15 de febrero de 1940
La comitiva que había salido de París regresó sin percances, pero Johann no estaba con ellos. Preguntó a todos los periodistas que conocía pero fue en balde. Un par de ellos le confirmaron que la última vez que le vieron fue en el pueblo de Colmar, en Alsacia.
Casi al mismo tiempo de que Johann desapareciera empezó a tener la sensación de que alguien la vigilaba.
No tenía ninguna certeza, y por más que mirase a todos lados, la gente parecía la de siempre.
No había ninguna anomalía, y sin embargo se sentía incómoda.
Lo asoció a la situación que estaban viviendo y al miedo, racional o irracional, que poco a poco se iba apoderando de sus vidas.
Simon le había dicho que no se preocupara, que seguro que no era nada.
No podía decirle que el hombre que vigilaba su apartamento era uno de sus agentes, pero se encargaría de que fueran más discretos en sus guardias.
Anne, aunque confiaba ciegamente en Simon comenzó a utilizar las escaleras del servicio que daban a las antiguas cuadras de la parte trasera del edificio.
Cualquier precaución era poca. Había descubierto esa salida por casualidad un día que Whiskers se escapó de casa cuando abrió la puerta al llegar del trabajo.
Mientras lo buscaba encontró una puerta estrecha y bajita, pintada de blanco como la pared, casi mimetizada con esta.
Estaba ubicada en un discreto hueco del rellano y las bisagras estaban oxidadas.
La curiosidad pudo más y quiso saber qué había detrás.
Le costó varios minutos de forcejeo abrirla pero el esfuerzo mereció la pena.
Dedujo que esa era la escalera que utilizaban los sirvientes cuando la casa era propiedad de una única familia.
Cuando llegó la crisis por el crack de la bolsa de Nueva York, el efecto dominó llegó a todas partes y muchas familias nobles de París se vieron obligadas a dividir sus viviendas y alquilarlas o venderlas por partes.
La mayor parte de sus fortunas habían desaparecido como por arte de magia y tuvieron que buscar una nueva fuente de ingresos.
Así, esas escaleras dejaron de ser de utilidad, se camuflaron y los nuevos propietarios de los apartamentos utilizaban siempre la enorme escalinata principal sin ser siquiera conscientes de la existencia de una segunda escalera.
Una vez salía y paseaba por París, todo estaba en calma.
Paradójicamente, el estallido de la guerra les devolvió parte de la felicidad que habían perdido los meses previos al estallido del conflicto.
"Las certezas son siempre más tranquilizadoras que las incertidumbres" le había dicho a Simon un día tras hacer el amor en la buhardilla.
Se seguían viendo a escondidas, pues no podía ser de otro modo.
Y aunque conocían hasta el último lunar del cuerpo del otro, ambos eran conscientes de que había secretos que guardaban para sí mismos.
Sus fantasmas, sus talones de Aquiles y sus mentiras.
Una tarde, al caer el sol, Anne fumaba semidesnuda en la ventana de la buhardilla.
La luz del atardecer iluminaba sus curvas y su pelo parecía una cascada de fuego cayendo por la espalda.
Simon deseó poder pintarla, pero no tenía la destreza de Anne con el lápiz.
No llegaría a captar ni de lejos la magia de la luz y la sombra de sus formas.
Cerró los ojos y guardó esa imagen en la retina.
Se acercó por detrás rodeándola con sus brazos.
Era mucho más alto que ella. Cruzó sus manos en el vientre de Anne, por encima del ombligo y por debajo del pecho.
- No hay atardeceres más bonitos que estos - susurró el aspirando el olor de su pelo con ternura.
- Eso podríamos discutirlo. Conozco un sitio maravilloso.
- Ajam…. ¿y dónde es eso si puede saberse?
- Las torres de Notre Dame.
- No he subido a las torres de Notre Dame.
- ¿No? – Anne se volvió para ponerse frente a Simon y rió. Su risa era fresca y juvenil – no me lo puedo creer ¡Tres años en París y no has subido a Notre Dame! ¿Qué has hecho con tu tiempo?
- Hmmmmmmm, trabajar supongo – la miró divertido, con ella era imposible aburrirse – además yo ya estoy mayor para todas esas escaleras.
- Ooooh eres un muermo Simon Campbell. ¿Mayor? Ni que tuvieras cien años – era mayor que ella, eso era evidente, pero se conservaba en buena forma y nunca habían sentido la necesidad de hablar de ello.
Se colgó del cuello de Simon y se puso de puntillas para besarlo.
- Venga, ¿cuántos años tiene usted señor Campbell...
? – le mordió el labio y él respondió a su provocación besándola con fuerza.
La alzó sobre el alféizar de la ventana y le acarició las piernas, desde los tobillos hasta donde comenzaba el monte de Venus.
Anne ronroneó de placer. Simon le mordió el cuello y le susurró al oído.
- Suficientes como para saber que estás jugando conmigo.
Se separó de ella dejándola con el deseo a flor de piel y se cruzó de brazos. Anne se mordió el labio inferior, con cierto fastidio, pero pensó que ya se cobraría su venganza en otro momento. Se puso el vestido y los zapatos y antes de salir de la buhardilla le dijo:
- Mañana te espero a las siete en la puerta principal de Notre Dame. Vas a ver un atardecer de verdad – Simon abrió la boca para protestar y decirle que era peligroso y que estaba completamente fuera de lugar, pero no le dio tiempo. Los pies ligeros de Anne ya volaban escaleras abajo.
Se tumbó sobre la cama boca arriba y se llevó las manos detrás de la nuca.
Reflexionaba con la mirada perdida en el techo.
Tenía treinta y nueve años, Anne no tenía más de veinticuatro.
Había visto y vivido mucho más que ella, era mucho más consciente de los riesgos a los que se enfrentaban y estaba claramente más preparado.
Pero con todo, lejos de sentirse desalentado, estar con ella le insuflaba frescura y valentía.
Sentía el deseo de quererla y protegerla, pero también necesitaba de su ingenio y su inteligencia.
Era aún muy joven, pero tenía una mente brillante.
Recordó como Mei le había advertido de que no se encaprichase de Anne Adler. Seducirla no debía ser diferente al resto de misiones encomendadas. Una como tantas otras antes. No significaban nada, eran solo trabajo. Nunca hablaban de Johann pero Simon sabía todo lo que tenía que saber sobre él.
Pero algo había salido mal, porque se había más que encaprichado de Anne Adler.
Anne era todo lo contrario a Mei Ling. Mei era astuta, calculadora, una compañera perfecta.
Y sin embargo no podía evitar necesitar desesperadamente tener entre sus brazos a Anne, para él era como la Venus de Cabanel, recostada con inocencia sobre la espuma del mar, con el cabello desparramado y los brazos extendidos.
Se le aceleraba el pulso solo con acariciarla.
Era como hacer vibrar las cuerdas de una guitarra, que emitía dulces melodías dependiendo de los acordes que se tocaran.
A cambio, ella le regalaba caricias con un tacto casi infantil que le hacía recordar sus años de despertar adolescente.
A veces se avergonzaba de sí mismo. Puso un vinilo en el gramófono, colocó con suavidad la aguja y dejó la mente en blanco.
La música comenzó a sonar y sus preocupaciones se desvanecieron.
A las siete de la tarde del día siguiente se encontraban a los pies de la torre norte de la catedral.
Miraban nerviosos a todos lados, para asegurarse de que no hubiera nadie conocido a su alrededor.
Sin duda alguna era una inconsciencia y les podía salir muy cara, pero se permitieron el lujo de hacer esa pequeña locura.
Llovía a mares y Simon sugirió tomar un café en algún sitio discreto de la ciudad vieja.
- De eso nada, cobarde. Vamos a subir.
- ¡Pero no veremos nada!
- ¡Ten fe! – tiró del brazo de Simon, y él se dejó arrastrar.
El mal tiempo hizo que no hubiera nadie en la torre.
Subieron las escaleras primero con agilidad y después más despacio.
Cuando llegaron a la enorme terraza entre las dos torres ya no llovía.
Así era París, podía tronar y llover con virulencia, pero enseguida escampaba y el cielo de París hacía su magia regalándoles un arco iris.
El viento se llevaba las nubes hacia el este y el cielo se abría como un telón, parecía un lienzo pintado con una amalgama de colores rojos y naranjas que bañaban los tejados de la ciudad.
Las torres de Notre Dame eran el sitio favorito de Anne.
Había descubierto que se podía subir por casualidad en uno de sus largos paseos el año anterior.
Así, siempre que podía subía para admirar las vistas.
Qué pequeño era todo desde allí, hasta los enormes puentes, se veía el Pont Neuf, el puente de las artes, la Torre Eiffel, el ayuntamiento, el museo d’Orsay, el del Louvre…
la vida allí pasaba a otro ritmo, y las personas parecían pequeñas hormigas.
Ahora compartía con Simon ese rincón secreto.
Apoyados sobre el muro de piedra, tan solo en la compañía de las gárgolas, observaron en silencio como la enorme esfera incandescente se ocultaba en el Sena mientras las nubes se teñía de morado y naranja.
Anne se dirigió hacia la salida pero Simon la retuvo. “Espera”. Sacó una cajita del bolsillo del abrigo y la puso sobre sus manos.
- ¿Qué es? – le lanzó una mirada inquisitiva – todavía no es mi cumpleaños y Navidades ya pasaron.
- Ábrelo anda.
Con los dedos temblorosos quitó la tapa. Dentro, una fina cadena de plata con un colgante en forma de golondrina. Simon carraspeó y se aclaró la garganta, parecía algo nervioso y aquello sí que era una novedad.
- Las golondrinas siempre regresan, no importa lo lejos que vuelen, siempre encuentran el camino de vuelta a casa.
A Anne se le empañaron los ojos. Le tendió a Simon la cadena, se apartó el pelo hacia un lado y dejó que él le abrochara el colgante. Acomodó la golondrina en el hueco entre las clavículas y la acarició con las yemas de los dedos.