Un consulado en París 9 de abril de 1940 #2
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9 de abril de 1940 #2

-           Acudí a un amigo, él no me ha mentido nunca.

Tú ya no sé qué eres – quiso aparentar indiferencia pero era muy difícil – ¡y claro que lo sospechaba!

¿Cómo no iba a saberlo? No soy estúpida Simon, soy joven y a veces ingenua, pero no soy idiota a lo que ha estado ocurriendo delante de mis narices.

Vi a Johann salir de la embajada alemana dos días antes de que Alemania invadiera Polonia.

– la cara de Simon, normalmente impasible y que nunca dejaba traslucir sus sentimientos, era un poema en aquel momento – he estado engañándome a mí misma meses, volviéndome loca pensando que lo que vi no era cierto.

Convenciéndome de que mi marido era un buen hombre, de que me quería, y de que fuera lo que fuera lo que hacía era lo mejor para los dos.

De que algún motivo tendría – Simon hizo un gesto para acariciarle el dorso de la mano pero Anne se revolvió – no me toques.

Nunca hablamos de Johann pero tú lo sabías ¿verdad? Tú sabías quién era.

-            Al principio no lo supe, pero cuando te trajeron a mi casa hace ya casi un año, tuve una corazonada y te hice seguir.

-           ¿Qué? – Anne le miró con odio – ¿Has puesto a tus perros de presa a seguirme los talones como si yo fuera una criminal?

-           ¿Qué esperabas? Aparece una mujer desmayada en medio de un callejón contando que ha visto a dos nazis conspirando.

Lo sumamos a que su marido es un fisgón y ella encima no recuerda nada.

¡Anne eras sospechosa como la que más! No podemos fiarnos de nadie.

Pero duró apenas unas semanas, te lo juro.

Tan pronto como estuve seguro de que tú no tenías nada que ver.

-            ¡¿Cómo?!

-           No tardé en darme cuenta de que tú no tenías nada que ver con las actividades de tu marido, pero seguirte nos puso sobre la pista que necesitábamos.

-           Confié en ti. ¡Te lo he dado todo!

¡Le fui infiel por ti! – le costaba respirar y gritaba de rabia – ¿y tú solo te aprovechabas de mí?

¿era eso? ¿me tenías entretenida mientras lo queríais cazar como a un ratón?

¿Acaso te acostabas conmigo para obtener información?

¿Era todo mentira? ¿Lo has fingido todo? Debes de ser muy buen en lo tuyo.

-           Anne por favor, sé razonable. Tengo un cargo de una enorme responsabilidad. Tomo decisiones a todas horas, todos los días. Tú no lo entiendes.

-           ¿Y yo soy una de tus decisiones? ¿Llevarme a la cama para sacarme información? Llévame a mi casa, ahora. No quiero verte nunca más.

-            Hasta que no te tranquilices y me escuches no pienso llevarte a ninguna parte.

Anne estaba furiosa. Simon temió por un momento que ella terminara con su relación y no volviera a verla. No merecía menos, pero en tiempos de guerra uno hacía lo que tuviera que hacer.

-            Bien, entonces para el coche – ya no gritaba, y eso le dio más miedo a Simon.

-            Anne está diluviando.

-            He dicho que pares el coche Simon – su voz se había vuelto gélida.

-            No creo que sea una buena idea – intentó conciliador.

-            ¡Que pares! – le espetó.

El coche patinó al frenar en seco sobre el pavimento mojado. Anne salió del vehículo dando un portazo. El aguacero caía inclemente. Apenas había dado unos pasos cuando se dejó caer de rodillas sobre la acera y gritó, con rabia, llena de desesperación.

-           ¡Maldito seas Johann Adler! ¡Maldito bastardo alemán!

¡Maldito seas Simon Campbell! ¡Inglés, hijo de puta!

¡Te odio! – se llevó las manos a la cara y se agarró los mechones de pelo mojado con tal fuerza que podría habérselos arrancado.

Mientras, las lágrimas que brotaban descontroladas de sus ojos se confundían con las gotas de lluvia.

Arrodillada, levantó la cabeza y entre las nubes vio como Notre Dame se alzaba bella, orgullosa, confortante.

Cerró los ojos, apretó los puños y se incorporó.

Estaba calada hasta los huesos, pero no le importaba, ya nada importaba.

Haría lo que hubiera que hacer. Si esos dos querían guerra, guerra iban a tener, aunque tuviera que hacerlo sola.

Simon la observaba desde el coche con el corazón encogido, y aunque se moría por bajar y abrazarla, dudaba si le dejaría consolarla.

La había subestimado, se había enamorado de ella y eso no entraba en sus planes.

Su deseo de cuidar de ella, su necesidad de tenerla le había llevado a actuar de forma estúpida.

No tenía que haberle contado todo, pero sí lo suficiente para que si ella lo descubría por su cuenta su mundo no se viniera abajo como un castillo de naipes, y lo más importante, que no dudara del amor que sentía por ella.

Ahora, parecía demasiado tarde para dar marcha atrás.

Dirigió los ojos hacia ella. La vio caminar decidida, y ya no vio una niña. Vio a una mujer. Ella abrió la puerta, se sentó, clavó su mirada en él y con voz gélida le preguntó:

-           Respóndeme a una pregunta, y no me mientas, prefiero tu silencio a una mentira ¿entendido? ¿Por qué bailaste conmigo en aquella fiesta? ¿Por qué me ofreciste trabajo? ¿Por qué me besaste y todo lo que vino después? – ciertamente era más de una pregunta, pero necesitaba saber.

Simon supo que el tiempo de las mentiras había terminado. Si quería conservarla tenía que elegir muy bien sus palabras, y ahora temía no encontrarlas.