Un consulado en París 30 de mayo - 3 de junio de 1940 #2
47%

30 de mayo - 3 de junio de 1940 #2

Tengo muchas ganas de que nos reencontremos en París.

Ya sabes que nunca he estado allí, pero estoy deseando pasear por sus avenidas desde hace ya tantos años...

Eso hará mi llegada mucho más dulce. No me importa si tengo que esperar.

Hace años que te añoro así que ¿qué importan unos meses más?

Espero llegar en primavera, cuando los jardines hayan florecido y las rosas sean más bellas.

Quiero hacer de este viaje algo inolvidable, quiero verlo todo, hasta lo más insignificante, desde el monumento más destacado hasta el café más diminuto.

Desde el punto más alto allá en la Torre Eiffel hasta la parada más profunda del metro.

Quiero conocer a todos tus amigos, no importa lo estrambóticos que sean, no te olvides de ninguno, estoy segura sabré entenderme con todos ellos.

Estoy segura de que me gustará tanto que querré quedarme allí para siempre.

Ay… ya suspiro por nuestro reencuentro. Tu amor me ha dado alas. ¡No me las cortes nunca o me moriré!

Sé que eres un hombre ocupado y que te retienen otros compromisos, pero espero tus noticias con ansiedad,

Tuya,

Paula”

¿Paula? ¿Quién es Paula? ¿Una amiga? ¿Una amante?

¿Iban a verse en París? Desconcertada dejó la carta a un lado y tomó el mapa entre sus manos.

Sin duda alguna se trataba de un mapa de París.

Los sitios más emblemáticos estaban marcados y Anne reconoció con facilidad la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, el Museo del Louvre y la catedral de Notre Dame entre otros.

Había otras zonas marcadas en la zona centro que no reconoció de inmediato pero que no resultarían difíciles de identificar.

Sin embargo, también había otras muchas marcas en la periferia que Anne no fue capaz de identificar por más que lo intentó.

Consultó su guía turística, ahora con las hojas mucho más desgastadas que durante su primer paseo, pero tampoco encontró nada que le diera una pista.

Le resultó extraño y antes de saber si aquello podía ser de alguna utilidad tendría que hacer algunas averiguaciones por su cuenta.

Llevaba días sin tener noticias de Simon, la ofensiva alemana había sido extremadamente dura y su avance era imparable.

Así, el gobierno había tomado la decisión de evacuar las tropas británicas de vuelta a las islas.

Simon, junto con algunos de sus agentes, se había marchado a supervisar la evacuación desde la playa Dunquerque hacía más de una semana y aún no había regresado. Tendría que hacer aquello sola.

El domingo amaneció soleado, el cielo azul y sin rastro de nubes.

Salió temprano provista de una copia del mapa que había bosquejado la noche anterior.

Lo llevaba doblado cuidadosamente y metido entre las páginas de su guía de París.

Sumida en sus pensamientos llegó caminando al primer punto del mapa que no había identificado a simple vista la noche anterior.

Se trataba del Hotel Ritz, ubicado en el número de 15 de la Place Vendôme.

Allí solo se alojaba gente acaudalada, artistas y políticos.

Las mujeres vestían collares de perlas y abrigos de piel.

Los hombres trajes de cachemir suave y usaban bastón.

La entrada principal era un ir y venir constante  de botones que llevaban enormes maletas a los coches que esperaban en la entrada.

La situación cada vez era más delicada y nadie quería que la guerra le pillase desprevenido.

Desde allí tomó un autobús hasta el Marais.

La plaza de los Vosgos era el centro neurálgico y bajo sus arcos, prósperos comercios y galerías de arte habían florecido.

Paseó por las calles del Marais siguiendo la línea marcada en el mapa.

Pasó por delante de bonitos hoteles y residencias de la antigua nobleza francesa y se asomó discretamente a los patios interiores.

Pequeños y románticos habían florecido en primavera.

Eran escondites perfectos para los amantes.

Sacó el mapa y decidió explorar otra de las zonas marcadas.

Tomó el autobús hasta el otro lado del río y llegó a los Jardines de Luxemburgo, donde el palacio estaba marcado.

Otrora llenos de gente paseando, los jardines estaban ahora cuasi desiertos.

Había pasado ya el mediodía, y decidió aventurarse a hacer un viaje un poco más largo hacia los puntos más alejados del mapa.

No había averiguado nada concluyente yendo de punto en punto, pero quería visitarlos todos cuanto antes.

Cuando llegó, casi dos horas después, saltó del bus.

Se encontraba en una zona industrial, caminó al punto señalado en el mapa, parecía una fábrica de coches, aunque no se escuchaba ningún ruido.

Empujó la puerta para ver si cedía, pero no se movió.

Bien, tendría que seguir. El segundo punto de la zona estaba bastante más alejado y no veía otro modo de llegar sino caminando.

Atrás quedaron las naves y las fábricas.

Caminó por una carretera y llegó hasta un camino de grava que pronto se estrechaba hasta casi perderse.

Había oscurecido casi completamente cuando se topó con una enorme valla.

Coronada por una concertina , tras ella, otra alambrada más.

Tras la verja solo veía campo y algunas naves más al fondo.

La poca luz que quedaba no ayudaba y no acertó a discernir qué era.

Caminaba rodeando el perímetro cuando una voz la sobresaltó.

-            ¡Oiga! – venía de dentro del perímetro. Un hombre vestía de uniforme y la observaba – ¿Qué hace aquí?

-            ¿Qué es este lugar? – respondió con otra pregunta.

-           A usted no le interesa lo que es este lugar señorita – su voz sonaba amenazante. A pesar de que la valla se interponía entre ambos, Anne retrocedió dos pasos instintivamente.

-            Disculpe. No se preocupe, ya me iba. No es nada.

Apenas había caminado tres pasos en dirección contraria cuando un ruido ensordecedor la hizo detenerse.

Miró hacia el cielo y vio como un avión aterrizaba dentro del perímetro.

¡Un aeródromo! Entonces comprendió, todo cobró sentido en unas décimas de segundo.

¡La fábrica! ¡El aeródromo! ¡Eran objetivos militares!

Y la carta, la dichosa carta ¡El Marais era un barrio judío!

¡Paula no era nadie! ¡Paula eran los alemanes!

No pudieron llegar a París durante la Primera Guerra Mundial pero ahora sí.

De ahí toda la información, los sitios relevantes en el mapa, los edificios gubernamentales, los hoteles de lujo…

-           ¡Joder, joder, joder! – Anne gritó a pleno pulmón llena de rabia – ¡Los malditos alemanes van a bombardear París y yo estoy aquí en el medio de la nada!

– volvió a gritar de frustración – no sabía cuándo pero estaba claro que iban a hacerlo, la carta decía “espero llegar en primavera”.

“Toda la operación había comenzado en primavera y los nazis estaban cada vez más cerca de París.

Corrió hacia la valla y la agarró con fuerza, no se planteó en ningún momento si cabía la posibilidad de que estuviera electrificada. Por suerte para ella no lo estaba.

-           ¡Eeeeeeeeeeh! ¡Eeeeeeeeeeh tú!

– el soldado que la había sorprendido se alejaba en dirección opuesta – ¡Vuelve aquí!

¿Me oyes? ¡Vuelve! – parecía que no la oía, y continuaba alejándose, pero Anne no se iba a dar por vencida tan rápido.

Siguió gritando y agitaba la verja con virulencia, esperando que el ruido del metal llamase su atención.

Cuando pensaba que ya era todo el balde vio como el soldado se giraba, la apuntaba con una linterna y se acercaba.

“¡Sí, sí, sí!” Bien, ahora solo quedaba contarle la historia y convencerle de que la llevase a París lo antes posible.

-           Qué quiere otra vez señorita – empezaba a perder la paciencia – ya le he dicho que aquí no hay nada que ver. Márchese por donde ha venido o tendré que tomar medidas.

Anne habló atropelladamente, sabía que de lo que dijera dependía su vida, y la de muchos otros.

Las palabras salían en un torrente de verborrea de sus labios, cometía fallos al explicar aquello en francés, se daba cuenta, pero no había tiempo de corregirse ni de ser gramaticalmente perfecta.

Tenía que volver a París y tenía que ser de inmediato.

El soldado estaba estupefacto y no terminaba de creerse lo que aquella mujer le estaba contando.

Le parecía una chalada, pero mejor detenerla que dejarla suelta.

-           Sígame, vamos a rodear el perímetro hasta una entrada.

Entonces usted vendrá conmigo – Anne asintió, caminaban deprisa.

La vegetación estaba muy alta alrededor de la valla.

Se pinchaba y se arañaba las piernas. Cuando por fin llegó, el soldado sacó un manojo de llaves y abrió los candados de la puerta.

-            Quédese muy quieta y ponga las manos en alto.

Anne hizo lo que le pedían, despacio, levantó los brazos mientras en una de las manos sujetaba el bolso.

La cacheó en busca de cualquier objeto que pudiera resultar peligroso.

Le indicó que ya podía bajar los brazos y acto seguido Anne se encontró con las manos esposadas a la espalda y caminando a trompicones hacia uno de las naves, que eran, efectivamente hangares.

-           ¿Pero usted no ha oído nada de lo que le he dicho? Necesito volver a París. ¡Exijo ver a un superior! – el soldado seguía empujándola para que no se parase – ¿es usted sordo?

-            Cállese le he dicho.

Entraron a uno de los hangares y la llevaron hasta uno de los despachos.

Se quedó sola dando vueltas como un león enjaulado.

Minutos más tarde, entró un militar mucho más mayor que el joven que la había llevado hasta allí, y que, si no se equivocaba, tenía un rango bastante superior. La miró de arriba a abajo.