11 de junio de 1940
Por segunda vez en menos de un mes, Winston Churchill había viajado con carácter urgente a Francia para entrevistarse con Paul Reynaud.
Pero esta vez, y tras la huida del gobierno de París, su avión aterrizó cerca de Briare, donde se había instalado el Gabinete de Guerra francés.
La reunión duró apenas una hora, y a ojos de todos, el primer ministro volvía a Londres.
Unos golpes en la puerta de su despacho lo sacaron de su ensimismamiento mientras revisaba unos cables.
- ¿Qué ocurre?
- Señor Campbell, Winston Churchill está aquí – Simon le miró ojiplático.
- ¿Por qué nadie me ha avisado? – su asistente se encogió de hombros, no tenía respuesta – ¿Está el embajador avisado?
- Sí señor, les están esperando en su despacho.
Simon dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y caminó por el desierto pasillo a grandes zancadas.
Anne, que había visto al primer ministro llegar desde las ventanas de la sala común que daban al patio principal, ya se preparaba para espiarlos.
Sin embargo, cuando se dirigía de forma distraída hacia el despacho del embajador, vio a Simon a punto de entrar.
Y él, que ya la conocía demasiado bien, le lanzó una mirada de reprobación, dándole a entender que sabía perfectamente que no estaba allí por casualidad.
Y le hizo un gesto para indicarle que diera la vuelta y que más tarde se lo contaría todo.
Anne giró sobre sus talones y volvió a su mesa.
Dos horas más tarde se encontraron en el jardín, dentro del invernadero.
Simon la puso al corriente. El gobierno francés quería que Gran Bretaña se lanzase a la ofensiva para defender París en un último y desesperado intento, con la esperanza de que el contraataque hiciera retroceder a los alemanes por detrás de sus fronteras.
Aquello era imposible y Churchill se había negado en redondo, apenas quedaban escuadrones aéreos y no podían permitirse perder ni un solo avión más.
Aeronaves y pilotos eran el orgullo de Gran Bretaña y el primer ministro presentía que serían muy necesarios en un futuro no muy lejano.
- ¿Entonces cuál era la intención del primer ministro si ya sabía que las peticiones del gobierno francés eran imposibles de garantizar?
- Eres demasiado lista – Simon sonrió con algo de tristeza – la verdadera razón de su visita era asegurarse de que la flota francesa no caiga en manos alemanas.
Si los buques franceses se unen a la flota alemana será difícil que mantengamos el control sobre el Mediterráneo desde Gibraltar y el abastecimiento al norte de África ya que nuestros barcos navegan por el Atlántico.
Churchill ha pedido al gobierno que, si no está dispuesto a hundir su flota, que al menos de orden de que se dispersen de inmediato hacia puertos británicos desde el Atlántico y hacia Toulon o Argelia los que estén en el Mediterráneo para así pasar a estar bajo mando británico.
El almirante Darlan es muy reacio a tomar cualquiera de las dos medidas.
Me temo que pudieron salvar los aviones gracias a tu intervención, pero no sé si podrán salvar los barcos – añadió con tono abatido.
Anne guardó silencio. Aquel era un duro golpe para todos los que luchaban en la contienda.
Y estaba segura de que si esa era la decisión final era porque cualquier otra alternativa suponía unos riesgos tan elevados que los aliados no podían permitirse asumir.
Sin embargo, la perspectiva de que los buques británicos hundieran buques franceses le resultaba repulsiva y casi antinatural.
- Anne – se puso muy serio.
- ¿Qué ocurre? – frunció el ceño y observó a Simon con preocupación.
- Quiero que conozcas al Primer Ministro.
- Es una broma ¿verdad? – escudriñó el rostro de Simon en busca de alguna pista, pero no parecía estar bromeando.
- Lo digo en serio.
- ¿Y de qué podría servirle yo? No creo que sea el momento de molestarle Simon. Tiene cosas mucho más importantes que hacer y tú mejor que nadie deberías saberlo. Además, ¿no ha vuelto ya a Londres?
- No admito un no por respuesta – su tono fue cortante – te veo en diez minutos en la puerta del despacho grande del primer piso – se recolocó la chaqueta y abandonó el invernadero.
Tal y como Simon había dicho, minutos más tarde Anne y él esperaban fuera a que les hicieran pasar.
Anne estaba hecha un flan, ella, que en la vida tenía pocas aspiraciones, tan solo ser feliz, y pareciera que hasta eso fuera pedir demasiado.
Ella, estaba a punto de conocer al primer ministro del Reino Unido para Dios sabía qué.
Simon le acarició suavemente con los dedos la mano y el contacto con su piel tibia le infundió ánimos.
La puerta se abrió y les invitaron a entrar.
Simon primero, Anne pisándole los talones.
Cómodamente instalado en un sillón de orejas, Winston Churchill escribía en una libreta con una pluma estilográfica y fumaba con calma un puro.
Era corpulento, y el tiempo iba cincelando poco a poco su rostro, dibujando algunas arrugas en su frente.
Debía estar absolutamente desbordado por los acontecimientos, con docenas de frentes abiertos y, sin embargo, su aspecto no transmitía nada más que calma y serenidad.
Su presencia hacía parecer que, como por arte de magia, todos los problemas se hubieran quedado fuera de aquella estancia.
- ¿Champán? – y abrió la mano en dirección a la botella que descansaba sobre el aparador.
- No, muchas gracias Primer Ministro – Simon se adelantó con rapidez.
- Entonces dígame, qué te trae por aquí Simon y ¿quién es esa encantadora joven que te acompaña?
Creo que no he tenido el gusto de conocerla – dejó la libreta sobre el brazo del sillón y se levantó para tomar la mano de Anne con galantería – enchanté – se decía que había sido un seductor en sus años de juventud, hasta que apareció Clementine Hozier en 1908.
Se casaron y ahí acabó todo, inseparables desde entonces.
- Le presento a la señora Anne Adler, señor Churchill. Ella fue quien facilitó el mapa de París con las ubicaciones estratégicas gracias al que pudimos alertar al ministerio de guerra y corroborar los mensajes interceptados por radio.
- Así que fue ella – aspiró el puro y dejó que el humo llenara sus pulmones – un fantástico trabajo señora Adler ¿Habla usted algún idioma a parte del inglés y presumo que el francés? ¿Alemán quizá?
Anne se quedó sorprendida de la familiaridad con la que Simon y Churchill se trataban. Y más sorprendida aún de que la historia de su mapa hubiera llegado a oídos del Primer Ministro.
- No, señor. Alemán no – no era poco, pero temía no estar a la altura de las expectativas. Sin embargo, añadió – tengo algunas nociones de español.
- Hmmmmm, hmmmm. El español está bien, pero lo otro habrá que solucionarlo.
Empezará usted a tomar clases de alemán desde hoy mismo ¿Simon?
– por el rabillo del ojo vio como él se inclinaba ligeramente hacia delante en un gesto afirmativo – estupendo, arreglado eso entonces.
Y dígame, señora Adler, ¿podría usted contarme cuál es su fuente?
Esos mapas no salieron de la nada presumo.
Anne estaba convencida de que Simon ya que se lo había contado todo, mentir la pondría en una situación comprometida y no quería quedar en un mal lugar. Tomó aire y respondió con calma.
- Señor – dijo con voz trémula – fue por casualidad…
– la mirada inquisitiva de Winston Churchill se clavaba sobre ella – descubrí los planos por casualidad en mi casa, en el apartamento donde vivíamos mi marido y yo aquí en París.
No sabía lo que eran, pero hice algunas averiguaciones, y me di cuenta de que algo estaba mal.
Johann, él…. bueno, ahora está en Alemania, creo.
Churchill les invitó a tomar asiento. Preguntó a Anne sobre su familia, su infancia y sus amistades.
Hablaron largo y tendido, mientras Anne desgranaba los pormenores de su vida ante las preguntas del Primer Ministro.
Simon, ligeramente recostado sobre un sillón, observaba a Anne y tomaba nota de todas las respuestas.
Observó cómo se emocionaba cuando habló de su padre, o de los acantilados donde se crió.
Habían hablado poco de sus vidas antes de la guerra, vivían el presente, evitando así instalarse en el pensamiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
- ¿Cuál es su apellido de soltera? – preguntó Churchill.
- Collins, señor. Anne V. Collins.
- Gracias por su honestidad y su ayuda. Ha sido de un valor incalculable. Desde ahora mismo recupera su apellido de soltera y su única lealtad será para con su país ¿Qué me dice?
Aquella proposición suponía algo más que anular su matrimonio y limpiarla de la huella de Johann. Se sentía desbordada. Al igual que Simon, el Primer Ministro tenía dotes de mando y estaba rodeado de un aura de encanto. Cuando quería algo lo conseguía.
- Acepto ¿Qué tengo que hacer? – preguntó sin más.
Visiblemente satisfecho por su respuesta, el Primer Ministro, que miraba por la ventana con las manos por detrás de la espalda, la observó detenidamente durante unos instantes.
- Si esa es su respuesta final, me congratula darle la bienvenida a la dirección de operaciones especiales señorita Collins – esta vez no le besó la mano sino que se la estrechó con firmeza, como a un igual – queda usted bajo el mando y la supervisión de Simon Campbell.
Espero grandes cosas de ustedes dos. Se les proporcionará toda la información que necesiten, una radio y nuevos pasaportes con identidades británicas falsas, si bien me consta que ya han gestionado ustedes pasaportes falsos franceses.
Ahora retírense y que Dios nos ayude. Y recuerde señorita Collins, las personas más ordinarias pueden hacer cosas realmente extraordinarias.