30 de mayo - 3 de junio de 1940 #3
- ¿Quién es usted? Si me miente será peor, así que elija bien sus palabras y yo decidiré qué hacer con usted.
- Me llamo Anne Adler señor. Soy británica, de hecho, trabajo para el consulado británico en París, eso puede comprobarlo. Puede llamar a la embajada si lo desea.
- ¿Usted quiere buscarme un problema más con los británicos? ¿Es que no se ha dado cuenta de la situación en la que estamos?
- Soy perfectamente consciente de la situación señor.
Soy personal del consulado, se lo juro. Por casualidad encontré un mapa de París y sus alrededores, no sabía qué era, pero he recorrido los puntos marcados y a mi parecer son objetivos militares.
Señor, estoy convencida de que los alemanes van a bombardear París, y este aeródromo es uno de sus objetivos.
- ¿Por casualidad? Claro, los nazis son tan estúpidos que se van dejando sus operaciones por ahí tiradas – rio con desprecio – ¿Y dónde está ese mapa si puede saberse?
- Tengo una copia aquí mismo. Libéreme las manos y lo buscaré – el militar no estaba muy convencido pero al fin y al cabo era solo una mujer.
Le quitó las esposas. Anne movió las muñecas para recuperar la movilidad y se agachó al suelo para sacar la guía de París de su bolso.
La hojeó una decena de veces ¡Mierda! No estaba ahí.
La sacudió con las hojas hacia abajo con el mismo resultado.
Nada. Miró en el bolso, vació todo su contenido en el suelo pero el maldito mapa no aparecía.
- ¿Y bien? – empezaba a perder la paciencia y eso no beneficiaba a Anne.
- Se me ha debido de caer señor, quizá cerca de la valla.
- Dígame si lo he entendido bien, usted se presenta aquí con un mapa que ya no tiene, dice ser personal diplomático, pero carece de acreditación y pretende que en mitad de la noche llame y despierte al Embajador.
Señorita va a pasar usted aquí la noche, por deferencia y para que vea que los franceses no somos unos bárbaros le traeré una manta y agua.
Mañana por la mañana quiero una versión más convincente de lo que hacía aquí.
- ¡No! ¡Espere! Tiene razón, no tiene forma de saber si estoy mintiendo, pero lo que sí sé es que si le he mentido todos estaremos a salvo.
Sin embargo, si estoy en lo cierto y usted decide no hacer nada, estará condenando París, más si cabe – se envalentonó y lanzó una amenaza – además, me encargaré personalmente de que el embajador informe de su inacción al ministro de guerra y lo mejor que le va a pasar es que le degraden. Créame.
- Vaya, una pena – y con total indiferencia se dio la vuelta y cerró el despacho con llave. El viejo militar no tenía ninguna intención de ser degradado, pero tampoco quería llamar a la embajada a esas horas de la noche sin apenas certezas.
- ¡Mierda! – Anne soltó todos los improperios que le venían a la mente.
Poco después, tal y como le había prometido el oficial de mayor rango, un joven soldado le llevó mantas, agua, y un poco de pan y queso.
Anne agradeció el detalle y deseó con todas sus fuerzas que aquel hombre entrase en razón.
Tenía una corazonada y estaba segura de que estaba en lo cierto.
No pegó ojo en toda la noche y a la mañana siguiente, poco después del alba, hizo su entrada un soldado.
- Acompáñeme – Anne recogió sus pocas pertenencias con rapidez y salió corriendo detrás del soldado. En la entrada del hangar un coche les esperaba, y apoyado sobre el mismo, el oficial que la había interrogado la noche anterior.
Si aquella mocosa estaba en lo cierto y él no hacía absolutamente nada toda la responsabilidad caería sobre sus hombros. Francia no necesitaba más cobardes. Clavó su mirada sobre Anne y le habló con voz grave:
- He decidido confiar en usted, pero si me ha mentido esto tendrá consecuencias – su semblante estaba serio – hemos llamado a la Embajada, nos han confirmado que trabaja allí. De su historia del mapa nadie sabe nada.
- Gracias….
- Coronel.
- Gracias Coronel. No le he mentido, ya lo verá – se sintió aliviada pero no lo dejó traslucir. Tenía que mantenerse firme pues una expresión de alivio exagerada podría denotar que era sospechosa – y ahora, si hemos terminado, necesito volver a París. Inmediatamente.
Un soldado, incluso más joven que ella calculó, se encontraba ya en el asiento del conductor.
Anne se sentó a su lado. Hizo sonar el claxon y las puertas del aeródromo se abrieron de par en par.
El coche recorrió veloz los kilómetros que les separaban del centro de la ciudad.
Las ruedas volaban sobre el asfalto. Pararon primero en su apartamento.
Anne agarró el portaplanos con el plano original y la carta y cerró de un portazo mientras bajaba a toda velocidad las escaleras.
Se subió de un salto de nuevo al vehículo y llegaron a la embajada.
- ¿Cuál es su nombre soldado?
- Mathieu Martin, señora.
- Mathieu, nunca olvidaré su ayuda hoy. Le deseo mucha suerte.
No se paró a esperar su respuesta. Corrió como alma que lleva al diablo dentro de la Embajada.
- ¿Dónde está el embajador? ¿Dónde está el cónsul? – al oír sus gritos varios asistentes salieron al vestíbulo y la miraban sorprendidos. Por fin, la secretaria del embajador salió de uno de los despachos.
- El embajador está reunido.
- ¡Necesito verle! ¡Ya!
- Anne ¿puedes no gritar por favor?, vas a alterar a todo el mundo. Ahora no puede atenderte, está en una reunión muy importante. Tendrás que esperar como todo el mundo
- ¿Con quién han hablado los franceses?
- Anne, no sé a qué te refieres.
- ¿Quién ha cogido el teléfono esta mañana?
- El teléfono lo coge Janice ya lo sabes.
- ¿Y dónde está Janice?
- Ha salido un momento – Anne la fulminó con la mirada, se imaginaba donde había ido – volverá pronto y podrás hablar con ella – agregó en tono pacificador.
- ¡Aaaaaarg! – estaban en guerra y Janice se iba a tomar café. Sentía unas ganas irrefrenables de matar a alguien.
- Espera aquí fuera ¿vale? En cuanto el embajador esté libre te atenderá – Anne asintió con sumisión y en cuanto ella se dio la vuelta corrió hacia las puertas del despacho y sin siquiera llamar a la puerta las abrió de par en par.
Ocho pares de ojos se clavaron en ella y la miraban atónitos.
¡Simon! Así que ya estaba de vuelta. Eso explicaba la reunión con Evans, el agregado de defensa, y con Hart, el naval, lo más probable es que estuvieran haciendo balance de la evacuación de las tropas por el canal de la Mancha.
Y sin embargo, antes de que pudieran preguntar nada prácticamente les gritó.
- ¡Es importante!
- Embajador, lo siento – su asistente balbuceaba detrás de Anne – le dije que esperase, que usted la atendería más tarde…
- Está bien, déjenos solos.
Anne se aproximó y sin importarle ni un ápice los planos que había sobre de la mesa ovalada, extendió el suyo y entregó la carta a Simon.
Comenzó a hablar y no paró hasta haber desgranado hasta el último detalle de su historia.
No se dejó nada. Si quería conseguir un resultado efectivo no podía dejarse nada en el tintero.
El embajador ordenó que trajesen un teléfono inmediatamente.
Tras una hora de llamadas y actividad frenética se confirmaron sus peores temores.
Con voz gélida Simon informó de la situación.
- Nuestros operadores de radio nos informan de que se interceptaron mensajes hace un par de días, pero no había información concluyente para dar la voz de alarma.
Hoy hay silencio total en las radios alemanas.
El ataque va a ser hoy – miró al Embajador y este asintió lentamente con la cabeza – vamos a dar la voz de alarma a los franceses.
Anne prácticamente se desplomó sobre una silla. Estaba agotada y tenía la boca seca, le dolían los pies, llenos de rozaduras y de ampollas, y dos bolsas oscuras habían aparecido bajo sus párpados. Le dedicó a Simon una sonrisa cansada pero llena de amor.
David Hart, quien había tomado mucho cariño a Anne desde que diera clases a sus hijos desde hacía más de un año, estaba sorprendido por la valentía de aquella joven.
Nunca habría sospechado que acabaría involucrándose en algo que claramente les venía grande a todos.
Se ofreció a llevarla a casa para que Rose cuidara de ella.
En otras circunstancias, Anne habría declinado la oferta, pero aceptó de buen grado dejarse cuidar, aunque solo fuera un poco, tras la angustia que había pasado.
Sería la una del mediodía, apenas había dado un sorbo a una taza de té en el salón de Rose, cuando sonó la primera sirena que anunciaba el bombardeo.
Abandonaron la casa apresuradamente y bajaron hasta la parada de metro más cercana.
- Vamos, vamos niños – la pequeña Violet lloraba asustada.
- Shhh, shhh, tranquila cariño – Anne le acariciaba el pelo mientras la abrazaba y caminaban fuera.
- ¿Mamá qué pasa? – preguntaba el hijo mayor.
- Hay que protegerse, hay un bombardeo, tienes que ser valiente – el chico asintió haciendo un esfuerzo por no llorar como le había dicho su padre. Tenía que cuidar de su madre y su hermana.