Un consulado en París 10 de mayo de 1940
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10 de mayo de 1940

Anne pasaba cada vez más tiempo en la buhardilla de los Campos Elíseos.

Simon en cambio, seguía viviendo en su residencia y para su enorme fastidio, casi nunca se quedaba a dormir.

Una de esas noches, al volver a casa, encendió la luz del recibidor, colgó la chaqueta del perchero y al darse la vuelta allí estaba ella, esperándole.

-           Así que yo tenía razón – Mei Ling le esperaba sentada sobre el segundo escalón de las escaleras principales. Entre las manos una copa de burdeos, que estaba seguro no era la primera.

-            No voy a mentirte. Todo es diferente ahora.

-           Te lo advertí Simon. Ella te ha cambiado. La promesa de la juventud eterna ¿eh? Te haces viejo. Hasta hace un año, quizá menos, te habrías deshecho de ella cuando ya no sirviera a tus intereses. Mírate ahora.

-           La guerra cambia a las personas Mei – estaba molesto porque su mujer le conocía mejor que él a sí mismo. Ella leía su corazón como un libro abierto. Al fin y al cabo, era la compañera de vida que había elegido.

-           Yo no he cambiado. Sigo haciendo lo mismo que tú, pero yo no les cojo cariño a mis misiones – su voz era calmada, fría, despojada de cualquier clase de sentimiento.

Simon la escuchaba con las manos metidas en los bolsillos – y he tenido ocasiones, decenas de oportunidades de dejar esta vida de peligros y abandonarte por hombres más ricos, más jóvenes, y también más viejos, pero sobre todo, con mucho más poder.

Podría estar viviendo en un castillo si quisiera, disfrutando de la tranquilidad del campo.

Y sin embargo aquí estoy, te he seguido a los dos últimos destinos.

-           No te hagas la víctima Mei, tú no deseas esa vida. No soportarías más de un mes en una casa donde la mayor incertidumbre fuera si el té está frío o si la crema para cenar será de brócoli o puerro.

-           Debería informar de esto, lo que has hecho está permitido y tú lo sabes. Tenemos un acuerdo – y añadió dos palabras más, aunque no era necesario – por escrito.

-            Pero no lo vas a hacer – afirmó en voz baja, pero con firmeza.

-            ¿Tan seguro estás? ¿Qué gano yo a cambio?

-            ¿Qué es lo quieres? Sin ambages.

Silencio por respuesta. Su relación había sido extraña desde el principio, se conocieron en 1920.

La Gran Guerra acababan de terminar y los servicios secretos se habían perfilado como una gran herramienta.

Coincidieron en un entrenamiento para aprender a descifrar código en un pueblo perdido de Cornualles.

Lo recordaba como si fuera ayer, dos jóvenes de apenas dieciocho y diecinueve años recién reclutados, todos tenían un perfil perfecto, sin familia cercana, sin lazos, sin ataduras, y quizá por ello se atrajeron.

Al principio se veían de forma ocasional, después sus lazos se fueron estrechando.

Finalmente informaron a sus superiores de su relación.

Se casaron y junto al contrato de matrimonio firmaron también un contrato con el servicio secreto.

Ahí empezó todo. Habían sido destinados a países del sudeste asiático, a antiguas colonias británicas en África, a Oriente Medio, de vuelta a Londres, y por último, a París.

Que estuvieran casados resultó ser más una ventaja que el inconveniente que los servicios secretos habían previsto inicialmente.

Su facilidad para los idiomas, su encanto y su profesionalidad les abría las puertas de cualquier lugar de donde necesitaran sacar información.

No se les había resistido nada ni nadie, políticos, dictadores, mercenarios pagados por el gobierno, incluso algún miembro de familias reales extranjeras.

Eran de los mejores agentes que tenía Gran Bretaña y ambos lo sabían.

Mei Ling temía perder a Simon por el camino por lo que ella estaba segura, no era más que una aventura pasajera.

Simon lo sabía. Y aun así estaba dispuesto a correr ese riesgo.

Era un buen agente, e iban a necesitar a muchos como él, pero ella no pensaba quedarse a verle caer, arrastrado por sus infantiles sentimientos.

Aquel era un parón momentáneo, volverían a estar juntos.

Sin embargo, por el momento, alejarse parecía la opción más sensata.

Ella podría ser útil en otros frentes, así que se retiró a su habitación, hizo las maletas y a la mañana siguiente se despidió de Simon con un beso en la mejilla.

-            Buena suerte Simon.

-            Buena suerte Mei.

El 10 de mayo la mayoría de los periódicos amanecieron con la misma noticia.

La prensa nacional e internacional se hizo eco de la sonada dimisión del Primer Ministro británico.

Chamberlain que tanto había abogado por el apaciguamiento ya no tenía ninguna excusa para aferrarse al sillón.

Sus políticas habían sido un fracaso y para muchos, Alemania se había expandido a su antojo con el beneplácito del Premier británico.

Le sucedía en el cargo Sir Winston Churchill, condecorado por su actuación en la Gran Guerra y para la mayoría de la sociedad británica e internacional, era el candidato perfecto .

Como Mei ya no estaba, y ya no quedaba personal en la casa, Anne y Simon desayunaban aquella mañana en la residencia del cónsul.

-            Un soplo de aire fresco – Anne mordisqueaba una tostada con mantequilla.

-            Churchill nos llevará a la victoria – Simon parecía contento.

-           ¿Cómo estás tan seguro? – dejó la tostada sobre el plato y se llevó los dedos a la boca para limpiárselos – el ejército nazi avanza imparable.

-           Porque es un héroe de guerra y porque conoce mejor que nadie a los alemanes. Tú has estudiado historia, dímelo tú ¿si no él, quién? Él es el único hombre apto para el cargo.

Anne se quedó pensativa. Simon era inteligente y formaba parte de los los servicios secretos británicos además de tener numerosos amigos en el Foreign Office.

No compartía toda la información que obtenía y ella lo sabía.

Desde que tuvieran aquella discusión hacía un mes habían puesto las cartas sobre la mesa y todo había quedado aclarado.

Callarían antes de decir una mentira y no se inmiscuirían en los asuntos del otro.

Ello no le impedía fantasear de vez en cuando con la idea de que cuando todo acabase, comprarían una pequeña casa de campo en las tierras altas de Escocia y vivirían felices el resto de sus vidas, lejos del mundanal ruido.

Llamaron al timbre de la puerta principal, se trataba de uno de los chicos que hacían el reparto de correo diplomático fuera de la embajada. Le entregó un telegrama a Simon. Su semblante se ensombreció.

-            Alemania acaba de atacar simultáneamente Francia, Bélgica y Países Bajos.

-            Blitzkrieg…. – murmuró Anne – así que lo no funcionó hace treinta años ahora sí ha surtido efecto.

-            Se acabó esta suerte de guerra de broma – afirmó tajante.

Terminaron de desayunar en silencio. Definitivamente la ilusión de una dulce primavera que siguiera a un invierno tranquilo había muerto con el ataque contra Noruega y Dinamarca, y la falsa seguridad de la línea Maginot se desvanecía con el ataque a Francia.

Países Bajos opuso resistencia durante apenas cuatro días, y Bélgica no corrió mejor suerte.

En poco más de dos semanas estaba bajo control total del Reich.

Francia no tardaría en caer y Gran Bretaña se veía cada vez más sola en el enorme tablero de ajedrez en el que se había convertido Europa.