Un consulado en París 14 de junio de 1940
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14 de junio de 1940

Desde las ventanas de la buhardilla de los Campos Elíseos, Simon y Anne observaban al ejército alemán marchar sobre París.

El estruendo de millares de pares de botas caminando en formación recordaba al de un trueno que no cesaba.

Y la tormenta no había hecho más que empezar.

Los años de la ocupación se sucedieron como una serie de humillaciones y privaciones para todos los que vivían en Francia, pero especialmente en París.

Simon se llevó las manos entrelazadas a la nuca y comenzó a dar vueltas por la habitación. Anne se mordía el interior del carrillo con nerviosismo. Aún no tenían noticias de Samuel.

-            Esperaremos, no nos queda otro remedio.

-            No nos moveremos hasta tener los pasaportes franceses.

Al caer la noche, escucharon unos pasos en la escalera, alguien estaba subiendo hasta el último piso.

Pegaron la espalda a la pared, justo donde abría la puerta.

Tocaron a la puerta. Simon se preparó para abrir mientras Anne sujetaba una pistola cubriéndole la espalda.

No había portado jamás un arma y le imponía un enorme respeto.

Para su sorpresa, descubrieron que se trataba de un niño, sucio y desaliñado, seguramente no tendría más de diez o doce años.

Sacó un paquete del morral que llevaba colgado y se lo entregó a Simon.

- Pour vous Monsieur – y salió corriendo antes de que pudiera siquiera comprobar el contenido del sobre, y mucho menos agradecerle el viaje.

Nuevos y flamantes, los ansiados pasaportes franceses estaban ya en sus manos. Junto a ellos también había las correspondientes cartes d’identité . Simon le tendió sus documentos a Anne mientras ambos se familiarizaban con sus nuevas identidades.

-            Alexandre Hugo Deschamps, no está mal – miró por encima del hombro el pasaporte de Anne.

-            Julie Amandine Deschamps, creo que podría acostumbrarme.

-           Esto y nuestra nueva apariencia nos compran algo de tiempo, quizá en algún momento dejen de servir, pero por el momento será suficiente para organizarnos.

Fue una suerte para ellos que Samuel les hubiera provisto de las tarjetas de identidad, pues en noviembre de 1940, el mariscal Pétain declararía que solo estas tarjetas servirían para identificar a los franceses.

Paradójicamente, el elemento de mayor control e identificación de la población se convirtió en el  mejor aliado de la resistencia francesa, ya que resultaban relativamente fáciles de falsificar.