31 de agosto de 1939 #2
- Pas vrai, bien sûr – respondió Rémi sin apenas mover los labios – pero si no descansamos no vamos a rendir y quedan muchas jornadas de trabajo duro. Apoyó su mano conciliadora sobre los brazos de Anne.
- ¿Tú te quedas? – sospechaba la respuesta y arrugó la frente.
- Dormiré en la residencia, en el ala de invitados, por si hay alguna emergencia consular.
- ¿No está Simon para eso? – al fin y al cabo, él era el cónsul.
- No quiero dejarlo solo – Rémi era como un padre para todos allí, se preocupaba por todo el mundo menos por sí mismo. Anne comprendió que se quedaría a pasar la noche dijera lo que dijera, por lo que no hizo ningún esfuerzo para convencerlo de lo contrario.
Se dispersaron y en silencio abandonaron el edificio uno a uno.
A pesar de que el sol había caído hacía horas, el ambiente aún era cálido y la noche se prestaba a un paseo.
Anne dio un rodeo para ir a casa. A pesar de lo agotador de la jornada no tenía sueño.
Sentía que, aunque se metiera en la cama no podría conciliar el sueño.
Al llegar al apartamento Johann la estaba esperando despierto.
Por el bien de ambos, habían tratado de olvidar el desagradable incidente del mes anterior.
Se trataban con respeto y cordialidad, pero inevitablemente, su relación había quedado reducida a cenizas.
Dormían en cuartos separados y apenas compartían horarios.
Sus vidas habían tomado rumbos que cuando llegaron a París no hubiera imaginado.
Johann llegaba muchas noches oliendo a alcohol y Anne se había refugiado en los brazos de Simon.
No se inmiscuían el uno en los asuntos del otro, pero de tarde en tarde todavía disfrutaban de un vaso de vino y una charla frugal.
- Buenas noches, Anne.
- Hola, Johann – se quitó los tacones en el descalzador de la entrada y agradeció pisar en plano, tenía los pies hinchados de correr de un lado a otro – ¿Qué haces despierto?
- No podía dormir, además, tengo mucho que escribir.
¿Algo nuevo para mí? – Anne le informaba de cosas que pasaban en la embajada, nada confidencial de lo que Johann no se fuera a enterar tarde o temprano, pero ello ayudaba a no empeorar más la situación entre ellos pues por el momento se necesitaban el uno al otro, aunque solo fuera para guardar las apariencias.
Anne se acercó a la ventana del salón que estaba abierta, se apoyó en el quicio y encendió un cigarrillo.
- ¿Desde cuándo fumas tú? – Johann nunca la había visto fumar y parecía sorprendido.
- ¿Desde cuándo te importa? – fue excesivamente cortante, pero no le iba a decir que empezó cuando perdió el bebé.
Quiso contárselo en decenas de ocasiones, pero le faltaron las fuerzas.
Después, llegó la noche en que su relación estalló en mil pedazos.
Ella se distanció, y las idas y venidas de Johann no ayudaban.
Además, casi por accidente, se enteró de que frecuentaba ciertos burdeles de Montmartre y fue entonces cuando descartó completamente la idea de decirle que había estado embarazada.
- La delegación polaca está en la embajada – recondujo la conversación – la negociación oficial se está produciendo en Londres, pero el embajador ha considerado que sería positivo que se conozca la resolución a la vez aquí en Francia.
- ¿Crees que saldrá algo en claro de todo aquello? – Johann parecía sinceramente interesado.
- Un parche como mucho.
- Prepararé un pequeño párrafo en cualquier caso – pausó – como complemento al artículo que se publicará mañana.
- Claro, yo me voy a la cama. Buenas noches, Johann.
Tal y como habían supuesto, las negociaciones en Londres duraron toda la noche, y se prolongaron durante parte de la mañana siguiente.
Cuando Anne llegó a la sección consular pasadas las ocho, la delegación seguía aún allí.
Preguntó a una de las asistentes de cocina si habían pasado toda la noche dentro.
Afirmó. De allí no había salido nadie. Le contó que habían preparado café al menos cuatro veces desde que se encerrasen en la sala.
Ellas también estaban agotadas y de hecho, cuando la interceptó por el pasillo, ella y la cocinera se marchaban a casa a descansar.
Anne se preparó un té y comenzó a revisar las solicitudes de salvoconductos.
Muchas eran de niños, parecía que el gobierno francés estaba dispuesto a evacuar cientos, o quizá miles de niños de París y pretendía que cruzasen el canal de la Mancha lo antes posible.
No había muchas esperanzas ya de parar aquello, solo de minimizar el daño.
Estudió a conciencia cada una de ellas. Meticulosamente, las separaba en dos montones, en uno aquellas que parecían estar en orden y que pasaría directamente a la mesa de Simon para que sellase.
En el otro montón, aquellas con las que necesitaría la ayuda de Rémi, bien por presentar alguna anomalía o bien porque faltaba información.
Al filo del mediodía, la puerta de la sala de recepciones se abrió y ambas delegaciones salieron.
Los británicos acompañaron a los polacos a la entrada para despedirlos.
Anne se acercó al armario del material de oficina que estaba al lado de la puerta de entrada, y miró por una rendija de la puerta que daba al vestíbulo.
Había adquirido la mala costumbre de espiar detrás de las puertas, y no se le daba mal.
Sigilo y discreción era todo lo que hacía falta.
En escena, el embajador sonriente y los polacos que parecían satisfechos.
Intercambiaron apretones de manos y cumplidos.
Pero Anne no se dejó deslumbrar por la feliz escena.
Había aprendido a observar no solo lo que estaba en primer plano, sino los detalles subyacentes, y tras el grupo, ligeramente apartado, estaba Simon con el semblante serio.
Había habido acuerdo, estaba segura, pero Simon no estaba satisfecho.
El grupo se dispersó y Anne volvió discretamente a su sitio con un par de bolígrafos y un lapicero.
La puerta se abrió de par en par y Simon, muy serio habló:
- Señora Adler. A mi despacho, traiga todo lo que haya que firmar esta mañana, ahora.
- Sí, señor cónsul. Enseguida – Anne lanzó una mirada preocupada a Rémi, y este le correspondió con una expresión que no supo interpretar. ¿Resignación tal vez? Cogió todo el montón de salvoconductos listos para aprobar, pesaba una tonelada.
- Cierra la puerta – Anne cerró tras de sí empujándola, quizá más enérgicamente de lo necesario.
- ¡Eh! Puedes no ser tan brusco – dejó caer toda la documentación de golpe en la mesa de Simon – ahí lo tienes. ¿Algo más?
Simon levantó las manos y pidió disculpas.
La invitó a sentarse y le explicó que Gran Bretaña y Polonia habían llegado a un acuerdo y habían firmado un tratado de asistencia mutua en caso de agresión por parte de Alemania.
El tratado era una garantía para Polonia, pero en realidad no serviría para contener eternamente las ansias imperialistas de Hitler.
Los aliados se enterarían meses más tarde de que habían dilatado el inicio de la guerra cinco días, pues Hitler, quien había dado órdenes de invadir Polonia el 26 de agosto, tuvo que dar marcha atrás y retrasar la ofensiva.
- El tratado de asistencia es un parche – parche era la misma palabra que Anne había usado para describirle a Johann la noche anterior lo que opinaba del potencial acuerdo.
Sentada en el sofá del despacho de Simon, con los codos apoyados las rodillas y la cara sobre las manos escuchaba sin interrumpir – hemos sabido que en los próximos días el gobierno británico va a evacuar a miles de personas de grandes urbes para dispersarlas en el campo.
Además, el Agregado Naval ha confirmado que la Royal Navy está lista para ser movilizada y llamar a los reservistas a filas.
- ¿Se sabe algo de la reacción alemana?
- Por el momento nada, pero no tardarán en hacer alguna declaración.
O peor, en no hacerla. A veces se sabe más por lo que se calla que por lo que se dice – Simon bebió un largo trago de agua para aclarar la garganta.
Su voz estaba ronca de toda la noche hablando sin descanso – quizá debiera beber algo más fuerte, me haría mejor que agua.
Tengo la cabeza demasiado despejada. A veces pienso que me haría bien ser más idiota o más crédulo.
- Yo también lo pienso – Anne se levantó y se dirigió despacio hacia Simon, rodeó la mesa del despacho mientras marcaba su camino acariciando la madera con los dedos hasta colocarse por detrás de la silla – pero si fueras un idiota yo no te querría nada – le dijo susurrándole al oído.
Simon echó hacia atrás la cabeza y se dejó llevar.
Anne le besaba el cuello mientras sus manos se colaban en su pecho por el cuello de la camisa.
Con un movimiento rápido Simon se dio la vuelta para tomarla en sus brazos.
Como en anteriores ocasiones, sus dedos se colaron ágiles por debajo de su falda.
Anne era pequeña, pesaba lo que una pluma para él, y con habilidad felina la sentó sobre la mesa quedando frente a frente.
La acarició hasta que ambos no pudieron más.
Anne mordía el hombro de Simon y él ahogaba los jadeos en su cuello.
Hicieron el amor como dos adolescentes, sin ningún cuidado, sin ningún pudor y sin preocupación de que la puerta pudiera abrirse.
Se amaron con una intensidad casi violenta, como si temieran que la guerra fuera a robarles también aquello.
El domingo, Anne se despertó sobresaltada por el sonido del teléfono. El día anterior también habían trabajado hasta tarde y pensaba disfrutar de unas bien merecidas horas extra de descanso.
- ¿Diga? – bostezó.