31 de agosto de 1939
La última semana de agosto los acontecimientos se precipitaron en toda Europa, parecía que hubieran lanzado enorme cañonazo cuya bomba volaba a gran velocidad por encima de sus cabezas. Ya nadie se preguntaba si se dispararía o no, sino cuándo y dónde sería el impacto.
Todo el personal vio como el ministro de exteriores francés salía visiblemente airado del edificio de la embajada británica.
Había llegado a primera hora de la mañana, tan solo acompañado por un puñado de asesores; y apenas una hora después daba por finalizada la reunión, que no parecía haber sido sino un intercambio de reproches.
Asomados a las ventanas, los funcionarios británicos y el personal local se amontonaban unos encima de otros para ver la escena del patio principal, pegando sus narices a los cristales.
- Déjame un hueco que no veo – protestaban unos.
- Aparta, ¡tú ya has visto suficiente! – respondían los que tenían los mejores sitios.
- ¿Qué pasa? ¿Se van ya? – preguntaban algunas voces desde el fondo.
El personal se abría paso a codazos para llegar a las ventanas.
El ministro de exteriores francés blasfemaba echando la culpa a su homólogo británico, mientras veían cómo el embajador trataba de relajar los ánimos haciendo gestos pidiendo tranquilidad con los brazos.
Anne se escabulló discretamente entre el tumulto que habían formado sus compañeros, hizo un gesto a Simon con la cabeza que esperaba en la puerta a que el embajador entrase de nuevo, y se dirigió a la salida del jardín.
Pocos segundos después Simon estaba allí.
Anne se encendió un cigarrillo, hacía poco que había empezado a fumar, le ofreció uno.
- ¿Qué ha fallado? – aspiró lentamente, dándole a Simon tiempo para responder.
- Llevamos meses con esta negociación ¡meses! ¿Y para qué? Para que dos estados tan enfrentados y tan opuestos ideológicamente firmen un pacto de la noche a la mañana. No tiene ningún sentido – Simón se estrujaba el cerebro pensando. Tenía que haber algo más, estaba seguro.
- El enemigo de mi enemigo es mi amigo – Anne exhaló el humo por la nariz.
- ¿Qué? – la miró intrigado.
- Para ser tan listo hoy pareces bloqueado – esbozó un rictus de suficiencia, no era fácil pillar a Simon en un mal razonamiento, así que se permitió disfrutar de la situación – la Unión Soviética no es amiga de Francia ni de Gran Bretaña, sus sistemas políticos y productivos están completamente enfrentados, en esencia, simbolizan el comunismo y el capitalismo.
Alemania es el enemigo de Francia y Gran Bretaña, y la Unión Soviética no es amiga de ninguna de éstas; así que ¿por qué no buscar un acuerdo beneficioso con el enemigo de mi enemigo?
- Entre dictadores anda el juego – Simon lo comprendió todo y apretó los labios satisfecho –.
La Unión Soviética jamás conseguiría recuperar las zonas de influencia perdidas por el tratado de Versalles negociando con estados democráticos.
Alemania tampoco. El tiempo de los zares y los káisers había terminado y sin embargo los dictadores aspiraban exactamente a lo mismo.
No tenían que gustarse, simplemente tolerarse mutuamente, sin miedo a represalias por cualesquiera que fueran las acciones que decidieran tomar para alcanzar sus objetivos.
- Las cláusulas de no agresión mutua y el compromiso de ambas naciones de solucionar por vía diplomática cualquier disputa entre ellas es una pantomima Simon. No van a sentarse a negociar, simplemente desean no ser molestadas.
- Entonces hemos perdido esta batalla – le cogió el cigarrillo a Anne sin previo aviso y dio una enorme calada – pero no perderemos la guerra.
- No, no perderemos esta guerra Simon.
Ambos estaban en lo cierto, sin embargo, lo que ellos no sospechaban, es que, además, el tratado contenía un protocolo adicional secreto por el que el Tercer Reich y la Unión Soviética se repartían Europa del Este como si de una tarta se tratase, fijando así los límites de influencia de cada nación.
El tratado de no agresión causó una oleada de pánico en toda Europa, especialmente en Francia por motivos de evidente cercanía geográfica y fronteras limítrofes con Alemania.
Un aluvión de solicitudes de salvoconductos llegó al consulado esa misma mañana.
Rémi, Anne y todo el equipo trabajaban sin descanso.
Tras dos meses de duro trabajo Anne se había ganado un hueco como asistente consular de pleno derecho, sus atribuciones se multiplicaron, así como sus conocimientos.
En un descanso Rémi le confesó que había aprendido tanto en dos meses como cualquier otro en dos años.
Aunque henchida de orgullo por sus palabras, decidió mostrar algo de humildad, de modo que respondió escuetamente para no darse demasiada importancia.
- Ya, pero cualquier otro no empezó al borde de una guerra. No al menos desde hace treinta años. Si hubieran empezado en un momento como este habrían aprendido igual de rápido, te lo aseguro.
Trabajaron hasta bien entrada la madrugada, habían gestionado más de doscientas solicitudes y estaban agotados.
El embajador se ofreció a alojarles en la residencia, que estaba en la planta superior del edificio pero ambos rechazaron amablemente la oferta.
Rémi cogió su coche pues vivía en las afueras de la ciudad y Anne caminó hasta casa, apenas había cinco minutos entre la embajada y su apartamento.
Se despidieron entre bromas, pues en poco menos de tres horas tendrían que encontrarse de nuevo en la oficina.
La guerra parecía inevitable, pero ¿dónde empezaría?
Si uno analizaba la política expansionista de Hitler, casi todos los territorios que había invadido tenían un denominador común: habían formado parte en algún momento del desaparecido imperio germánico tras la Gran Guerra, o tenían población germana como era el caso de Austria.
Así, con la recuperación del control sobre la provincia lituana de Memel, era de esperar que Hitler quisiera controlar Polonia, ya que además de ser una antigua parte del imperio alemán, la única forma de comunicarlo con Alemania era por línea férrea.
Así, al día siguiente, les llegó la noticia por medio de la embajada de Estados Unidos en París, de que en un último esfuerzo que abogaba por la diplomacia, el presidente Roosevelt había dirigido una carta personal a Hitler, con la esperanza de poder negociar un acuerdo en el último minuto y tratar efectivamente la cuestión polaca.
Por segundo día consecutivo, al final de la tarde, Simon y Anne fumaban juntos tomándose un pequeño descanso de la vorágine de trabajo. Apoyados sobre la barandilla de la azotea sobre el tercer piso de la embajada intercambiaban sus impresiones.
- La misiva fracasará – estaba convencida de que ya no había vuelta atrás.
- Comparto tu opinión, y el embajador también, pero el embajador estadounidense aún mantiene algo de esperanza.
- Bueno, puede mantener lo que quiera. No se han involucrado en ninguna negociación desde que la escalada comenzó – el tono de Anne era claramente despectivo – de modo que no esperarán anotarse un tanto en el último minuto.
Simon se encogió de hombros, pero no tuvo tiempo de decir nada más porque de pronto, las puertas de la entrada de carruajes se abrieron y tres coches negros las cruzaron con las ruedas casi derrapando sobre los adoquines.
Llevaban banderas pero había ya muy poca luz y no alcanzaban a discernir los colores.
Pisó la colilla y bajaron a toda prisa por las escalerillas laterales.
Desde el fondo del pasillo Simon vio al embajador que caminaba a toda prisa.
Le hizo un gesto a Anne con la mano para que esperase y salió de forma casual del hueco de la escalera.
- ¡Embajador!
- ¡Simon por el amor de Dios! ¿Dónde te habías metido?
Eres el cónsul además de un miembro indispensable de esta embajada, así que vamos, no hay tiempo que perder – estaba claro que no esperaba ni una respuesta ni una excusa, no había tiempo – la delegación polaca está aquí.
Han empezado negociaciones en Londres y he decidido que podría ser beneficioso para ambos que ellos estuvieran aquí mientras el gobierno negocia con los polacos allí.
- Me parece una idea fantástica embajador, bajo con usted – se colocó el nudo de la corbata y se ajustó los botones de la chaqueta.
Hacía un calor espantoso, pero no podía recibir a la delegación en mangas de camisa.
Miró hacia atrás y vio a Anne que asomaba la cabeza por el hueco de la escalera.
Le guiñó un ojo y ella le sacó la lengua.
“Curioso” pensaron “aun cuando las cosas están peor, el amor encuentra camino para abrirse paso”.
Anne sintió una punzada de egoísmo, pero no podía evitar sentir felicidad.
El embajador recibió a los diplomáticos polacos en uno de los grandes salones de recepciones.
Solicitó al personal de la cocina que les llevaran café y preparasen unos tentempiés para cenar.
Sería largo y lo más probable es que las negociaciones en Londres durasen toda la noche.
En el salón apenas había una media docena de personas.
Estaban allí el embajador británico, el cónsul, el agregado de defensa, el agregado naval así como sus cuatro homólogos polacos.
El secretario político de la embajada reunió a todo el personal, tanto diplomático como local y les pidió que se fueran todos a casa.
Allí no había más que hacer por el momento y por seguridad, preferían no tener a nadie merodeando por los pasillos.
Anne escuchaba atenta las indicaciones de brazos cruzados al lado de Rémi.
- ¿En serio no hay nada que hacer aquí? Porque yo tengo mucho trabajo – masculló entre dientes.