Un consulado en París 18-25 de diciembre de 1939
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18-25 de diciembre de 1939

Tras el tumultuoso mes de septiembre, en el cual la Unión Soviética y Alemania se repartieron Polonia como una tarta, todo pareció calmarse.

Era por supuesto una calma engañosa, tensa, pero calma, al fin y al cabo.

Desde que estallara la guerra, Johann se ausentaba cada vez más, a veces no aparecía en una o dos semanas, pero siempre regresaba, con su barba de varios días y su aspecto inmaculado.

Anne le había seguido en un par de ocasiones pero bien iba a la redacción del periódico o se sentaba en un café con algún conocido.

A veces iba a burdeles pero ya no le importaba. Ella ya no necesitaba sus caricias.

Curiosamente Johann no volvió por la embajada alemana, al menos no en ninguna de las ocasiones que Anne le siguió.

A veces pensaba que se lo había inventado y que todo había sido fruto de una imaginación prodigiosa.

Las ausencias largas, por otro lado, las justificaba con viajes a las fronteras de Francia para escribir sobre la situación y el clima que allí se vivía.

Escribían tanto sobre la población local como sobre las tropas francesas y británicas, atrincheradas tras la línea Maginot con el convencimiento de que aguantaría intacta como había ocurrido treinta años antes.

Anne sospechaba que cuando salía de París hacía algo más que entrevistas, algo quizá relacionado con la exploración del terreno.

Hurgó entre sus papeles en múltiples ocasiones, en busca de algo que pudiera incriminarlo, pero no encontró nada.

Tan solo halló artículos, reportajes, entrevistas y algunas cartas a amigos en Reino Unido.

Se pasó en un par de ocasiones por la redacción con la excusa de llevarle algo de comer, como al principio cuando llegaron a París, y miraba de reojo entre sus cosas, pero allí tampoco encontró nada que le sirviera.

Una noche de las que Anne buscaba en los cajones del despacho de Johann escuchó un tintineo de llaves procedentes de la puerta principal. Debía ser Johann.

-           ¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

– preguntó él. Anne no emitió ni un sonido.

Tenía que salir del despacho lo antes posible.

Escuchó el suelo crujir bajo los firmes pasos de Johann.

Tarde, cerró el cajón de golpe y se dejó caer sobre la silla justo en el momento en el que él asomaba la cabeza por la puerta. Se sobresaltó al verla.

-            ¿Necesitas ayuda con algo? – Anne echó un vistazo rápido a su alrededor.

-           He perdido mi pluma y me preguntaba si podía tomar prestada la tuya, quiero escribir a Lil – añadió sin mucha convicción.

Por la expresión que él puso, supo que no la había creído.

No había muchos motivos por los que Anne pudiera estar hurgando en su despacho y podría empeorar las cosas si él tenía la más mínima sospecha de que ella le espiaba.

Johann se acercó a la enorme mesa de cedro y se inclinó apoyando las manos sobre el filo.

Anne se levantó. Se estudiaron desde los lados opuestos de la mesa.

-           ¿Seguro? – parecía calmado, pero alerta – no me parece que sea el motivo real para estar aquí sentada. Las plumas están justo sobre el escritorio. Podías haberla cogido sin más.

-           No, tienes razón –Anne hizo entonces de tripas corazón y tomó la única decisión que podía sacarla de aquel atolladero sin despertar sospechas.

Con una voz fingidamente dulce, fingió rubor y agregó – no era solo eso – Johann era vanidoso y se sabía atractivo de modo que decidió jugar esa baza.

Se acercó al aparador donde Johann guardaba el alcohol y sirvió dos copas cargadas.

Sería más fácil así. Se bebió la suya de un trago y le tendió la otra a su marido quien la imitó.

Tras el incidente hacía meses no había vuelto a tocarla, pero la deseaba enormemente.

No quería ser brusco, todavía la quería, pero ya no era capaz de hablar de sus sentimientos.

Anne lo percibió y dejó que la besara. Estaba siendo cuidadoso, Anne no se sentía amenazada, pero él ya no significaba nada, no después de Simon.

Johann notó su rechazo, le dolió, pero no quiso forzar la situación.

Estaba convencido de que en algún rincón de su alma, su mujer todavía le deseaba, pero le daría tiempo para volver a su lado.

Ella volvería a él, porque se necesitaban el uno al otro.

Anne no quiso pensar más. No quería verse en otra situación así. Aprendió a convivir con las dudas y con la sombra de la sospecha pero sin volver a poner un pie en el despacho de Johann. Y aunque no bajaba la guardia, cada vez sentía que le importaba menos.

Los refugiados que huyeron antes de que estallara la guerra habían vuelto y se habían instalado de nuevo en París.

Los cafés habían reabierto y la música seguía sonando por cada rincón de la ciudad de la luz.

Era casi increíble que a cientos de kilómetros de allí miles de hombres se hacinaran en las trincheras.

La embajada había recuperado cierta normalidad, y aunque el trabajo se amontonaba y salían más informes políticos, económicos y sociales que salvoconductos, todos se habían volcado en sus nuevas tareas.

El invierno llegó veloz y con él, el olor a Navidad.

Serían las primeras navidades desde que estallase la guerra, pero no por ello eran menos especiales para todos los que estaban fuera de su casa.

Una semana antes del día de Navidad, todos se emplearon en decorar la embajada con muérdago y acebo.

La embajada sueca les había regalado un abeto recién traído de Laponia y todos querían colaborar colgando los adornos.

Habían comprado guirnaldas, bolas de cristal, tallas de madera y por supuesto, luces.

Estaba quedando precioso y por unos instantes, les parecía que estaban en los salones de sus hogares en Gran Bretaña.

El número de empleados se había reducido mucho y los que quedaban habían convertido en una gran familia, donde cuidaban los unos de los otros.

Anne, subida a lo alto de una escalera, hacía los honores de colocar el ángel en la cúspide del árbol. Un aplauso estalló en el hall y alguien abrió una botella de champán que debía haber guardado para la ocasión.

Les habían dado la tarde libre por lo que muchos de ellos aprovecharon para ir al centro de París y comprar los regalos.

Anne se quedó completamente prendada de una caja de música en la que una bailarina daba vueltas al son de la melodía del lago de los cisnes.

Lilian tenía cajas de música por doquier, más grandes, más pequeñas, pero ella nunca había tenido una.

Nunca había tenido tanto dinero como en aquel momento y jamás se hubiera podido permitir un regalo tan caro.

La compró para enviársela a su madre. La echaba de menos, era la única familia que le quedaba, e iban a ser las primeras navidades que pasasen separadas pues incluso después de casarse habían cenado en Navidad en la granja.

Cerró los ojos por un momento y casi le pareció evocar el olor a heno y a leña.

Qué lejos estaba todo aquello. Parecía que hubiera sido en otra vida. Pagó y salió de la tienda.

-            ¡Anne! – una voz familiar la saludó con entusiasmo.

-            ¡Élise! – la mujer del portero salía de la boutique de enfrente – ¿comprando lana?

-           Sí, tengo que tejer suéteres para todos mis sobrinos y me quedé sin madeja para el último. Pero ya casi acabo. ¿Qué llevas ahí? – preguntó con curiosidad.

-            Una caja de música. Es para mi madre, le va a hacer una ilusión enorme ¡Espero que llegue a tiempo!

-            ¿Vas para casa?

-           Sí, ¿caminamos juntas? – Élise accedió y cuando salieron de la galería los primeros copos de nieve comenzaron a caer del cielo. Ahora sí que se respiraban aires de navidad. Regresaron charlando animadamente sobre la familia de Élise y Philippe y sobre la cena que prepararían.

Cuando llegaron a casa, y Anne envolvió la caja cuidadosamente para evitar que se estropease durante el transporte.

Al día siguiente, todos los regalos del personal viajarían por valija diplomática excepcionalmente para asegurarse de que llegaban a tiempo a sus destinos.

Sacó del bolso un paquete de felicitaciones navideñas, una pluma nueva y se dispuso a escribirlas.

Con destino a Reino Unido, escribiría una para su madre, para Lilian y Hugh y otra para sus suegros.

Para la gente allí en París, una para Rémi, otra para Bernard, otra para Élise y Philippe, e indudablemente, una para Simon.

Se preparó un vaso de leche con canela como hacía su madre cuando era pequeña y pasó la tarde dando rienda suelta a su escritura, aprovechando para decirles por escrito cuánto los quería.

Navidad era esa época del año en la cual ponerse sentimental estaba permitido para todos y no quería desaprovechar la ocasión para hacerles saber lo especiales que era para ella.

“ Querida mamá, no sabes cuánto te echo de menos, pero te prometo que soy feliz…”, “Queridos suegros, Feliz Navidad. Johann y yo os deseamos todas las bendiciones y la felicidad del mundo…”, “Amiga mía, ojalá estuvieras aquí porque te añoro terriblemente, y aunque no habrá jamás distancia suficientemente grande para hacer que te sienta lejos, desearía poder abrazarte…”, “Mi muy estimado Rémi, te has convertido en un padre para mí, gracias por cuidarme, aunque a veces no me deje aconsejar…”, “Adorado Simon, ya no imagino cómo habría sido mi vida sin conocerte, sin besar tus labios, sin acariciar tus manos, ¿qué habría hecho si tus ojos no se hubieran encontrado nunca con los míos?... Con amor, Anne” las firmó y las metió en los sobres correspondientes. Todo listo.

Para todos aquellos que no tenían con quien pasar aquella noche, o que deseaban hacerlo allí, la cena de Navidad se celebró en el salón principal, donde se había celebrado el baile la primavera anterior.

Johann se había marchado con otros periodistas de modo que Anne estaba sola y decidió cenar acompañada de sus compatriotas y compañeros.

Antes de entrar a la fiesta Anne dejó los sobres con las felicitaciones encima de cada mesa de despacho.

Al entrar al salón, vio que Simon había acudido a la cena con su esposa y Anne sintió una punzada de celos.

¿Qué esperaba, ser ella su acompañante? Ellos no tenían que ocultarse por motivos evidentes.

Simon vestía de esmóquin y Mei Ling llevaba un vestido rojo, su presencia eclipsaba a todas las allí presentes.

Se acercaron a Anne, Mei la saludó fríamente con una sonrisa impostada y Simon apenas le prestó atención durante toda noche.

Por suerte para ella, Rémi también estaba allí.

Se sentaron juntos y bromearon durante toda la cena haciendo caso omiso de Simon y Mei, que conversaban con el embajador y su mujer.

-           Un momento de atención por favor – el embajador se había levantado de su silla – ha llegado el momento que todos esperabais.

Os agradezco mucho la colaboración para hacer de estas navidades algo si cabe, más especial teniendo en cuenta las circunstancias.

Bajo el árbol encontraréis un regalo para cada uno. Esperamos que os gusten.

Un murmullo de sorpresa recorrió la mesa. Se levantaron corriendo como niños y se sentaron sobre la moqueta alrededor del árbol buscando sus paquetes.

-            ¡Estèlle! ¡Lory!

-            Siguientes ¡Matthew! ¡Josh! ¡Anne!

-            ¡Simon! ¡Rémi! ¡Marie-Lise! aquí están los vuestros.

Todos eran calcetines y jerseys de Navidad ¡típico británico!

Entre risas se los pusieron y el encargado de protocolo sacó la cámara de fotos reservada para grandes ocasiones del almacén.

La fotografía quedó de lo más divertida.

Aquella noche fue un oasis en el desierto.

Cantaron villancicos y encendieron velas hasta bien entrada la madrugada cuando los primeros bostezos indicaron que era hora de volver a sus casas.

Simon alcanzó a Anne cuando ella atravesaba el patio.

-            Eh, espera, siento no haber podido estar contigo esta noche.

-            No pasa nada, lo entiendo perfectamente.

-            En serio, me hubiera gustado mucho. He visto tu felicitación en mi despacho.

-            ¿Has estado trabajando?

-           No, solo había ido a buscar esto – sacó la mano de detrás de la espalda. Sostenía un paquete envuelto en papel de regalo. Parecía un libro – ábrelo.

-            No tenías que haberte molestado…

-            No es molestia, por ti nunca lo es.

Con la emoción de un niño, Anne rasgó el papel. Era un bellísimo diario de cuero azul cian con las tapas acolchadas. Miró a Simon y este le hizo un gesto con la cabeza. Abrió la tapa y en la primera página en blanco había una dedicatoria escrita con inmaculada caligrafía.

“Para que seas tú, y solo tú, quien escriba las páginas de tu vida. Te quiere con locura, Simon”

Los ojos le brillaron de emoción. Sabía que podría haber gente observando por lo que se limitó a dedicarle una mirada llena de amor y a rozar las yemas de sus dedos.

-            Gracias…

-            No hay de qué. Nos vemos en unos días.

Simon regresó a la fiesta y Anne terminó de atravesar el patio. Una vez llegó al apartamento, se puso el pijama, se tumbó en el suelo y apoyada sobre unos cojines comenzó a escribir. París, 25 de diciembre de 1939…la guerra no ha podido con el espíritu de la Navidad…