9 de abril de 1940
Anne se despertó en su apartamento, se desperezó y se quedó un rato con la mirada perdida.
Desde que Johann desapareciera no había vuelto a tener noticias suyas, habían pasado ya cuatro meses.
Se había acercado en varias ocasiones a la redacción, pero siempre obtuvo la misma respuesta, nadie sabía nada.
Al principio trató de convencerse de que Johann estaba bien.
Que no era un traidor en realidad, sino que era un agente doble, o que había sido secuestrado o de que estaba en algún tipo de misión para el Times.
Telefoneó incluso a la oficina de Dawson en Londres y a través de Lilian, Hugh trató de mover algunos hilos, pero la información llegaba con cuentagotas y no siempre era fiable.
Hasta el momento la búsqueda había sido infructuosa.
Se tomó una taza de té mientras Whiskers ronroneaba acurrucado en el hueco de la tarima iluminado por el sol.
Apuró la bebida, y dejó la taza sobre la encimera de la cocina.
Se recogió los rizos a los lados y salió de casa de camino a la embajada.
A medio camino bajando la escalera se encontró con Élise, quien le entregó una carta.
- Acaba de traerla el cartero – estaba tan ansiosa por recibir carta que no se fijó en la cara de Élise. Si lo hubiera hecho, sabría que había mentido y la carta no acababa de llegar precisamente.
- Muchas gracias Elise. Llevaba meses sin recibir nada – se apoyó en la barandilla y tomó una bocanada de aire. Era de Hugh. No de Lilian, de Hugh. El corazón se le aceleró y notaba las palpitaciones en las sienes.
Querida Anne:
Espero que estés todo lo bien que cabría esperar dadas las circunstancias.
No puedo ni imaginar la situación de miedo y dolor que estás viviendo.
He movido unos cuantos hilos. Tengo noticias que darte.
Por favor, llámame al despacho tan pronto te llegue esta carta, cualquier día a las una en punto de la tarde, hora de Londres.
Con afecto.
Hugh
Miró el reloj, las diez de la mañana en París. Esperaría y llamaría a Hugh en conferencia desde la embajada.
El día se le hizo eterno, trabajó sin descanso con la esperanza de que el tiempo pasara más deprisa. Como si ello pudiera empujar las manecillas del reloj que por el contrario, parecían no querer moverse.
A las dos menos diez, salió de la sala común. Dio un rodeo para no pasar por delante del despacho de Simon y entró a hurtadillas a la sala de conferencias. Cerró despacio y marcó el teléfono del despacho de Hugh Owen. Lo cogió su secretaria.
- Un momento señora Adler. Enseguida le paso.
- ¡Anne! Qué alegría oírte - su reacción parecía sincera – No tengo mucho tiempo. Supongo que has recibido mi carta.
- Esta misma mañana. No estaba fechada. ¿Hace cuánto la enviaste?
- Casi un mes, pero eso es lo de menos.
- Hugh hace años que nos conocemos, ve al grano por favor, ya he esperado bastante – no era un reproche pero quería saber qué había descubierto.
- Tengo varias cosas que contarte Anne.
La primera es sobre Johann. La segunda sobre Simon Campbell.
La buena noticia es que Johann está vivo y está bien, no ha sufrido ningún daño – Anne suspiró aliviada – la mala noticia es que nuestras sospechas se han visto confirmadas.
Nuestros agentes en Berlín nos confirman que han visto a Johann acudir en varias ocasiones al domicilio de Joaquim Von Ribbentrop y no hay registros en ninguna de nuestras agencias de que sea un agente doble – no sabía qué más decir.
Añadió unas disculpas pero sabía que servirían de poco – lo siento Anne.
- ¿Y qué pasa con Simon, Hugh?
- Simon es agente del SIS. Me ha costado que me dieran la información, pero la fuente es de fiar.
Anne dejó caer el auricular de golpe que quedó colgando del cable. Al otro lado, la voz de Hugh.
- ¿Anne? ¿Anne estás ahí? – se había quedado petrificada. Una cosa era tener sospechas, otra muy diferente que esas incertidumbres se convirtieran en certezas. Y Simon, ¿Simon era un espía?
Recogió el auricular que se movía como un péndulo casi a ras de suelo.
- Gracias Hugh. Tengo que colgar.
Se secó las lágrimas de rabia y frustración con la manga de la camisa y salió de la sala.
Miró hacia su izquierda y dio un respingo.
Simon, apoyado en posición relajada sobre la pared tenía una sonrisa de suficiencia dibujada en la cara.
Claramente la estaba esperando y Anne solo tenía ganas de gritarle y darle un bofetón por engañarla de esa forma tan ruin y mezquina.
- ¿Puedo saber qué hacías ahí dentro? - levantó las cejas y la línea de sus labios se hizo más fina – mentir no servía de nada pues intuía que él ya lo sabía todo, así que optó por callar y subir el mentón. El prosiguió – no sabía que tuvieras amigos tan bien conectados en Whitehall.
- ¿Me estabas espiando? – no le había dicho a Simon que estaba buscando a Johann por su cuenta.
No era de su incumbencia y además, para Simon todo era blanco o negro.
En su cabeza nunca había cabido la hipótesis del secuestro, ahora sabía por qué.
Sus informantes eran eficaces y no se habían equivocado.
- Veo que te has sabido mover – su tono era suave pero a la vez denotaba cierta condescendencia
- No te debo ninguna explicación. Pero creo que tú a mí sí. Has sido un miserable – apretaba los puños.
- Vuelve a tu puesto de trabajo. Te recuerdo que aquí soy tu jefe y me parece que en tu contrato no hay estipulada hora de descanso en este momento.
Anne le lanzó una mirada furibunda y se marchó resoplando por nariz.
Hablar de Mei o de Johann, era siempre motivo de tensión entre ambos.
Pero Johann suponía además un enfrentamiento seguro, por lo que desde que supieron de su desaparición evitaban el tema.
Simon lo había calificado categóricamente como una traición, aunque Anne no había sospechado nunca de dónde venían sus afirmaciones, siempre tan seguro de sí mismo.
En su inocencia, Anne pensaba que era un prejuicio de Simon por el origen germano de Johann.
Por su parte, y aún sabiendo lo que sabía, Anne había atesorado una brizna de esperanza de que todo hubiera sido una mala información y que en realidad Johann fuera un agente doble y que simplemente las circunstancias le hubieran obligado a abandonar Francia y estuviera escondido y sin posibilidad alguna de ponerse en contacto.
Saberle aislado, encarcelado o torturado no hubiera hecho la situación mucho más llevadera, pero su conciencia habría estado más tranquila y su posición no se vería amenazada.
Ahora que se habían confirmado sus peores temores, ella también podría ser sospechosa de espionaje y a Johann lo cazarían como a un perro.
Volvió a su mesa. Tenía un informe que traducir del inglés al francés para facilitarlo a las autoridades del ministerio público. No protestó.
Al cabo de unas dos horas, por el rabillo del ojo vio a Simon entrar a la sala común visiblemente airado. Se colocó en el centro de la sala y con tono firme se dirigió al personal consular.
- Todo el mundo a la sala de reuniones. Ahora – Simon dio media vuelta, todos le siguieron y tomó asiento presidiendo la mesa.
Rápidamente todo el personal se hubo acoplado alrededor de la mesa, y cuando no hubo ninguna silla libre, el resto del personal permaneció de pie. Se hizo un silencio absoluto pues no era habitual ver al jefe de tan mal humor.
- Lamento informarles de que Alemania acaba de invadir Noruega – informó con voz pétrea.
Se armó un revuelo enorme, todos comentaban a la vez, hablaban con el compañero que tenían al lado – esto es importante pues significa que Alemania está en marcha de nuevo.
No sabemos qué vendrá después pero estén preparados.
Ahora, vuelvan al trabajo y no me molesten salvo que haya alguna emergencia.
Anne salió de la embajada, la lluvia caía con fuerza y se habían formado enormes charcos.
El autobús que iba al Louvre se acaba de ir delante de sus narices.
Lo vio al fondo de la calle. Se anudó la gabardina a la cintura y abrió el paraguas que por suerte tenía siempre con ella en el despacho.
Caminaba deprisa para llegar cuando antes.
Había quedado con Bernard para tomar un café, y aunque apenas se exhibían unas pocas obras en el museo, siempre les quedaba la conversación.
Por el rabillo del ojo vio como un coche se ponía en paralelo a ella mientras caminaba.
Anne apretó el paso y se aferró con fuerza a su paraguas.
El coche bajó la ventanilla del conductor.
- ¡Anne! ¿Puedes dejar de correr?
- Vete al infierno Simon – la lluvia caía con fuerza y apenas podían oírse.
- ¡Sube al coche, tenemos que hablar!
- Yo no tengo nada que hablar contigo, eres un mentiroso.
- Anne sube al coche por favor, te lo explicaré todo.
- Está bien. Rodeó el vehículo y tomó asiento en el lugar del copiloto – dejó el paraguas en el asiento trasero y se quitó la gabardina-
- ¿Qué es lo que quieres? – preguntó a bocajarro.
- Quiero explicártelo – respondió con voz serena. Cambió de marcha y el vehículo ronroneo.
- ¿Explicarme el qué exactamente? ¿Que eres un espía? ¿Que ya sabías que mi marido es un traidor? ¿O que te acuestas conmigo por pena? Explícamelo porque no entiendo nada – estaba desquiciada.
- ¿Y tú Anne? ¿De verdad no sabías nada? ¿Nunca sospechaste de él? No acudiste a mí para pedirme ayuda. ¡Acudiste directamente a Whitehall maldita sea!