Un consulado en París 15-16 de mayo de 1940
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15-16 de mayo de 1940

-            Winston Churchill al habla.

-           Hemos sido derrotados – el portador de tan devastadoras noticias no era otro que el Primer Ministro francés, Paul Reynaud.

El premier británico no respondió de inmediato de modo que su homólogo francés insistió – estamos muertos.

La línea del frente se ha quebrado en Sedán, es un coladero de tanques y vehículos blindados.

-           Era de esperar, por experiencia le digo que la ofensiva siempre llega, siempre llega… – Winston Churchill no parecía en absoluto sorprendido.

-            Estamos derrotados, hemos perdido – y su tono de voz no daba lugar a dudas. Francia había caído.

-           Estaré allí mañana – y colgó. Se puso el batín y pidió que convocasen al gabinete de guerra – salgo mañana para Francia.

El ambiente en la embajada era de enorme nerviosismo aquella tarde.

Habían recibido un telegrama cifrado desde Londres esa misma mañana informándoles de que el avión de Winston Churchill había salido en dirección a París.

Una delegación diplomática, encabezada por el embajador y acompañado por Simon, David Hart y algún otro miembro del personal, esperaban al Primer Ministro en el aeropuerto de Le Bourget para escoltarle hasta la embajada.

Anne sacó la cabeza por la ventana y vio como el grupo llegaba a toda prisa y se encerraba en el despacho del embajador.

La reunión fue corta ya que el premier británico se iba a reunir con altos funcionarios del gobierno francés, entre ellos con el General Maurice Gamelin en el Quai d’Orsay, la sede del ministerio de asuntos exteriores francés.

Tres horas después regresaba Churchill rojo de ira.

Definitivamente la reunión había sido un desastre.

Anne, que no había abandonado la costumbre de espiar detrás de las puertas, se pegó a la pared y agudizó el oído.

-           … ¡una mierda! – aquellos gritos tenían que provenir de Churchill ya que no reconocía la voz de nadie más – ese general es un inepto.

Con gente como él no me explico todavía cómo Alemania no está ya instalada en Francia.

Estaban todos, Reynaud, Daladier y Gamelin.

¡Ah! Y con nosotros estaban también el humo y el pestilente olor a quemado de las hogueras del jardín donde los funcionarios arrojaban montañas de archivos al fuego. Van a huir como ratas.

-           Coincido con usted, es todo un despropósito primer ministro – apoyó el embajador, quien compartía las frustraciones de Churchill pues desde hacía meses luchaba en balde contra la inacción de la administración francesa.

-           Había un mapa con una línea negra que marcaba el frente.

Y en medio, un punto negro señalando Sedan – el Primer Ministro les explicaba los pormenores de la corta reunión, estaba hastiado – el frente alemán ha roto las defensas a lo largo de cincuenta o sesenta kilómetros aniquilando a los franceses a su paso.

Y los que no han sido aplastados se han dispersado como ovejas.

-            ¿Qué más le han dicho Primer Ministro? – preguntó el embajador.

-           ¿Qué más? ¿Qué más? Le he preguntado a Gamelin que dónde estaba la reserva estratégica.

Y como no lo entendía en inglés se lo he preguntado en francés – Anne no podía verle pero estaba segura de que estaba lívido – ha negado con la cabeza, se ha encogido de hombros como un imbécil y me ha respondido “Ninguna” ¡Ninguna! Esto es inaceptable.

Se hizo el silencio en el despacho. El aire se podía cortar con un cuchillo y nadie se atrevía a preguntar nada más. Sin embargo, el agregado naval, David Hart, se atrevió a plantear una cuestión más.

-            ¿Qué pasará con los barcos señor?

-           De los barcos ya hablaremos señor Hart, de momento tengo que solucionar el tema terrestre.

¡Que me traigan un teléfono de inmediato!

Se va a enterar ese de cómo se hacen las cosas en una guerra…

. – Winston Churchill no soportaba las medias tintas, y era tan duro con los demás como consigo mismo, por lo que no toleraba la falta de liderazgo y de compromiso, especialmente ante circunstancias que, a su juicio, exigían de líderes capaces y decididos.

De pronto Anne escuchó la voz apaciguadora de Simon.

-           Es cierto que el general Gamelin fue un brillante estratega durante la Primera Guerra Mundial, y ha sido muy querido en Francia por su firme compromiso con el gobierno de la república, pero todos estamos de acuerdo en que ha vacilado demasiado en su oposición al régimen de Hitler, y para ser francos, nos ha traído de cabeza en los últimos años – se aclaró la garganta – ¿cuál es el siguiente paso primer ministro?

-           El siguiente paso, señor Campbell, es que voy a autorizar el envío de seis escuadrones más de nuestros aviones con destino Francia – todos guardaron silencio y comprendieron que el primer ministro estaba decidido a defender el territorio francés por el bien de todos. Entonces intervino el embajador.

-           Primer Ministro, tan solo un apunte, las comunicaciones telefónicas son seguras pero no podemos tener nunca la certeza absoluta de que no estén intervenidas de algún modo…

-           Lo sé – le interrumpió Churchill – por ello el General Hastings Ismay, quien me ha acompañado en mi viaje, retransmitirá mis órdenes en hindi.

En caso de que las comunicaciones estén intervenidas, para cuando alguien sea capaz de traducirlo los escuadrones ya estarán lanzando bombas sobre el campo de batalla, o eso espero – zanjó la conversación y pidió quedarse solo con Ismay para organizarlo todo.

El grupo se dispersó y Winston Churchill se quedó toda la tarde esperando noticias del Gabinete de Guerra.

Le llevaron unos sándwiches, apenas comió.

La situación le había hecho perder completamente el apetito.

A las once y media de la noche llegó la tan ansiada luz verde y él mismo quiso darle la noticia en persona a Reynaud.

Simon, que había enviado a todo el personal a casa, se ofreció a llevar a Churchill en su coche.

Churchill consintió y al filo de la medianoche llegaban al apartamento del primer ministro francés donde se encontraba él y Daladier.

Le abrieron la puerta y le invitaron a pasar.

-           Les envío más aviones – informó escuetamente. Paul Reynaud le dio las gracias y hablaron durante casi dos horas. Al final de la conversación, Edouard Daladier que no había abierto la boca durante toda la conversación, se levantó lentamente de su silla, le tendió la mano y la estrechó.

La noche estaba tranquila y no había ni un alma en las calles.

Simon se encendió un cigarrillo mientras esperaba dentro del coche.

La dulce y romántica música de Fernandel, Lucienne Boyer y Jean Lumière salía de la radio y le hacía compañía.

Eran las mismas canciones que sonaban en su gramófono de la buhardilla y se relajó.

Se permitió unos instantes para recapitular todo lo que había pasado hasta la fecha y no pudo más que resoplar.

Cuando eran casi las dos, vio la gruesa figura de Winston Churchill salir del portal.

Puso el motor en marcha y regresaron a la embajada.

A la mañana siguiente, después de pasar la noche en vela, condujo de nuevo hasta el aeropuerto de Le Bourget.

Esta vez la comitiva se limitaba a ellos dos.

Antes de que Churchill se subiera por las escalerillas, en la soledad de la pista de despegue, ambos hombres se despidieron con un abrazo, eran más que dos viejos amigos.

Simon siguió el avión con la mirada hasta que no fue más que un punto en el horizonte.