Un consulado en París 30 de mayo - 3 de junio de 1940
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30 de mayo - 3 de junio de 1940

El verano estaba a punto de llegar y aun así las noches eran frías.

Algunas veces Anne sentía que la casa estaba helada.

Los enormes ventanales y los techos altos no ayudaban a mantener el calor.

Después de una hora frotándose un pie contra el otro en vano buscó por enésima vez una manta de sobra en el armario de su dormitorio.

Miró en la cómoda del salón, pero no tuvo suerte.

Entró a la biblioteca, pero allí solo había estanterías llenas de libros.

Había un altillo al que se accedía por el estudio.

El hueco estaba por encima del pasillo, pero no recordaba que hubieran usado aquel espacio cuando se mudaron ya que había espacio de sobra en el resto de la casa y ellos no traían mucho equipaje.

Aun así, fue a buscar una silla y se subió.

La madera del asiento crujió bajo su peso y por unos instantes Anne temió que se partiera.

Abrió las portezuelas, sus ojos solo llegaban a ver el principio de la cavidad, era bastante profundo.

Se puso de puntillas haciendo equilibrios y se estiró todo lo que pudo.

Introdujo el brazo y palpó dentro del hueco.

Estaba lleno de polvo, lo notaba en las yemas.

Y lo más importante, estaba vacío, lo que confirmó sus sospechas de que allí tampoco encontraría la tan codiciada manta.

Pero entonces, sus dedos tocaron algo, como una correa, al tacto parecía cuero.

Se bajó con cuidado y encendió la luz del escritorio pero no fue de gran ayuda ya que estaba muy baja.

Fue a por un candil y encendió una vela.

La introdujo en el hueco, y ayudada de un paraguas consiguió acercar el misterioso objeto al alcance de sus dedos.

Lo asió con fuerza de la correa y tiró de él.

La correa era solo una parte, estaba enganchada a ambos extremos de lo que parecía un portaplanos.

Se lo llevó a su habitación. ¿Qué era aquello y qué hacía ahí?

Parecía bastante nuevo. Era similar a su portaláminas pero mucho más grande y sofisticado.

Quería saber qué contenía el misterioso objeto.

El corazón le latía con fuerza. Su curiosidad se vio de inmediato frustrada ya que la tapa no cedió ni un solo milímetro.

Lo observó con más atención y vio que entre la tapa y el cuerpo del cilindro había una pequeña cerradura incrustada.

Rebuscó por todos los cajones del estudio con la esperanza de hallar una llave que abriera el documento, pero fue en balde.

Tomó el objeto entre sus manos de nuevo y lo escudriñó con atención.

En la línea de la costura lateral vio una pequeña etiqueta de tela.

Lo acercó a la luz y leyó “Gaubert”. A priori el nombre no le decía nada, pero decidió averiguar si aquello era una marca, o un lugar específico de París.

Resolvió que al día siguiente iría al ayuntamiento a preguntar si había algún listín comercial donde poder encontrar lo que buscaba. Se durmió pensando qué habría dentro.

PAPETERIE GAUBERT

Maison fondée en 1830

Estiró el cuello y relajó los hombros. Empujó la puerta y al abrirse, hizo sonar una campanilla. No vio a nadie dentro, pero sí escuchó una voz que parecía viniera del techo.

-           ¡Estamos cerrados! – Anne miró hacia arriba, una pasarela rodeaba el techo de la tienda. Un hombrecillo, la miraba desde arriba y su voz, aunque amable, denotaba cierto fastidio – lo siento, pero estamos cerrados joven, tendrá que volver mañana.

El hombre volvió a sus quehaceres mientras murmuraba algo que Anne no llegó a comprender. Pero no pensaba darse por vencida tan pronto, y decidió hacer uso de todos sus encantos para ver si podía convencer a aquel anciano de que tenía que ayudarla.

-            Discúlpeme, no era mi intención molestar, y si hubiera sabido que estaba cerrado jamás se me hubiera ocurrido entrar.

-            ¿No ha visto usted el cartel?

-           Pues… si le digo la verdad no, he empujado la puerta y se ha abierto, no me he fijado en el cartel – puso su expresión más inocente e infantil – pero no le entretendré mucho tiempo, se lo juro.

-           Está bien, está bien. Espere un momento. Alcánceme esos volúmenes que ve sobre el mostrador. Esos, los del lomo rojo y las cubiertas negras.

Anne tomó la pila de libros, subió los diez peldaños hasta la altura de la pasarela y se los tendió.

Descendió y observó la cantidad de objetos que había a su alrededor, sin embargo, no vio ningún portaplanos como el que ella traía consigo.

Esperó diez minutos más. Comenzaba ya a impacientarse cuando el hombre bajó por fin, se limpió las manos con un trapo y lo dejó en un lateral.

-           Esos libros viejos están llenos de polvo ¿sabe? Nadie se lleva esas reliquias pero me gusta conservarlas. Soy Roman Gaubert, ¿qué es eso tan importante que no puede esperar a mañana?

-           Soy Anne Adler, gracias por atenderme señor Gaubert – se descolgó el portaplanos de la espalda y pasó la correa por encima de su cabeza – ¿le suena de algo este objeto?

Roman Gaubert se agachó y sacó una lupa de uno de los cajones del mostrador.

-           Mis ojos ya no ven como antes – agregó – la etiqueta es nuestra sí – en los ojos de Anne se reflejó un destello de satisfacción – los hacemos por encargo. Su cara no me suena – miró a Anne con detenimiento - ¿lo encargó usted?

No podía mentirle pues tenía la sensación de que aquel hombrecillo era de los que no olvidaban una cara, de modo que optó por una verdad a medias.

-           No, no lo encargué yo, está usted en lo cierto.

Lo encargó mi marido – al ver que eso no le decía nada al señor Gaubert prosiguió – un hombre alto, es británico, como yo.

Tiene el pelo color marrón, ya sé que eso no le dice mucho, pero verá, mi marido es un hombre corriente.

Quizá lo encargara hace unos meses, apenas nos mudamos a París en febrero.

-           ¡Ah! ¡Ya lo recuerdo! ¡El arquitecto británico!

– “¿Arquitecto?” se sorprendió Anne – fue en primavera señora, hacía mucho que no recibíamos un encargo así.

Lo quería con cierre sí, decía que estaba trabajando en un proyecto muy importante y que era mejor si le añadía algo de seguridad en caso de que los planos cayeran en malas manos – bajó la voz – son tiempos extraños.

Pagó muy bien por el encargo y yo no hago preguntas de más. Me pagan, lo fabrico y santas pascuas.

-            Eso es, mi marido el arquitecto – Anne le regaló una enorme sonrisa.

-            ¿Y qué necesita exactamente de mí señora?

-            Verá, mi esposo ha perdido la llave y necesita acceder a los planos del proyecto.

-           ¿Y por qué no ha venido él en persona a solicitar una nueva? – para no hacer demasiadas preguntas, aquel hombrecillo la estaba sometiendo a un interrogatorio, así que cambió de táctica. Se acercó al hombre y le susurró al oído:

-           Señor Gaubert, mi marido es un hombre muy ocupado, pero para eso estoy yo, que soy su esposa y él no tiene secretos para mí.

Además, como bien ha dicho antes, vivimos tiempos extraños – se retiró y le dedicó una sonrisa, pero en su tono había una amenaza velada – ¿Cuánto quiere por una llave nueva?

Roman Gaubert retrocedió un paso y miró a su clienta. Cuando había entrado por la puerta no había tenido esa impresión, pero ahora le inspiraba algo de miedo.

-            Son cinco francos. La puedo tener en dos días.

-           Volveré mañana – no quería perder más tiempo del necesario y necesitaba saber qué había dentro – le pagaré siete francos si la tengo a medio día.

-            Usted gana. Tendrá su llave mañana.

Anne se despidió del librero y salió de la tienda con una agradable sensación de victoria.

Sentía la brusquedad con la que había tratado a aquel hombre que no hacía más que su trabajo, pero no era tiempo de lamentarse.

Quería su llave y la tendría. Exultante entró en una cafetería y pidió un chocolate caliente con unas pastas.

El día había sido de lo más ajetreado y se merecía mimarse un poco.

Al día siguiente, tal y como acordado, Anne recogió la llave de la tienda.

Pagó lo acordado y le agradeció al señor Gaubert su eficacia.

Al llegar al apartamento se quitó los zapatos y los tiró a un lado.

Cuando Johann desapareció Simon insistió en que cambiase las cerraduras, de modo que aun con la certeza de que nadie iba a entrar, echó las dos llaves y el pestillo para sentirse más segura.

Introdujo la pequeña llave en la cerradura.

Sin duda era un gran trabajo de artesanía y con un suave “click”, esta cedió.

Miró y metió la mano dentro. Estaba vacío.

Se sintió enormemente decepcionada. Aquello no tenía ningún sentido.

Vacío y cerrado con llave. Desilusionada se preparó un té y se sentó en el suelo.

Jugueteaba con el portaplanos, y le daba vueltas al hecho de que no hubiera nada dentro.

Metió de nuevo los dedos y palpó el interior con mayor precisión.

Le pareció entonces que el forro no estaba bien pegado.

Tiró de él y de repente, todo el revestimiento negro del interior se desprendió con suma facilidad.

Extrajo el forro, y entonces lo vio dentro.

Un lienzo blanco, perfectamente enrollado.

Lo sacó con mucho cuidado y lo desplegó sobre el suelo.

¡Un plano de París! ¡Y una carta! La respiración se le aceleró.

La carta tenía matasellos, pero no fue capaz de identificar su procedencia ya que la tinta era muy débil.

La abrió con suavidad, con cuidado para no rajar el sobre.

No reconoció la caligrafía de Johann en ella.

La acercó a la luz de la mesilla y comenzó a leer.

“ Querido Johann: