9 de abril de 1940 #3
- Sospechábamos de Johann desde que lo enviaron a París, Anne.
Y por extensión tú también lo eras. No fue a partir del día que te trajeron a mi casa, fue antes.
Nos habían ordenado seguirle la pista de cerca.
Mi misión era tenerlo, teneros, controlados – le costaba seguir – y mi llave de entrada a él eras tú.
Pero todo salió distinto a como lo había planeado.
Resultaste ser…diferente… y por descontado, tú no eras culpable de nada.
Anne perdóname, debí decírtelo hace mucho tiempo, cuando él desapareció hubiera sido un buen momento.
Pero no quería perderte, temí que no me creyeras.
Me volví egoísta. Ya no eras parte de mi trabajo.
Eras algo más – a sabiendas de que no le iba a creer, añadió – te quiero.
- Y yo quiero que me lleves a mi casa. – fue todo lo que ella dijo por respuesta.
Se hizo un silencio absoluto dentro del vehículo.
Sólo se oía la tormenta en el exterior y el motor.
Llegaron a la plaza de Saussaies, y Anne se bajó todo lo deprisa que pudo.
Corrió hacia el edificio y abrió el enorme portón de madera.
Cerró con fuerza y subió corriendo las escaleras.
Al llegar a casa abrazó a Whiskers y se abandonó al llanto.
¿Cómo había sido tan tonta? Se había dejado encandilar por él, se había sentido lejos de Johann y se había refugiado en unos brazos que parecían ofrecerle cariño genuino, no hablaba siquiera de amor.
Era tan doloroso darse cuenta de que no había sido más que un peón en un juego de ajedrez mucho más grande que ella.
Lloró con tanta rabia durante más de una hora que casi no escuchó el timbre.
El gato salió corriendo y se metió debajo de un armario.
Seguía empapada, y estaba helada de frío.
Se echó un chal sobre los hombros y fue a abrir.
Frente a ella, Simon, completamente calado la miraba con ojos suplicantes.
Le odiaba, pero también sabía que ella no podía negarle nada cuando la miraba así.
Estaba furiosa pero no quería dejarle fuera a la intemperie.
El agua le chorreaba por los lados del pelo, la camisa se le pegaba al pecho.
Se mordió el labio y cerró los ojos unos instantes.
- Te dejaste el paraguas – dijo él tendiéndole el objeto.
Y entonces, sin mediar más palabra le agarró de la solapa de la chaqueta con las dos manos y le atrajo hacía sí mientras empujaba la puerta con el talón.
Se besaron con violencia, con una energía que no habían experimentado hasta entonces.
Simon era mucho más alto y como ocurrió la primera vez que se acostaron la tomó entre sus brazos y la llevó hasta la cama.
Sus manos recorrían con avidez cada curva de su cuerpo, cada centímetro de su piel.
Hicieron el amor con rabia, con pasión, allí donde la línea entre el amor y el odio se desdibujaba.
Se dejaron caer sobre el colchón de espaldas, mientras recuperaban el aliento.
- Aún no te he perdonado.
- No esperaba otra cosa – dijo acariciándola mientras le retiraba los mechones cobrizos de la cara – pero tendré paciencia.
Anne se durmió apoyada en su pecho. Los latidos de su corazón eran como un bálsamo.
Él se quedó despierto hasta bien entrada la madrugada.
Habían pasado muchas cosas aquel día. Anne ahora ya lo sabía todo, Alemania había reactivado los frentes, y él, debía pensar en los próximos pasos que debían dar.
En la esquina opuesta de la plaza, un hombre se refugiaba de la inclemente lluvia bajo uno de los enormes tilos.
Su rostro se iluminó al aspirar su cigarrillo.
Miró hacia la ventana del apartamento. Apretó las mandíbulas y le rechinaron los dientes.
Su plan nunca había sido abandonar a Anne a su suerte, pero estaba seguro de que la inteligencia británica le había puesto el ojo encima y no podía arriesgarse.
Durante el viaje a la línea Maginot en enero había sentido ojos clavados en su espalda por donde quiera que fuera.
El plan había sido quedarse en París hasta la entrada de las tropas alemanas, así lo había establecido el Fürher y así sería.
Él tendría un puesto importante y ambos vivirían a cuerpo de rey como siempre le había prometido a Anne que sería.
Sin embargo, aquella sensación de inseguridad había forzado su brazo a tomar una decisión rápida con mayor premura de la deseada.
Aprovechando así que estaba cerca de la frontera hizo un par de llamadas, se refugió en un hostal y esperó a que los alemanes vinieran a buscarlo.
Lo que no esperaba en absoluto era que Anne se hubiera arrojado en brazos de otro hombre en su ausencia y que ese hombre fuera, nada más y nada menos que el cónsul británico.
Sentía una enorme ira, quería entrar al apartamento y matarlo, pero eso habría sido una locura y no pensaba hacer ningún movimiento estúpido.
Si Campbell había osado traspasar las puertas de su casa significaba que estaba muy seguro de sí mismo.
Trató de calmar sus nervios. Él la quería como no había amado a nadie en su vida y aunque ella se hubiera distanciado, conservaba la esperanza de que todavía le amase.
Pero había sido torpe. Había errado dando su relación por sentada.
Dejó de lamentarse y en su boca se dibujó un rictus de maldad.
La venganza sería mucho más dulce. Se encargaría de él a su debido tiempo.
Dio media vuelta y se perdió entre las sombras.