10 de junio de 1940
El gobierno de la república había huido cobardemente de la ciudad.
Así, aunque París resistía, los franceses no aguantarían mucho más, y menos sabiendo que su gobierno ya había bajado los brazos.
Anne se acordó entonces de una broma que repetían los empleados del Louvre mientras sacaban a la Venus de Milo a escondidas el verano anterior, parece que dice “ les bras m’entombent ”, y era irónico porque ni siquiera tenía.
Aquella noche, siguiendo su ritual, hicieron el amor en la desvencijada buhardilla, olvidando, por unos preciosos instantes el ruido de la guerra.
La línea del frente estaba cada vez más cerca.
Y mientras las bombas caían sin descanso iluminando el horizonte, ellos disfrutaban de sus últimos instantes de felicidad en un París libre, bailando sobre los tejados de pizarra.
- ¿Y ahora qué?
- Ahora estamos solos – respondió él. Exhaló un suspiro y se sentó sobre el borde de la cama.
Discutieron sus opciones, largo y tendido.
Si iban a quedarse en París a pesar de todo no podían permanecer como ciudadanos británicos.
Sus pasaportes británicos solo eran ahora útiles para volver a la isla o viajar a territorio neutral si se daba el caso bajo identidades falsas, pero completamente inservibles para vivir en una Francia bajo jurisdicción alemana.
Era cuestión de días o incluso de horas que los nazis entrasen en la ciudad.
En el primer control alemán donde les pidieran la documentación quedarían detenidos de inmediato y además serían interrogados hasta que desvelasen todo lo que sabían.
- ¿Qué hay de la embajada? ¿No podrían ellos facilitarnos documentación? – preguntó Anne. Simon negó con la cabeza.
- La mitad de la delegación sabes que se marchó a principios de mes tras el primer bombardeo.
La mayoría de los que quedaban han decidido regresar a Gran Bretaña tras conocer de la cobardía del gobierno francés y el pequeño grupo restante estará haciendo las maletas para volver a poner sus diplomáticos culos de vuelta a un despacho en Whitehall – hizo una pausa – además para cuando quisieran facilitarnos cualquier documentación ya estaríamos muertos – hablaba con una terrible amargura.
Simon tenía razón, el 22 de junio de 1940, apenas una semana después.
El gobierno francés, ahora instalado en Vichy, firmaría el armisticio con Hitler, y la embajada británica cerraría sus puertas.
- ¿Y tú?
- ¿Yo qué Anne?
Anne calló. Despegó los labios para decir algo pero él la interrumpió.
- Ya sé lo que me vas a decir – se incorporó de un salto – y no, no eres solo tú. Yo no soy un cobarde como todos esos niñatos de Eton – dio un puñetazo sobre la mesa y Anne se sobresaltó – yo tengo un cargo, una responsabilidad y no pienso marcharme de aquí hasta que no me lo ordenen.
Se hizo un silencio incómodo mientras ambos ponían sus cerebros a funcionar para resolver la situación de forma satisfactoria.
- Samuel Mendelson – intervino de repente Anne.
- ¿El marido de Yael?
- Sí. Es parte de la resistencia francesa. Ha estado yendo y viniendo desde que estalló la guerra.
- ¿Crees que él podría conseguirnos lo que necesitamos?
- Al menos podemos intentarlo – se encogió de hombros. No tenían muchas más alternativas.
La noche cayó como un manto espeso sobre París.
Y con la oscuridad apareció la niebla procedente del Sena, como una criatura que extendía sus tentáculos fuera del agua.
La agitación del día dio lugar a una tensa calma.
Envuelto en una gabardina y con el sombrero calado hasta los ojos, Simon se internó en un callejón.
Miró a izquierda y derecha y una vez se hubo asegurado de que nadie le seguía, llamó tres veces con los nudillos a la puerta roja tal y como le había indicado Anne.
Una mujer menuda le abrió la puerta con un niño en brazos.
Parecía desnutrido. Sintió pena, pero no era momento para lamentar la suerte de otros.
Si querían vivir había que actuar rápido.
- ¿Yael?
- ¿Quién lo pregunta? – preguntó mientras le miraba de arriba a abajo.
- Soy Simon Campbell, el.... – amante, pensó – amigo. Soy el amigo de Anne, de la buhardilla de los Campos Elíseos.
- Ya sé dónde tenemos la buhardilla – respondió secamente mientras acunaba al bebé entre sus brazos – ¿Qué quieres y por qué has venido? No es seguro.
- Lo lamento mucho, mi última intención es poneros en peligro – respondió conciliador – ¿Está el señor Mendelson en casa? Necesito verle, es urgente, por favor – imploró.
Yael le hizo un gesto con la cabeza indicándole que pasara. Se asomó y no vio a nadie. Cerró la puerta tras de sí y corrió los cerrojos.
Simon tuvo que esperar unos segundos a que se le acostumbrase la vista. El sótano donde vivían tenía apenas una bombilla que iluminaba débilmente la mesa del comedor.
- Es por ahí, entra a la habitación. Mi marido escuchará lo que tengas que decirle.
- Gracias Yael – se quitó el sombrero y pasó al cuartucho donde Samuel Mendelson se encontraba sentado frente a una pequeña mesa separando tabaco en pequeñas bolsitas.
- Buenas noches, señor Mendelson
- Llámeme Samuel, olvide las formalidades, no estamos ya para eso ¿no cree? – Samuel Mendelson no tenía más de treinta y pocos años pero las penurias y angustias que había vivido se reflejaban en su rostro, y aparentaba ser una década más viejo.
- Gracias. Le estrechó la mano – señaló la silla del rincón – ¿Puedo? – Samuel asintió.
Simon le expuso la situación. No se dejó ningún detalle.
Si quería que ese hombre les proporcionara la documentación falsa que tanto necesitaban tenían que confiar en él.
Él y su esposa habían demostrado ser discretos con sus idas y venidas de la buhardilla.
No es nuestro asunto meternos en la vida de la gente, le había dicho Yael a Anne.
- ¿Cuándo quieren los papeles? – preguntó Samuel.
- ¿Cuándo puede tenerlos?
- ¿Cuánto pueden pagar?
- Tanto como sea necesario para que estén en nuestras manos cuando antes – Simon sabía que se jugaban mucho. Y el dinero no era un problema – Samuel asintió.
- Tráigame mañana al anochecer dos fotografías de pasaporte y cien libras esterlinas, billetes nuevos y sin marcar.
Déjelos bajo el felpudo de la entrada – era mucho dinero pero necesitaba asegurarse de que no se jugaba el cuello por nada – una cosa más Simon, no intente contactar de nuevo conmigo – añadió.
- ¿Cuándo lo tendremos? - insistió Simon que empezaba a ponerse nervioso.
- Pronto – Samuel esbozó una débil sonrisa y Simon se relajó.
Cerraron el trato con un apretón de manos, se puso el sombrero y se despidió de Yael. Salió del semisótano y se perdió en la niebla de la noche parisina.
A la mañana siguiente Simon y Anne paseaban por el Parc Monceau. Eligieron un banco discreto, cerca de las columnas griegas y se sentaron en direcciones opuestas, espalda contra espalda, para cubrir visualmente todo el perímetro y asegurarse de que nadie a su alrededor les oía.
- Samuel necesita una fotografía de pasaporte de cada uno.
- Entiendo. ¿Cuándo la necesita?
- Esta noche. Se las llevaré a la misma dirección que ayer.
- No tengo ninguna fotografía y si la tuviera soy fácilmente reconocible.
- De eso me ha dicho Samuel que no nos preocupemos. Esta tarde, iremos por turnos a un estudio de fotografía.
- De acuerdo, ¿tienes la dirección?
- Toma – le tendió un papel doblado – tú irás a las cinco y yo a las seis. Recogeré ambos juegos de fotografías – se aclaró la garganta para concluir – nos veremos en el apartamento al anochecer, una vez lleve todo a casa de los Mendelson.
- Entendido.
Simon acarició la mano de Anne y se dirigió a la salida oeste del parque.
Minutos más tarde Anne cogía el metro para regresar a la buhardilla.
Cuando el reloj dio las cuatro, enfiló la calle en dirección al estudio.
Se vistió con un traje chaqueta marrón, y frente al espejo se pintó los labios de rojo, se ajustó la peluca rubia que utilizaba para no ser reconocida y unas enormes gafas de sol.
Dio una enorme vuelta para llegar pues quería evitar a toda costa las grandes avenidas donde pudiera encontrarse con alguien conocido, si bien casi todos estaban tan asustados que o habían huido o estaban encerrados en sus casas manteniendo la ilusión de que allí estaban seguros.
El estudio estaba en un discreto apartamento en una de las calles paralelas a la ópera. Lo regentaba un matrimonio de judíos amigos de la infancia de los padres de Samuel, se llamaban Yoav y Esther.
- Samuel nos ha puesto al día – dijo Yoav.
- Es muy valiente por vuestra parte quedaros. Estaríais mejor de vuelta en vuestra isla – Esther parecía preocupada.
- No podemos marcharnos, ahora no – Anne le dedicó a la mujer una sonrisa cansada – tenemos mucho que hacer todavía.
- ¿Una taza de té? – ofreció Esther
- La aceptaré encantada – pero su rostro se ensombreció – es cuestión de tiempo que París se germanice. Y con ello todas las medidas contra los judíos que ya se han implementado en Austria y Alemania llegarán aquí. ¿Tienen ustedes dónde ir?
- ¿Y marcharnos de Paris? No – Yoav la interrumpió – llevamos generaciones aquí. El señor proveerá.
- ¡Pero los alemanes les tratarán peor que a perros! – Anne elevó el tono.
- Nos tratarán así donde quiera que vayamos hija mía – Esther apoyó una mano sobre su hombro – los judíos llevamos siglos siendo perseguidos y expulsados de allá donde prosperábamos. No huiremos más. París ha sido siempre nuestro hogar.
Anne no se vio con fuerzas para replicar porque no lo comprendía.
Nunca había echado raíces en ningún lugar por lo que el concepto de hogar le resultaba enormemente ajeno.
Esther le quitó la peluca y con suavidad tomó entre las manos la larga y tupida melena de Anne.
Ella entendió sin palabras que no valía con fingir tener otra apariencia, sino que debía tenerla.
Esther sacó unas tijeras del cajón y en medio de las lágrimas silenciosas de Anne los mechones caoba caían uno a uno al suelo.
Sacó un botecito de tinte y mojó el pelo hasta dar con un tono mucho más oscuro.
Con habilidad Esther cortó hasta la altura de la última vértebra de la espalda, puso la raya a un lado y la peinó con sutiles bucles dejando la cara despejada.
Anne se miró al espejo y se sorprendió, estaba casi irreconocible. Tomaron las fotos y se dijeron adiós.
- ¡Cuídese mucho, jovencita! – la despidieron abrazados en el umbral.
- ¡Ustedes también! – se le hizo un nudo en el estómago y se marchó sin mirar atrás.
En diciembre de ese mismo año, Yoav y Esther, al igual que miles de judíos franceses, fueron encerrados en el campo de Pithiviers, en la región del Loira.
Yoav, mayor que su esposa, fallecería en el invierno de 1941 en ese mismo campo.
Esther lo haría años después, apenas unos meses antes de que Auschwitz, al que había sido trasladada en 1942, fuera liberado por los soviéticos.
Sería su hijo, quién había emigrado a Estados Unidos en los años 30, el que encontraría sus nombres en los largos listados de fallecidos publicados por los aliados en 1945.