Un consulado en París 31 de agosto de 1939 #4
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31 de agosto de 1939 #4

Debería haber seguido por la vereda del Sena, pero  un sentimiento de curiosidad por asomarse a la Embajada alemana se apoderó de ella.

Pasado el museo d’Orsay se desvió hacia la izquierda, y entró en la paralela calle de Lille.

Estaba desierta, no había ni un alma. Casi se sintió decepcionada.

Sobrepasó las puertas y continuó calle arriba.

Apenas había caminado unos veinte pasos, escuchó como se abría un portón a su espalda.

Instintivamente se metió en el hueco del siguiente portal y asomó la cabeza.

Cruzaron el umbral dos figuras El hombre que presumiblemente se marchaba de la embajada, se cuadró en posición militar y levantó su brazo derecho.

Su saludo fue inmediatamente correspondido y la puerta se cerró secamente.

Entonces Anne abrió tanto los ojos que pensó que se le iban a salir de las cuencas ¡Johann!

¿Qué clase de broma era aquella? ¿Qué hacía Johann saliendo de la embajada alemana?

y lo peor de todo ¿por qué hacía el saludo nazi?

Podía y debía tolerar que tuviera trato con algún alemán por su trabajo, entendía que las fuentes de información eran escasas y valiosas a partes iguales, pero lo del saludo la dejaba completamente fuera de juego.

No había obligación alguna de saludar a un alemán así y mucho menos en una soberana, democrática y libre Francia.

Su mente inventaba a toda velocidad decenas de excusas para evitar pensar en la que era más evidente, que Johann había vuelto la espalda a Inglaterra.

Los pasos se acercaban, retrocedió todo lo que pudo en el hueco y pegó la espalda a la pared para mimetizarse con la oscuridad.

Cerró los ojos para evitar que cualquier brillo delatara su presencia.

Escuchó sus zapatos mientras pasaba por delante del portal, sin percatarse de que ella se encontraba allí.

Debía pensar, y rápido cómo llegar antes de Johann a casa, era demasiado tarde y era domingo, si llegaba después que él levantaría sus sospechas.

Podría decir que se había entretenido en el museo y sería igualmente cierto, pero estaba tan nerviosa que temía se notase que estaba mintiendo.

Además, si llegaba antes que él, le preguntaría dónde había estado.

Eso le daría la oportunidad de decirle la verdad y todo quedaría aclarado.

Trataba de convencerse a sí misma mientras pensaba qué ruta sería más efectiva para llegar a casa.

El trayecto más corto era cruzando el puente de la Concordia, la plaza y después callejeando.

Pero apostaba a que Johann tomaría también ese camino.

Sigilosamente, y a una distancia prudencial, le siguió hasta el final del boulevard Saint Germain.

Johann miró a ambos lados como si comprobase que nadie le seguía y efectivamente, vio como atravesaba la intersección para cruzar el puente de la Concordia.

¡Lo sabía! El camino alternativo a pie suponía unos cinco minutos más, pero estaba segura de que lo lograría.

Se quitó los zapatos para ir más rápido.

Descalza, corrió por el Quai d’Orsay hasta llegar al puente de Alejandro III, atravesó la avenida que llevaba el mismo nombre que el puente, dejando el Grand  y el Petit Palais a izquierda y derecha.

Cuando llegó a los Campos Elíseos le faltaba el aire.

Se agachó, y apoyó las manos en las rodillas para tomar aliento.

Uno, dos, tres, contó hasta diez, no se podía permitir ni un segundo más.

Los minutos eran valiosos y ella corría contra el cronómetro.

Encaró la rue de Marigny, giró bruscamente para por fin llegar a la plaza de Saussaies y ¡Pam! Se chocó fuertemente contra alguien.

-            ¡Auch! – se llevó la mano a la frente. Parecía que solo era un chichón.

-           Señorita ¿está bien? – un sereno que hacía la ronda la miraba desconcertado. No iba mal vestida ni parecía estar en apuros, pero iba corriendo y llevaba los zapatos en la mano, así que quiso cerciorarse - ¿alguien le ha hecho daño?

-           No, no. Estoy bien de verdad – Anne jadeaba – se me hizo tarde y tengo que volver a mi casa. ¡Muchas gracias!

El sereno hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, se tocó el sombrero y como si nada hubiera pasado siguió su camino, doblando la esquina por la que hacía apenas unos instantes Anne corría como alma que lleva el diablo.

Anne levantó la cabeza, miró hacia arriba y no vio luz en el apartamento.

Respiró y se permitió una pequeña sonrisa de satisfacción.

Empujó el portal, estaba abierto, y subió rauda las escaleras.

Se desvistió a toda prisa y tiró la ropa arrugada al suelo, empujándola con el pie bajo la cama.

No había tiempo de doblarla y guardarla en el armario.

Se puso el batín de noche, encendió una lámpara y se sentó en su mecedora.

Un minuto más tarde escuchaba las llaves de Johann introduciéndose con cuidado en la cerradura.

-            ¿Anne?

-            Estoy en el comedor – puso su voz más inocente y añadió – leyendo un poco.

Johann se acercó hasta donde ella estaba y le dio un beso cortés en el pelo.

-            Es tardísimo, ¿qué te ha retenido tanto un domingo por la noche?

-            Nada importante, he estado en el piso de la redacción con otros periodistas tomando algo e intercambiando opiniones.

-            ¿El piso de Trocadéro? – preguntó sutilmente.

-           Sí, ese mismo – parecía molesto y se puso a la defensiva - ¿es que ahora te preocupas por dónde está la redacción?

-            No, no, para nada – respondió con indiferencia – solo pretendía ser amable. Lamento si te ha molestado.

-           Perdóname, no quería sonar enfadado – Johann bajó la guardia y sus músculos se destensaron. Asumiendo que la conversación no se prolongaría se retiró a dormir a la habitación de invitados.

Anne se dejó caer en la mecedora y abrazó un cojín.

Le había mentido descaradamente, ya no había excusas.

Desconocía los motivos que habían llevado a Johann a mezclarse con el régimen nazi, pero si quería averiguarlo tendría que actuar sola.

No podía meter a nadie más en ello. Pensó en contárselo a Simon pero él no se andaría con rodeos, pondría toda su maquinaria a funcionar y alguien podría acabar muy mal…

Ahora lo entendía todo, las salidas hasta altas horas, la actitud fría y distante, el nerviosismo creciente a medida que la situación internacional iba escalando.

Comprendió que Johann había utilizado su posición privilegiada dentro del Times para obtener información del gobierno y alentar una posición de apaciguamiento mientras Alemania se rearmaba.

Gran Bretaña tampoco había perdido el tiempo y ya desde abril habían comenzado con el reclutamiento de jóvenes de apenas veinte años para ejercicios militares.

Sin embargo, los esfuerzos británicos de rearme habían sido mucho menores de lo esperado para no despertar ninguna sospecha en el régimen nazi, sobre la honestidad de sus intenciones para mantener la paz.

Anne sabía por Simon que Gran Bretaña estaba muy por detrás de Alemania en cuanto a mecanización.

Por otro lado, la mentalidad francesa de utilizar lo que ya tenían de la Gran Guerra llevó a sus líderes a pensar en una posible reutilización, lo que a todas luces era una locura, viendo cómo Hitler levantaba cientos de fábricas de armamento por todo el país y modernizaba su letal maquinaria bélica.

Anne se llevó las manos a la cara, todo había sido en balde.

Anne recordó entonces a uno de sus profesores de la universidad de Cambridge, quien terminó una de sus clases magistrales diciendo “Recordad, los ejércitos, están formados por hombres, y está en la naturaleza del ser humano aprender más de una derrota que de una victoria. El derrotado en una contienda no repetirá los mismos errores, lo hará mejor que la última vez”. Alemania lo haría mejor aquella vez.

El jueves 31 de agosto se llegó por fin al punto muerto que tanto habían temido y que de alguna manera esperaban.

La negativa de Reino Unido y Polonia de sentarse en la mesa de negociación que Hitler había ofrecido para hablar de la cuestión polaca y las posteriores declaraciones de Alemania indicando que el tiempo de la negociación había pasado, desencadenaron una oleada de frenetismo en Francia.

Anticipando la posibilidad de un bombardeo sobre París, el ayuntamiento, con la ayuda del gobierno, evacuó a más de treinta mil niños de la ciudad, en trenes repletos que los repartirían por los distintos departamentos.

Las estaciones de tren eran como hormigueros y las despedidas se vivían con una enorme tristeza.

Los padres se abrazaban en el andén mientras despedían a sus hijos con lágrimas en los ojos, sin saber siquiera cuándo o si volverían a verlos.

Esa noche, con el miedo de un bombardeo sobre la ciudad, las farolas de París permanecieron apagadas.

Las calles desiertas y en completa oscuridad, hicieron que a Anne se le viniera a la mente la frase que pronunció el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey, justo antes de que Gran Bretaña entrase en la Primera Guerra Mundial “Las luces se están apagando en toda Europa, puede que no las volvamos a ver encendidas en el tiempo que nos queda de vida”. La historia siempre se repetía.

El viernes 1 de septiembre Johann y Anne desayunaban en silencio. Era temprano, el reloj no había marcado aún las siete. Anne encendió la radio. Le gustaba escuchar las noticias a primera hora y llenaba el silencio que había entre ambos.

“…como les estamos contando desde hace poco más de una hora, esta mañana, antes de las cinco, más de un millón y medio de soldados del ejército alemán han entrado en Polonia. Simultáneamente, la fuerza aérea alemana ha bombardeado los aeródromos polacos, dejando así a la aviación polaca completamente inutilizada”