro de la vivienda. Simon entró con sigilo. El hombre levantó la vista de su periódico y se le iluminó la cara.

-           ¡Simon muchacho, por el amor de Dios, qué haces aquí! – se abrazaron palmeándose la espalda como lo harían dos viejos amigos.

-            Marcel, shhhh, ya no soy Simon – hizo una teatralizada reverencia – Alexandre Deschamps a su servicio.

-            Ah bribón, siempre encuentras el camino ¿qué te trae a mi humilde despacho? ¿Café? – Simon negó con la cabeza.

-            Necesito cierta información – comentó sin rodeos.

-           ¿Qué clase de información? – el francés, pensativo, se mesó el espeso bigote blanco – Simon, Alexandre, como quiera que te llames ahora, estoy jubilado. Además, ¿qué saco yo a cambio?

-            Hmmmmm ¿La satisfacción de haber hecho lo correcto? – respondió Simon con expresión angelical.

Marcel Blanchard y Simon se habían conocido hacía dos años por azar.

Había que actualizar unos protocolos de seguridad de la embajada con el ministerio del interior francés, y por motivos evidentes, Simon era la persona adecuada para lidiar con las autoridades.

En aquel momento Marcel Blanchard estaba a punto de jubilarse y se dedicaba a asuntos administrativos.

Se cayeron bien de inmediato, y Simon descubrió que Marcel era un germanófobo empedernido y que odiaba a los políticos, todos ineptos decía.

Era una postura controvertida pero él decía que su edad le hacía prácticamente inmune porque todos pensaban que chocheaba.

Se había jubilado hace unos meses y a Simon le había costado un par de semanas dar con su nueva dirección.

-            Verás, esto te va a hacer gracia. Hace una semana una mujer fue detenida.

-            ¿Y qué tiene eso de gracioso?

-           Espera, espera. Fue detenida porque un soldado alemán fue bastante grosero con ella – “cerdo teutón” murmuró el viejo – pero ella no se arredró, y le dio un bofetón ¡En medio de la plaza del Louvre! – Marcel soltó una estruendosa carcajada.

-           Tiene valor esa señorita ¿y quién es ella si se puede saber? – Simon era consciente de que había captado completamente la atención del antiguo policía.

-            No lo sé. Eso es lo que necesito saber.

-           ¿Estás metido en un lío o la vas a meter a ella?

– Marcel le miró fijamente – bueno, mira, yo no quiero saber nada.

Vete y veré lo que puedo hacer. Me vas a buscar la ruina…

– refunfuño – no te quiero volver a ver por aquí, pero, en el improbable caso de que averigüe algo ¿Cómo podré dar contigo?

Simon se permitió una leve mueca de suficiencia, sabía que Marcel no lo dejaría en la estacada.

Era un hombre con un alto sentido del deber, el honor y la justicia.

Estaba seguro de que haría lo que estuviera en su mano para echarle una mano.

Simon estaba tranquilo, sabía que no le delataría.

Otros policías venderían a su madre por congraciarse con el nuevo régimen, pero Marcel estaba hecho de otra pasta, y su lealtad a los valores de la república francesa estaba muy por encima de su lealtad a cualquier político o gobierno en particular.

-            Búscame cualquier tarde en el café Les Deux Magots .

-            Ahhhh – exclamó – toujours un bon vivant

-            Qué más quisiera yo… – abrazó de nuevo al viejo policía – ya sé dónde está la salida.

Antes de marcharse, sacó una botella de whisky escocés del interior de su abrigo y la dejó en la repisa de la entrada. Le guiñó un ojo a Marcel y cerró tras de sí. Simon Campbell podía ser un caradura, pero no era ningún desagradecido.

Simon y Anne tomaban un helado en la terraza de Les Deux Magots , establecer una rutina era clave para ambos, pues la cotidianeidad siempre era una firme aliada para alejar cualquier sombra de sospecha.

Simon jugaba distraídamente con las llaves cuando Anne vio que un hombre mayor, con una gruesa barriga y aspecto bonachón se acercaba por su espalda.

No esperó a ser invitado a sentarse con ellos.

Asió una silla de otra mesa y la colocó con naturalidad en la mesa donde ambos estaban sentados. Pidió un café solo y habló:

-            Me ha costado una semana – refunfuñaba dirigiéndose a Simon. Anne vio de reojo como Simon sonreía satisfecho.

-           Sabía que no me fallarías viejo gruñón – Simon se volvió hacia Anne – querida, te presento a Marcel Blanchard, un viejo amigo.

-            Enchanté madame, ¿mademoiselle? – no sabía quién era ella exactamente.

-           Julie, es una buena amiga – aclaró Simon. Marcel hizo un gesto de conformismo. Si algo había aprendido era a no preguntar más de lo necesario.

-            ¿Y bien? – preguntaron Anne y Simon al unísono.

-           Vuestra mujer se llama Louise Aubry – bajó el tono hasta resultar prácticamente inaudible, casi tenían que leerle los labios – está en los calabozos de la Conciergerie.

En el juicio, o más bien en la pantomima que se celebró tras su detención fue condenada por altercado en vía pública y ataque a la autoridad – Anne resopló con fastidio.

-            Por favor, fue mucho menos que eso.