Un consulado en París 3 de enero de 1940
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3 de enero de 1940

-           Sois unos inútiles, lo único que teníais que hacer era no quitarle el ojo de encima – Simon estaba desquiciado.

Llevaba siguiéndole la pista a Johann Adler durante meses.

Anne no parecía sospechar que él sabía de las actividades de su marido, de lo contrario estaba seguro de que lo habría compartido con él.

Al fin y al cabo, lo compartían todo – ¿cómo habéis podido perderlo de vista?

-            Señor, creemos que se dio cuenta de nuestra presencia.

-           ¡Madre mía! Os pedí discreción, era la única consigna, ¡la única! Sois un puñado de incompetentes – no podía creer que se hubiera esfumado delante de sus narices.

-           ¿Qué hacemos ahora señor? – el subordinado esperaba órdenes al otro lado del teléfono.

Observaba a su alrededor, pero todo parecía tranquilo.

Desde el otro lado, silencio. La cabina comenzaba a emitir el pitido característico que indicaba se estaba quedando sin saldo.

Hizo un nuevo intento de obtener respuesta – ¿señor?

-            No hacemos nada – y colgó.

Se frotaba las sienes y se preguntaba cómo se les había podido escapar. Dio un puñetazo sobre la mesa. Aquel hombre era más escurridizo de lo que pensaban. Se había sentido observado durante el viaje a las trincheras y había decidido huir. Descolgó el teléfono de nuevo. Al otro lado, una voz ronca.

-            ¿Diga?

-           Quiero un hombre en la puerta de su apartamento veinticuatro horas. Que no pierda de vista quién entra y quién sale.

-            Sí jefe.

Estaba seguro de que Johann Adler aún tenía cabos sueltos que atar en París, y de que, por tanto, volvería.

La huida precipitada no duraría. Johann estaba loco por Anne, eso lo tenía claro desde el principio.

Simon sabía de buena tinta que, aunque Johann frecuentaba los burdeles de París, jamás estaba con ninguna de las prostitutas.

Sin embargo, Anne estaba convencida que Johann se acostaba con otras mujeres y así se lo había hecho saber a Simon.

Egoístamente, Simon no se había molestado en  que Anne supiera la verdad.

Johann se había equivocado una vez, y esa vez fue suficiente para que él pudiera hacer su parte para alejarla de su marido. Al principio no era más que trabajo, o de eso se había tratado de autoconvencer, si bien él sabía que siempre había habido algo más.

Volvió a pensar en el tema del fugado. Los asuntos de Johann en París y querer volver a ver a Anne les daba una posibilidad para atraparlo si volvía a poner un pie en Francia.

Esta vez lo pillarían directamente por pasarse a territorio enemigo y ya no tendría escapatoria.

Lo que no sabía era cuando ocurriría. Cerró la carpeta y apagó la luz.