Un consulado en París 31 de agosto de 1939 #3
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31 de agosto de 1939 #3

-            Anne, c’est vous? – una amable voz masculina preguntaba por ella.

-           Oui, c’est qui? – estaba algo confundida, y aún no estaba completamente despierta. Además, casi nadie llamaba preguntando por ella, y mucho menos un domingo.

-            Bernard, du Louvre! Viens-là! Vite!

Colgó. El bueno de Bernard. Bernard era uno de los conservadores del museo del Louvre.

Lo había conocido en una de sus primeras visitas y se cayeron bien enseguida.

Bernard se encargaba de la restauración de cuadros del Renacimiento desde hacía más de una década, y en su cabeza había más conocimientos que en la más completa enciclopedia de historia del arte.

Podía pasarse horas escuchándole. Conocía cada detalle de lo que había pintado en cada cuadro.

Sabía incluso de las flores y plantas; para casi todo el mundo pasaban desapercibidas, pero no escapaban a la aguda mirada de Bernard.

Cada vegetal tenía su significado, la venganza, el amor, la esperanza, la crueldad, la amistad, todo estaba ahí para quien supiera verlo.

Fue Bernard quien le desveló el significado oculto en el ramo de flores que había recibido su primer día de trabajo en la Embajada.

-            ¿Qué son? – le había preguntado.

-           Oh là là! Son gardenias, y al ser blancas significa que hay un amor secreto – la miró con los ojillos brillantes mientras levantaba las cejas varias veces de forma cómica – ¿tienes un chèri ?

Anne recordó que había soltado una carcajada limpia y sonora.

¿Un amante? ¿Yo? Para nada. Pero eso era entonces, tardaría pocas semanas tardaría en desvelarse de quién había sido la idea.

Muy listo Simon Campbell. Apartó los recuerdos de un plumazo de su mente y se vistió con rapidez.

El director del museo, Henri Verne, anticipando que podía haber incursiones aéreas, pillaje y las consecuencias fatales que eso podría tener sobre el museo y sus obras, había dispuesto que todos los empleados, algunos de ellos fueron incluso llamados y obligados a volver durante sus vacaciones de verano; así como tantas manos discretas como pudieran conseguir, se reunieran el domingo en el Louvre para embalar y proteger las obras más importantes que serían posteriormente enviadas fuera de la ciudad.

En apenas quince minutos y jadeando por el esfuerzo de la carrera hasta allí, llegó a la entrada de personal.

Dio su nombre al guardia de seguridad que la hizo pasar con discreción.

Se cruzó con una de las encargadas de sala, Chloé, quien la cogió del brazo y le explicó que ella se encargaría efectivamente de ayudar a Bernard.

Asintió. Le indicó que podía encontrarle en la primera planta, en el ala sur, estaría en cualquiera de las salas con vistas al Sena.

Subió corriendo la escalinata y encontró a Bernard, otrora tan introvertido y silencioso, dando órdenes a diestro y siniestro.

-           Anne ma belle ! Viens-là, viens-là !

– se subió las gafas que se resbalaban hasta quedar sobre la punta de su nariz con el dedo índice y le mostró el enorme listado que tenía en las manos – estas son todas las obras que hay que sacar del museo antes de esta noche.

Cada una tiene un número asignado – señaló la segunda columna – este número indica, bien sûr , la obra que es, pero sin dar su nombre, y también el destino.

Cada uno de los destinos asignados tiene un código, de modo que los conductores pueden identificarlo fácilmente.

Las etiquetas solo llevarán este número.

Cuantas menos trazas de lo que contiene mejor – afirmó enérgico – tú te vienes conmigo, sé mi sombra, coge ese rollo de papel de estraza marrón y sígueme.

Trabajaron sin descanso durante todo el día, los cuadros desfilaban fuera del museo. El sudor les resbalaba por las sienes, y los brazos. La ropa se pegaba al cuerpo por el calor y la humedad que subía desde el río.

-           Y ahora a por la medusa – Bernard avanzaba a grandes zancadas y Anne tenía que correr tras él. Bernard se plantó frente al gigantesco cuadro con los brazos en jarras sobre las caderas – Voilà! Quelle mission!

-           ¿¡Pero cómo vamos a sacar eso de aquí!? – Anne miraba La balsa de la Medusa de Jericó con una expresión que reflejaba algún sentimiento entre el horror y la sorpresa. Los músculos de los brazos le ardían de descolgar cuadros, cargar cajas y envolver mercancía.

-           Facile! – Bernard parecía no estar en absoluto preocupado por las titánicas dimensiones de la obra, casi cinco metros de altura por más de siete de base.

Dio dos palmadas y todo el grupo se puso a trabajar, más de una veintena de personas ayudó a descolgar el cuadro.

Lo posaron suavemente sobre el suelo donde lo envolvieron en tela.

Sacarlo de allí fue casi un milagro. Debido a su enorme tamaño no cabía en un camión convencional, pero el director había conseguido que la Comedie Française les prestara uno de sus camiones.

Estaba claro que aquella operación de evacuación había sido concebida por una mente brillante.

A última hora de la tarde, cruzada de brazos desde lo alto de la escalera, observó cómo los operarios, con enorme delicadeza, bajaban la Victoria de Samotracia de su pedestal sobre una larga rampa de madera.

Encorsetada por una estructura de tablones, se deslizaba sobre una plataforma con ruedines.

Acompañó a la escultura con la mirada mientras la sacaban del museo y la introducían en la parte trasera de un camión.

Y así es como Francia, al abrigo de las sombras del ocaso y con una enorme tristeza, ocultaba a su Niké, su Victoria, que se refugiaría en la seguridad del castillo de Valençay, en el valle del Loira.

La acompañaría a este mismo palacio la Venus de Milo, su adorada Afrodita.

Durante los años de ocupación alemana, una réplica, mucho más blanca que la original, sería expuesta en el museo sin que nadie pareciera darse cuenta del engaño.

Notó la presencia de Bernard a su lado, y, por el rabillo del ojo vio que lloraba.

Le rodeó con un brazo en silencio para aportarle algo de consuelo.

Bernard abandonaría poco después París y durante los años que duró la guerra visitó decenas de castillos y otras localizaciones donde se habían ocultado las obras, vigilando así su estado de conservación, como un padre velaría por el bienestar de sus hijos.

Al anochecer, se reunieron todos los que habían dado lo mejor de sí mismos aquella jornada, y descorcharon una botella de vino.

Brindaban por sus obras, por su contribución a la conservación del patrimonio y su amor por el arte.

Entre quienes estaban allí, se encontraban Henri Verne y Jacques Jaujard, el director del Louvre y quien habría de ocupar el cargo al año siguiente.

Anne supo que ambos habían trabajado sin descanso para concebir el plan de evacuación desde septiembre de 1938.

Se habían firmado acuerdos con empresas de transporte y encargado enormes cajas a talleres de todo el país para almacenar los cuadros.

Así, la operación se desarrolló como un engranaje perfectamente engrasado.

Todos los departamentos del país se volcaron en recibir obras, y la nobleza francesa, ofreció sin dudarlo sus castillos para ocultar las obras.

Se cuenta que más de tres mil novecientas pinturas fueron evacuadas y no regresarían a sus salas originales hasta el fin de la guerra.

El museo del Louvre, que apenas hacía tres años había acogido centenares de cuadros del museo del Prado de Madrid como gesto de buena voluntad con el gobierno de la República durante la Guerra Civil española, se veía ahora reflejado en un espejo en el que hubiera deseado no mirarse nunca.

Cuando la velada improvisada hubo terminado, salió por una de los accesos laterales del museo.

La noche era cálida y las estrellas brillaban sobre el cielo de París.

Así, en vez de regresar por el jardín de las Tullerías, el trayecto más corto al apartamento, decidió tomar el camino de vuelta por la otra ribera del río, cruzando el maravilloso Puente de las Artes.

Bordeado de bancos y flores, inspirado en los jardines colgades, desde su construcción en tiempos de Napoleón Bonaparte era uno de los lugares preferidos de pintores y músicos para dar a conocer su obra.

Ya había anochecido y la afluencia era mucho menor.

La melodía de un acordeón llegó a sus oídos antes de que alcanzara siquiera el puente.

Anne avanzó un poco más y se paró a una distancia prudencial para no estropear la magia del momento.

El músico tocaba en el medio del puente.

Sus dedos pulsaban con maestría las teclas de los acordes bajos y su mano derecha acariciaba las teclas del piano.

Las notas fluían, no conocía la canción pero no importaba, esa música le devolvió un poco de la paz que la tarde le había robado.

Sacó una moneda de su bolso y se la echó sobre la gorra de tela que descansaba sobre el suelo, casi vacía.

Él le hizo una graciosa reverencia y Anne prosiguió su camino.

A su espalda, había comenzado a tocar una nueva canción.

Nunca dejaría de sorprenderle cómo París florecía y brillaba con luz propia incluso en los días más oscuros.