31 de agosto de 1939 #5
Anne dejó de masticar, y escudriñó el rostro de Johann en busca de alguna reacción por su parte. Nada. Permanecía impertérrito, con la expresión impasible, ni un atisbo de sorpresa.
- Johann – susurró. No hubo respuesta – Johann, ¿esto es la guerra?
- Yo diría que sí – dejó la servilleta sobre la mesa, cogió el abrigo y el sombrero, y salió del apartamento.
Anne se asomó a la ventana y lo vio salir del portal y enfilar la calle lateral.
¿Dónde iría? Bajó corriendo las escalares con la firme intención de seguirlo pero para cuando llegó abajo y miró a todos lados Johann ya no estaba.
Ni rastro. Parada en medio de la calle, se llevó los brazos delante del pecho y se envolvió en ellos mientras se frotaba por debajo de los hombros para entrar en calor.
Johann no volvería hasta una semana después, pero eso entonces, ella no lo sabía.
Subió a casa. Se llevó la taza de café a los labios con la intención de terminárselo de un sorbo. Se había quedado helado. Vertió el contenido por el sumidero, fue al baño para terminar de arreglarse.
Cruzó las puertas de la embajada sin detenerse y sin dar siquiera los buenos días sosteniendo su acreditación por delante mientras corría hacia el edificio principal.
Y cómo no, Simon ya estaba allí. Siempre se enteraba antes que nadie, le costaba recordar un solo momento en el que le hubieran informado de algo que no supiera.
- Ya lo sabes entonces – afirmó, no era posible que no estuviera enterado.
- Lo sé. Me han despertado con una llamada desde Londres de madrugada tan pronto se han tenido noticias.
Anne le contó que ella había escuchado en la radio. Simón añadió:
- Y hay algo más. Los barcos polacos en el báltico han emitido señales de auxilio porque estaban siendo igualmente atacados.
- No han dejado nada al azar – Anne estaba pensativa.
- Alemania dice que lo han hecho en defensa propia porque habían sido atacados por Polonia.
- ¿Los polacos? Esa sí que es buena.
- Está claro que es una patraña y no tiene sentido. Los polacos estaban aterrorizados ante la posibilidad de un ataque, no entra en los cabales de nadie que ahora hubieran decidido enfrentarse solos a Alemania – exponía Simon más para sí mismo que para mantener una conversación.
- Es fácil, el régimen nacionalsocialista quiere ganar algo tiempo, y si miente diciendo que es Polonia quien les ha atacado Gran Bretaña y Francia podrían pensárselo dos veces antes de aplicar el tratado de defensa mutua.
- Eso no va a ocurrir. Es cuestión de días que se declare oficialmente el estado de guerra. Y hasta entonces nosotros tenemos mucho trabajo que hacer.
Sabían que ya no había marcha atrás, el enfrentamiento entre las grandes potencias europeas era ya inevitable.
Se reunió a todo el personal de la embajada en el comedor principal.
Había muchísima gente trabajando allí, mucha más de la que Anne hubiera pensado inicialmente.
Pasaba los días entre la sala común del consulado y el despacho de Simon así que era normal que no hubiera tenido mucha relación con apenas nadie más.
El embajador parecía completamente abatido.
- En primer lugar, buenos días a todos, si es que se puede decir eso todavía.
Acabo de colgar el teléfono con Londres.
Les informo en primicia de que el gobierno de la nación va a dar un ultimátum a Adolf Hitler para que saque a sus tropas de Polonia de inmediato.
Tienen cuarenta y ocho horas para abandonar el territorio invadido y restablecer así las fronteras soberanas polacas.
No obstante, me entristece profundamente decirles que tengo razones de peso para creer que Hitler no aceptará y por ello hemos tomado la decisión de evacuar a todo el personal que lo desee de vuelta a Londres.
Anne apretó fuertemente la mano de Rémi, buscando cierta seguridad. Rémi le devolvió el apretón para infundirle ánimos. El embajador proseguía:
- No obstante, Francia es a día de hoy un país aliado, y por tanto, todo el que desee quedarse podrá hacerlo.
Les recomiendo, sin embargo, si deciden quedarse, que sus familias vuelvan a la seguridad de nuestras islas – estaba emocionado por las circunstancias, al fin y al cabo era un ser humano, como todos los demás – habrá por supuesto, una reestructuración de los servicios y es muy posible que haya que reforzar ciertas secciones, pero cruzaremos ese puente en unos días.
Si alguien tiene alguna pregunta, por favor, que no dude en formularla.
De lo contrario, ya pueden volver a sus puestos.
En medio de un silencio sepulcral, el grupo se dispersó y Anne buscó a Simon, pero no lo encontró por ninguna parte.
Desde que se hubieran visto a primera hora, parecía habérselo tragado la tierra.
Cuando volvió a su sitio, Rémi se le acercó discretamente y le susurró al oído que no lo encontraría allí.
- ¿Cómo sabes a quién busco? – le había preguntado sorprendida.
- Porque después de más de veinte años en este oficio he aprendido a observar a la gente. Y tú – agregó – eres un libro abierto. No soy quién para decirte esto. Te voy a dar uno de esos consejos que no se siguen pero que alguien tiene que darte. Él no te conviene.
Anne se quedó de piedra. Le había tomado mucho cariño a Rémi y había aprendido a valorar sus consejos y tenerlos presentes.
Pero aquello era muy diferente, ¿Qué no le convenía?
¿Es que todos los hombres de su alrededor venían envueltos en un aura de misterio y poca conveniencia?
No le dio las gracias a Rémi por el consejo no solicitado.
- Si no está aquí ¿dónde está entonces?
- En la embajada alemana. Van a tantear el terreno sobre la actitud de los alemanes para con Francia – y volvió a sumergirse en la pila de papeles que se amontonaban en su mesa, daba igual las horas que trabajase, las peticiones de asistencia crecían por momentos, no daban abasto.
Anne comprendió que no sacaría nada más en claro aquel día, pero tenía que ayudar con los informes si no quería que le diera un infarto a Rémi.
Preguntó cómo podía ser de ayuda y a modo de respuesta él colocó en su mesa un montón de informes resueltos “Para enviar y llevar a correos esta mañana. Urgente”.
Dos días después, el personal de la embajada se encontraba en el comedor reunido de nuevo.
Anne tuvo una desagradable sensación de déja-vu .
Rodeando el aparato de radio que sintonizaba la BBC, todos esperaban con ansiedad la comparecencia del Primer Ministro.
Así, pasadas las once de la mañana, con el ultimátum a Alemania vencido, la voz de Chamberlain llegó clara a través de las ondas.
“…esta mañana el embajador británico en Berlín ha entregado al gobierno alemán una nota final comunicando que salvo que anunciaran sus planes de retirada de Polonia antes de las once de la mañana del día de hoy, el estado de guerra se declararía entre nosotros. Debo deciros ahora que no se ha recibido tal noticia, y, en consecuencia, este país está en guerra con Alemania…”
Silencio. Alguna lágrima de decepción. Desolación general.
El gobierno había hecho todo lo que había estado en su mano para evitar un nuevo conflicto, y así lo habían comunicado a la nación, de modo ingenuo quizá, pensaban que cualquier cosa era mejor que una nueva guerra, pero se habían dado cuenta de que la paz no se podía comprar a cualquier precio.
Once meses después que el primer ministro declarase haber obtenido “la paz de nuestro tiempo” a su regreso de Múnich, estallaba la Segunda Guerra Mundial.